El fallecimiento de Elba Coria, hecho ocurrido a sus 77 años, causó numerosas muestras de dolor en distintos ámbitos de la Ciudad a los que se vinculó, ya sea por su tarea como docente de dilatada trayectoria o en el plano social.
Elba había nacido el 29 de abril de 1939, en Bragado, provincia de Buenos Aires; sus padres fueron Rosa Dolso y Pedro Coria y creció junto a sus hermanos “Becho” e Ismael, ya fallecido.
Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Nacional de Bragado.
Luego de obtener su título secundario, decidió mudarse a La Plata en busca de oportunidades laborales.
Con el espíritu emprendedor que la caracterizó, al tiempo que realizaba sus primeros trabajos, comenzó a estudiar profesorado de Inglés y se graduó como profesora.
Ya con su título habilitante, se desempeñó como docente en la Escuela Industrial Nº 1 “Albert Thomas” y en la Técnica Nº 8 “Juan Bautista Alberdi”.
También trabajó, en el colegio Speroni de City Bell, en el Colegio Nacional “Rafael Hernández” y en el Liceo Víctor Mercante.
Como docente dejó su impronta en numerosas camadas de estudiantes, a los que se dedicó esmeradamente y con particular calidez.
En 1970 se casó con Ricardo Soler, un conocido filósofo, historiador y docente de la Ciudad. De la unión nacieron sus hijas Mariana y Carolina.
También tuvo la felicidad de disfrutar de sus dos nietos, Matías - 2 - y Sofía - 5 -. Desde que ellos nacieron se destacó por ser una abuela cariñosa y presente, siempre estuvo pendiente de cada una de sus etapas.
Uno de sus principales pasatiempos fue la lectura.
También disfrutaba del encuentro mensual con sus amigas “inglesas”, a las que llamaba de esa manera porque compartían la docencia de ese idioma.
Elba siempre se interesó por seguir cultivándose, fue habitué de los cursos de literatura y abordó los autores modernos.
Además realizó cursos de historia del arte y fue aficionada de la ópera, ámbito en el que solía encontrarse con muchas de sus amistades.
Los últimos años los pasó en su casa de 33 y 7, barrio Norte, zona en la que sentía una gran pertenencia.
Según remarcaron sus allegados a Elba también le gustaba viajar y tenía una gran disposición e iniciativa para proyectar itinerarios que le permitieran conocer nuevos lugares y su cultura.
Junto a su esposo recorrió el país de punta a punta; también viajó por Brasil, México y distintos países de Europa. Durante muchos años también pasó sus veranos en Piriápolis, Uruguay; en esa ciudad balnearia también cosechó un buen núcleo de conocidos y amigos con los que le gustaba encontrarse.
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