Por
Ezequiel FernAndez Moores
E l viejo imperio del fútbol, Brasil, cumplió dos años de su derrumbe, el 7-1 de Alemania en la semifinal del Mundial 2014. Y el que parecía nuevo rey, Alemania, cayó en la Eurocopa que terminó en manos de Portugal. ¿Quién es entonces el nuevo rey de la pelota? Todos coinciden en señalar que el mejor futbolista desde hace casi una década se llama Lionel Messi. Y allí está el ranking de la FIFA que esta semana, tras los resultados de la Eurocopa, seguirá mostrando que la selección número uno es Argentina. Darían ganas de creerlo. Messi es un hecho cierto, claro. Y también es un hecho cierto la selección argentina liderada por Leo que fue finalista de las tres Copas que jugó en los dos últimos años. Pero nadie mejor que nosotros para saber que esto es una broma. Que el fútbol argentino no está siquiera en condiciones de subirse al trono.
Brasil, dicen los especialistas, inició su reinado en 1957. Fue el año del debut de Pelé en la selección, con apenas 16 años. Al año siguiente, O Rei se coronó goleador en Suecia 58, el primero de los cinco Mundiales ganados por Brasil. Pelé volvió a reinar en el “tri” de México 70. Luego llegaron los Mundiales de 1994 con Romario y 2002 con Ronaldo. La única selección pentacampeona. La única presente en todas las Copas. El imperio, sin embargo, se desmoronó con el 7-1 de Alemania. Símbolo hoy de una crisis que se refleja con una selección que fue rapidamente eliminada en las dos últimas Copas América, que tiene a Neymar como figura solitaria y que se devora técnico tras técnico, fruto de una Confederación (CBF) devastada por la corrupción. El fútbol, según informes de organismos públicos, perdió un veinte por ciento de practicantes en Brasil. Ahora buscará reivindicarse ganando el único trofeo que le falta, los Juegos Olímpicos. La selección de Neymar se medirá ante rivales debilitados. Si pierde, puede ser un segundo nocaut en casa después del Mundial 2014.
Alemania, último rey mundial, cedió su dominio en Francia. Fue muy superior en el primer tiempo. Tuvo al final un 65 por ciento de posesión de pelota, el doble de pases que su rival, y algunas ocasiones clarísimas para anotar, pero un penal infantil y un error de arquero provocaron la derrota de semifinales contra Francia. Alemania había copiado cosas del modelo de España. También España cayó rápido en la Eurocopa de Francia. Como antes había caído en Liga de Campeones el equipo que le había servido de modelo: el Barcelona de Messi. La última Champions nos ofreció entonces una final entre un equipo (el Atlético del Cholo Simeone) que, aún contra todos sus principios, llegó a tener más posesión de pelota que el rival, un Real Madrid que, pese a la mayor jerarquía de sus jugadores, también renunció al balón. Y le ganó. También a nivel de selecciones triunfa ahora un sistema más cauteloso, que elige ceder la pelota para esperar el error rival y desnivelar de contragolpe. Así le ganó en la Eurocopa Francia a Alemania. Y así avanzó Portugal, empatando casi siempre y ganando en tiempo extra o por penales. El domingo cedió la iniciativa a Francia. Y, aún sin Ronaldo, tempranamente lesionado, dio el batacazo.
El fútbol argentino, hay que recordarlo en estos días de Bicentenario que citan procesos históricos, se creyó casi siempre que era el mejor del mundo. Venía de perder ante Uruguay la final de los Juegos Olímpicos de 1928 y también la del primer mundial de la FIFA dos años después, en 1930 en Montevideo. Denunció agresiones, insultos y hasta amagó con retirarse. La derrota, en medio de ese escenario, nos dio el título compensatorio y falso de “campeones morales”. En el Mundial 34, perdimos rápido con equipo amateur y el campeón, Italia, ganó con oriundos argentinos. “Otra vez campeones”. Al Mundial siguiente, 1938, ni siquiera fuimos. En los ’50, el peronismo, cuenta la leyenda, prefirió luego que la sensación de que en Argentina se jugaba entonces el mejor fútbol del mundo, no pudiera comprobarse en la competencia internacional. Eran tiempos de oro de “la nuestra”. El fútbol supuestamente “Made in Argentina”, de habilidad y pelota al piso. Pero tanta ausencia en los Mundiales terminó pagándose caro. La vuelta a las Copas de la FIFA nos recibió con la humillante derrota 6-1 contra Checoslovaquia. Fue “El Desastre de Suecia”. El fin de la ilusión. Sucedió en 1958, justo cuando Brasil inició su imperio.
