Enfrente de donde comenzaba el intento de entradera que sufrió el policía, un grupo de 20 hombres festejaba el día del amigo. El buen clima terminó de golpe, cuando vieron que un auto blanco con vidrios polarizados salía disparado de ahí.
El siguiente indicio que tuvieron en el barrio de que algo había pasado fue que ellos mismos vieron a su vecino de enfrente con la nariz rota y ensangrentada, por la patada que le había pegado uno de los ladrones.
Al día siguiente, algunos de ellos se despacharon con el diagnóstico de que la zona “está picante”.
El ejemplo más a mano que tuvieron para respaldarse fue un robo sucedido hace tres meses, también de la mano de enfrente y justo en el mismo grupo de departamentos donde vive el policía.
Fue un caso casi calcado. En aquella oportunidad, a un hombre le pegaron varios golpes y le abrieron la cara de un puntazo.
A ese hecho, también una entradera, le siguió la sustracción de un auto de alta gama. La diferencia fue el horario en que sucedió: las dos de la tarde.
La Policía también intervino por entonces y consiguió recuperar el vehículo. Pero no alcanzó a atrapar a los asaltantes.
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