Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Después de haber considerado las siete obras de misericordia materiales y las siete espirituales, bien puede afirmarse que en ellas no se agotan tales obras. Según las circunstancias y situaciones, son incontables las posibilidades de inyectar una buena dosis de misericordia a nuestras actitudes y modos de ser y proceder. Me permito aquí señalar algunas, que pueden referirse en general a la urbanidad, es decir a la conducta que nos permite una convivencia ordenada, respetuosa, distendida...
Es cierto que la decadencia cultural desprecia la urbanidad en aras de la espontaneidad, del individualismo, de la prepotencia, de la arrogancia, de lo ironía, de la superficialidad… Sin embargo, sin ser acartonado, hay valores que merecen tenerse en cuenta, conservarse y llevarlos a la práctica en la vida diaria.
Así, por ejemplo, el saludo cordial y amable, mirando al otro a los ojos, es una manifestación de consideración y respeto. No es necesario darse las manos, ni abrazarse ni besarse, aunque - según los casos - no esté mal hacerlo; pero lo que más cuenta no son las efusiones, que pueden ser hipócritas, sino la sinceridad en el buen augurio. Ese gesto del saludo puede hacerle bien a ambos. Por eso, no debe descuidarse el tener la iniciativa o el responder a quien la tuvo. Esta es una expresión de buena educación y también de misericordia. De todos modos, si no hubiese respuesta, también es propio de la misericordia no tener en cuenta el desplante o la distracción.
El saludo cordial y amable, mirando al otro a los ojos, es una manifestación de consideración y respeto
De modo semejante, dejar el lugar al anciano, a la embarazada, e incluso que está apurado, tanto en un comercio, como en el transporte público o donde sea. Y también, hacer silencio y no tomar parte de conversaciones en que se critica o se habla mal de otros; defender los derechos de los desvalidos; tener buen ánimo y ser motivo de alegría para los demás; ser educado y respetar las normas de tránsito; ser agradecido con quienes nos brindan sus servicios, etcétera. Todas son posibilidades de ser misericordiosos, tratando de ver en los demás una imagen de Jesús.
“En este Año Santo, podemos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno crea dramáticamente. ¡Cuántas situaciones de precariedad y de sufrimiento existen en el mundo de hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a sanar aún más estas heridas, a salivarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye…” (Francisco, Bula “Misericordiae Vultus”, 15). Pero, recordemos también que Jesús enseña: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho” (Lc 16, 10). Por lo tanto, las pequeñas obras o gestos de misericordia que hagamos, nos animarán a continuar y a emprender otras mayores, siempre con generosidad.
Que Jesús Misericordioso nos ayude a vivir en la misericordia, en lo cual nunca tendremos que poner límites.
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