Los amores de Santiago de Liniers con Ana Perichón de Vandeuil que escandalizaron a Buenos Aires; los de su nieta, Camila O´Gorman, fusilada por Rosas por haber huido con el cura Gutiérrez; la conflictiva relación de Remedios de Escalada con su esposo el Libertador San Martín; el papel cumplido por las mujeres ante un vacilante Cornelio Saavedra para que impulsara la revolución el 25 de mayo de 1810; las mujeres salteñas que fueron decisivas para respaldar al caudillo Güemes; los amoríos de Belgrano; el idilio de Mariano Moreno con una joven de 13 años, María Guadalupe Cuenca, que fue su esposa.
Las novelas históricas escritas por mujeres dominan hoy la atención de los lectores. Se trata de una visión nueva, si se quiere intimista, pero no privada de consistencia y de interés históricos. La percepción femenina de la vida, del amor y de la muerte es el nuevo y más gravitante intérprete de la historia argentina. El fenómeno es arrasador, aseguran los operadores editoriales.
Pese a que algunas fueron tildadas de excesivamente románticas o de autoras de novelas rosas, con especial ambientación en el siglo XIX, muchos críticos aseguran que las novelistas-historiadoras combinan ficción con rigor historiográfico. La mayor parte de ellas publican sus obras después de años de estudios previos y de infatigables búsquedas de documentación. Lo cierto es que ingresaron al mercado editorial y lo conquistaron. Como nunca antes las novelas históricas escritas por mujeres se convierten en best-sellers, uno tras otro.
Se ha dicho ya en esta columna –por dar sólo algún ejemplo- que la novelista Florencia Bonelli lleva vendidos más de 2 millones de ejemplares en los últimos diez años y que “cada año vende más” según dice un librero platense. Otras argentinas como Silvia Miguens, Elsa Drucaroff, Gloria Casañas, Florencia Canale, Viviana Rivero, Maria Rosa Lojo, Graciela Ramos y otras más venden miles de ejemplares y alborotan el mundo intelectual .
Corresponde acaso recordar que, hasta no hace muchos años, los historiadores argentinos –varones, la mayoría de ellos, por no decir todos- se dividían casi irreconciliablemente en dos corrientes: la liberal y la revisionista. La grieta entre ellos era tan ideológica como profunda.
Entre los liberales se citó siempre la versión del pasado que ofrecieron, fundamentalmente, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y continuada décadas después por Ricardo Levene, a quienes se consideró padres de la llamada historia oficial.
Se conoce que allá por las pasadas décadas del 30 y del 40 apareció la corriente revisionista –integrada entre otros por José María Rosa, Ernesto Palacio, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche y Fermín Chávez-, que objetaron desde distintos ángulos a la historia oficial. Pero, además, como informa José Carlos Chiaramonte, se presentaron como férreos defensores de las banderas del nacionalismo y se ocuparon de rescatar figuras históricas que lo representaban, como Juan Manuel de Rosas, antes denigradas por los liberales.
En el caso de la historia liberal, Tulio Halperín Donghi ha dicho que Mitre buscó afirmar la identidad nacional y exhibirla básicamente a través de sus principales figuras –San Martín, Belgrano, Brown- como una fórmula para darle andamiento a la República.
Claro que siempre existieron posturas intermedias: “inevitablemente hay zonas grises” como explica más adelante el conocido filósofo, historiador y docente Ricardo Soler. También Soler le da una suerte de bienvenida al valor de la “vitalidad” incorporada por las mujeres a la historia
En cuanto a esa franja intermedia –según se ha dicho- uno de los que primero la recorrió, a partir de los 60 , fue el controvertido pero muy leído historiador Félix Luna.
El autor de “Soy Roca”, entre otros éxitos, y fundador de “Todo es historia”, cuando cumplió 85 años de edad aludió en una entrevista a algunas versiones o mitos que persisten en el imaginario colectivo de la Argentina y mencionó, entre otros, “el de Rosas, la idea de un San Martín mestizo, que ha tenido sus adeptos. La idea de un Mitre que no fue sino un personero de intereses británicos. La idea de la llamada década infame, que no fue infame salvo en el aspecto electoral, pero en otros fue brillante. Hay una especie de tono populista que atraviesa toda la escuela argentina y que a veces se apodera de procesos y de personajes”.
