“Una hora sentado con una chica guapa en un banco del parque pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora”. Así explicaba Albert Einstein a los profanos que el tiempo es relativo.
El científico más conocido y brillante del siglo XX era, sin lugar a dudas, un personaje especial. Además de una mente privilegiada, era comprometido y con sentido del humor, quizás por todo ello ha calado en el público, que reconoce sin esfuerzo su imagen, ya sea sacando la lengua a los periodistas o con su mirada penetrante clavada en la cámara, y pasea en camisetas su fórmula E=mc2.
“Hasta la llegada de Einstein, según la física clásica, el Universo era como un reloj gigante, donde todos los movimientos eran resultado de sus engranajes. El espacio y el tiempo eran independientes y absolutos, es decir, el espacio era el mismo en todos los sitios y el tiempo transcurría igual en cualquier lugar”, explica la doctora en Física Cuántica Sonia Fernández-Vidal.
Pero, “de pronto, todas esas premisas se resquebrajan con la Teoría de la Relatividad”. El espacio y el tiempo dejan de ser absolutos para depender de la velocidad a la que se mueven las cosas. Para la divulgadora científica, autora de libros como “La puerta de los tres cerrojos” o “Desayuno con partículas”, la Teoría de la Relatividad de la mano de la Teoría Cuántica “rompen completamente el paradigma de cómo entendíamos el mundo”.
RELATIVIDAD ESPECIAL
El 25 de noviembre de 1915 Einstein presentó ante la Academia Prusiana de las Ciencias su Teoría de la Relatividad General y, aunque al principio no tuvo gran repercusión fuera de ambiente académico, así comenzó esa revolución del conocimiento que iba a echar por tierra las ideas preconcebidas que manejamos sobre el tiempo y el espacio.
En realidad, todo había empezado diez años antes, cuando el joven físico alemán de 26 años trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna, pues al llegar a Suiza no había encontrado un puesto en la docencia, y dedicaba sus ratos libres a la investigación científica.
En aquel 1905, Einstein publicó cuatro artículos fundamentales en el mundo de la física. En uno de ellos sentó las bases de la Relatividad Especial, con la que postuló que, en el vacío, la velocidad de la luz es constante (300.000 kilómetros por segundo), un límite cósmico que nada ni nadie puede superar.
Y partiendo de esa premisa, con el tiempo y el espacio pasan cosas extrañas cuando nos acercamos a la velocidad de la luz: El tiempo pasa más despacio y el espacio se contrae.
“De hecho, no hace falta realizar viajes interestelares para sufrir los efectos de la relatividad”, explica Fernández-Vidal, quien añade: “Si viajamos de París a Nueva York en avión, al bajarnos seremos una quicemillonésima de segundo más jóvenes que los amigos que dejamos atrás”.
NEWTON VS. EINSTEIN
Sin embargo, y a pesar del éxito alcanzado, Einstein sabía que algo no cuadraba del todo y el problema tenía un nombre: La Gravitación Universal enunciada por Newton.
“Aunque las leyes de Newton supusieron una extraordinaria revolución tecnológica -no hay que olvidar que bastaron sus ecuaciones para llevar a un hombre a la Luna- ni él ni los que le sucedieron supieron explicar cómo funcionaba la gravedad”, recuerda la científica.
La disonancia entre Newton y Einstein residía en que, para el primero, la fuerza de la gravedad afecta a los objetos de forma instantánea -cuando tiramos un pelota al suelo cae inmediatamente-, pero con ello se saltaba el límite de la velocidad de la luz.
Según la gravitación de Newton, si el Sol desapareciese de repente, los planetas saldrían inmediatamente disparados de su órbita. Sin embargo, Einstein sabía que la luz del Sol tarda ocho minutos en recorrer la distancia que le separa de la Tierra, eso significa que seguiríamos viendo su luz durante ese lapso ¿Cómo era posible, entonces, que el planeta se saliera de su órbita antes de quedar a oscuras?.
“Buscando respuesta a esa pregunta, construyó un modelo en el que la gravedad no sería instantánea, sino que viajaría exactamente a la velocidad de la luz. Acababa de nacer la Teoría de la Relatividad General”, señala Fernández-Vidal.
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