La Turquía moderna nace de una insurrección contra las potencias ocupantes que intentaban repartirse en 1918 las costas de Anatolia y los estratégicos estrechos turcos. El general victorioso, Mustafá Kemal, Atatürk, se hizo con el poder, y a su muerte lo legó a su lugarteniente, Ismet Inonu. Los mandos militares se retiraron hacia atrás del telón, pero han seguido manejando los hilos del poder durante décadas. En 1960 derribaron y enviaron a la horca al primer ministro Adnan Menderes; en 1970, bastó un simple manifiesto para que dimitiera el Gobierno, y en 1980 cientos de miles de políticos, sindicalistas e intelectuales acabaron en la cárcel.
En 1997, el pío Necmettin Erbakan puso fin a toque de corneta a la primera experiencia de poder islamista. Y en mayo de 2007 el Estado Mayor intentó vetar la designación de Abdulá Gül como presidente. El entonces primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, plantó cara a la bota castrense y convocó elecciones anticipadas. El AKP barrió en las urnas y Gül fue nombrado jefe de Estado. Los generales no han dejado de ceder privilegios desde entonces. La pasada madrugada tal vez hayan comprendido que su lugar está en los cuarteles.
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