A los Mundiales siguientes, con una idea de fútbol más físico, fuimos sin las mismas ilusiones. A México ’70 ni siquiera clasificamos. Y nos despedimos de Alemania 74 aplastados por la Naranja Mecánica holandesa de Johan Cruyff, que iniciaba su imperio. Un imperio que no ganó Mundiales, pero que dejó escuela. Lejos de querer copiar ese fútbol dinámico y de ataque asociado, en Argentina elegimos ganar como fuere a nivel de clubes. De contragolpe y, a veces, con trampas. Los títulos de Racing, Estudiantes e Independiente sirvieron al menos para maquillar el fracaso a nivel selección. En 1978, Argentina celebraba por primera vez un Mundial en su tierra. Y los militares querían usar a la pelota. César Menotti aprovechó el viento a favor, apostó al riesgo y Argentina, por fin, ganó su primera Copa Mundial a nivel de selecciones. Repitió un año después a nivel Sub20, ya con Diego Maradona, que luego se coronó rey con la conquista de México 86. Argentina fue subcampeón luego en Italia 90. Pero nadie recuerda hoy aquellos años como imperio del fútbol argentino a nivel de selección. Sí los recordamos como el Imperio Maradona.
El debate presente es porque tenemos otra vez al jugador más desequilibrante del fútbol mundial tras el retiro de Maradona. Los títulos parecen estar más cerca. Somos subcampeones, título inútil en tiempos de puro exitismo. Pero, peor aún, ni siquiera dejamos escuela, como Holanda. Messi, aunque seguramente volverá antes de lo previsto, se hartó de que se le ponga la mochila cada vez más pesada de “salvador”. También se hartó luego el Tata Martino. Su renuncia ya casi no le importa a nadie, fue como si hubiese sucedido una década atrás. La conferencia de presentación del Vasco Olarticoechea, DT de emergencia para los Juegos de Río, ofreció una doble sensación: por un lado, la precariedad (“vamos a Río aunque tengamos sólo a trece jugadores”) y, por otro, el deseo de que la selección vuelva a ser prioridad como en los viejos tiempos (“anoche murió mi tía, que fue casi como mi segunda madre –dijo Olarticoechea- pero yo estoy acá con ustedes porque la selección lo necesita”). Lástima que, a esa misma hora, los clubes volvían a negarle los jugadores.
Los clubes llevan meses librando una batalla distinta. Superliga, TV, elecciones. Esa es su prioridad, no la selección. La FIFA, que obliga a respetar la institucionalidad de la AFA y amenaza con la desafiliación, frenó el plan intervencionista del gobierno, que empujó de modo desaforado por imponer un nuevo esquema de negocios y complicó todo. El debate, en estas horas, ya no es si Marcelo Tinelli o Hugo Moyano. Ahora se discute si vuelve Marcelo Bielsa, si traemos a Jorge Sampaoli o si conseguimos a Diego Simeone. Como siempre, los nombres le ganan a los proyectos. El mejor nombre, en su verborragia, lo ofreció Diego Maradona cuando “ninguneó” a Primo Corvaro, el enviado normalizador suizo que nos mandó la FIFA: “Camargo”. Es un nombre de calle, de ciudades y de empresas. Y también de una obra de teatro colombiana. Una obra que, recuerda la crítica, mueve “a la risa. Y que también mueve al espanto”.
Messi, aunque seguramente volverá antes de lo previsto, se hartó de que se le ponga la mochila cada vez más pesada de “salvador”
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