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Ernesto Puel

Ernesto Puel

Por Redacción

El fallecimiento de Ernesto Puel provocó profundo pesar en diferentes ámbitos de la Ciudad. Fundamentalmente en el sector comercial, donde dejó una fuerte huella en el rubro de los repuestos del automotor, ya que fue socio fundador y dirigente de la cámara que los agrupa en la Ciudad.

Había nacido el 19 de mayo de 1932, en Tolosa, barrio en el que se crío junto a su hermano mayor Oscar Horacio. Su padre Oscar Puel, quien fue ferroviario, se afincó en esa localidad junto a su esposa Antonia Nan y desde la localidad más antigua de La Plata armaron una familia basada en el trabajo, la perseverancia y el respeto de los valores básicos de la convivencia.

Realizó los estudios en la Escuela 79, de 115 bis entre 530 y 531.

“Tito”, como le decían en su círculo íntimo, comenzó con la vida laboral en el rubro comercial desde muy joven. Ni bien dejó la adolescencia, trabajó en el comercio Lagrave, y luego abrió un comercio junto a su hermano y la familia Iriarte, dedicado a los caños de escape. Supo tener dos sedes, una en el centro y otra un poco más retirada. En la primera se hacían las ventas comerciales, en 48 entre diagonal 74 y 11.

Con su esposa, Pierina Nelly Poletti, se conoció cuando ella fue a buscar un respuesto a su comercio. Se casaron en 1957 y tuvieron una hija, Marcela, y dos nietos: Federico y María Florencia Vicent.

Junto con su comercio, Puel le dedicó mucho tiempo y esfuerzo a la Cámara de Repuestos y Afines (Craya), de la que fue socio fundador y ejerció la presidencia y vicepresidencia durante varias décadas.

Entre sus pasiones (el comercio y la cámara) también se incluyó el automovilismo, como deporte favorito. Fue seguidor de varias competencias en diferentes categorías.

Su lugar elegido para pasear fue Cabalango, Córdoba, donde se encontraba con su barra de amigos con los que compartió numerosas reuniones sociales. Allí se encontraba con sus amigos más entrañables, de diferentes rubros comerciales, con los que intercambiaban anécdotas y pasaban gratísimos momentos.

En la Ciudad solía reunirse los jueves con la denominada “salita verde”, encuentro social que disfrutaba muchísimo, en cada cena semanal, organizadas entre los integrantes de ese grupo tan arraigado.

Con los años fue modificando su carácter, sumó mucho humor y profundizó su diplomacía que le permitió tener innumerables clientes y el respeto de sus colegas. Siempre supo utilizar la palabra y el tono exacto para cada interlocutor, lo que lo transformó en una persona muy querida en el ambiente comercial, tanto por sus pares como por quienes iban a sus locales comerciales a buscar una respuesta ante las diferentes necesidades que se presentaban.

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