Luna sostuvo que “hacer historia en Argentina es cada vez más complicado, algunos archivos son directamente inaccesibles y la falta de difusión y las tiradas muy pequeñas son otro problema grave”.
No obstante, se mostró optimista ante la aparición de una camada de investigadores nuevos: “En este momento no existen cuestionamientos importantes. La escuela revisionista está terminada. El revisionismo peronista como el de José María Rosa desapareció porque cumplió su visión, que fue imbuir al peronismo de determinadas ideas. El marxista está atado a la parcialidad de su ideología. Por otra parte, está el camino mayor de la historia, la verdadera, que avanza con nuevos testimonios, y ejecutada por una nueva camada de buenos historiadores”.
Ahora, otros críticos, sostienen que el punto final llegó tanto para la escuela histórica del revisionismo como, antes, para la corriente de los historiadores liberales. Lo que hizo Luna, sin saberlo claro, fue entregar la antorcha de la historia a un grupo de mujeres que, por lo pronto, le puso punto final a la polémica y abrió un nuevo campo en la historiografía argentina.
PERFUME DE MUJER
“Remedios volvió a apoyar su cara en el pecho de su tío. La angustia dominaba su cuerpo. Le costaba respirar. Sabía que todo estaba terminado, que jamás volvería a ver a José. No sólo por su enfermedad que la distanciaría a leguas de él, sino también por la traición en la que lo había hundido. Había actuado mal, se había equivocado mucho. Necesitaba que su marido la perdonara, pero eso parecía imposible”. Estas palabras se encuentran en el libro “Los amores secretos de Remedios de Escalada de San Martín”, editado por Planeta. Fue mucha la gente que se sorprendió por esta y otras audacias.
Fue un éxito completo. La autora, Florencia Canale -que no trepidó en abordar una tan delicada cuestión sentimental planteada entre el Libertador San Martín y su mujer- es sobrina en sexta generación de Remedios de Escalada. Se ha dicho que heredó “un verdadero tesoro de anécdotas y documentos” y que por ello “pudo seguir de cerca las huellas de esa contienda privada”.
Canale también escribió en “Los amores secretos de Belgrano”. De allí puede reseñarse, entre muchos otros, este texto: “Manuel fue acercándose de a poco a la damita de ojos negros, hasta que sus labios comenzaron a susurrarle frases bonitas al oído. Los ojos de Maruja se entornaron y sonrió levemente. ‘El joven americano sí que sabe hablarle a una dama. No me equivoqué. Ahora quiero su cuerpo pegado al mío’, pensó”. Los dos mayores próceres de la Patria, descendidos del pedestal, humanizados. No estatuarios.
EL SECRETO
Rescatar los papeles heroicos de muchas mujeres en la historia argentina, pero también el de aquellas que acompañaron a sus maridos o hijos en las guerras de la independencia, mirar en el corazón de los próceres y describir sus pasiones, pero esencialmente incorporar la visión y la sensibilidad femeninas a una narración siempre rígida, esos son, según expresan los críticos, algunos de los trascendentales aportes de las mujeres historiadoras.
Sobre este fenómeno, dice Ricardo Soler: “la historia de la vida privada tiene sus años, con sus cultores de las costumbres, músicas, pinturas, todo tipo de literatura desde la poesía a la novela. y más aun el relato de las tradiciones locales. Me parece que no debe faltar nada de esto en el relato histórico, ya que don Ricardo Rojas en la “Historia de la literatura argentina” incluye a payadores, oradores políticos y de lo sagrado. Estas nuevas novelistas, en general mujeres, muestran en la población un ansia de observar el pasado, muy loable al fin”.
Soler agregó que “antes de esta observación de lo cotidiano estuvieron de moda la historia de las instituciones, la económica y social, y por último la antes mencionada de la vida privada. Inevitablemente hay muchas zonas grises, las novelas de Tolstoy y de Manuel Galvez respiran un hálito de verdad ineludible donde muestran mucho esfuerzo histórico y datos a granel, como la entrada de Napoleón en Moscú o la muerte de Yrigoyen en Gálvez, que se entiende mal si no es por esta vitalidad a quienes filósofos e historiadores dan cada día mayor valor”.
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