Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Aunque sea difícil, sin el reconocimiento sincero de los propios límites y de la condición de pecador no es posible alcanzar el perdón de Dios.
San Pablo mismo ha reconocido: “El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.” (Rom. 7, 18-19)
El cristianismo siempre ha predicado que el pecado es el único verdadero mal, porque al no observar el plan de Dios introduce el desorden en la armonía querida por Dios; y sólo nosotros, seres libres y limitados, somos capaces de pecar, al apartarnos del supremo señorío de Dios sobre todo lo creado.
La afirmación es impactante: todos somos pecadores. Por lo tanto, no existe criatura humana que sea impecable. La única inmaculada (sin mácula) fue la Santísima Virgen María, por un privilegio especial de Dios y en previsión de su Maternidad divina.
El pecado es la privación del bien que debería tener el accionar de todo ser inteligente y libre. Sin embargo, la malicia del pecado no implica necesariamente la voluntad explícita de ofender a Dios. Basta la elección desordenada para que haya pecado. Pero, todo desorden moral grave es a la vez ofensa a Dios, destrucción de la caridad y merecedor de castigo eterno; y esto aunque quien cometa pecado no se proponga expresamente apartarse de Dios o ni siquiera tenga un claro conocimiento de Dios.
Con lo dicho, no parece necesario ahondar en conceptos. Lo cierto es que somos pecadores y, por lo tanto, propensos al pecado; pero, reconociendo humildemente esta verdad, hemos de luchar con decisión y coraje contra el mal de los males.
El pecado es la privación del bien que debería tener el accionar de todo ser inteligente y libre. Sin embargo, la malicia del pecado no implica necesariamente la voluntad explícita de ofender a Dios. Basta la elección desordenada para que haya pecado
Esa lucha consciente y declarada contra el pecado nunca es posible por la sola decisión humana, sino que necesita de la ayuda de Dios. Entonces la lucha se hace respuesta a la exhortación de Jesús: “Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc. 1, 15); pero el Divino Salvador no pone el acento en las acciones externas sino la conversión interior.
Sin embargo, es una lucha bien concreta: no basta decir que somos pecadores y teorizar sobre el mal. La lucha contra el pecado es una reorientación radical de toda la vida, una conversión a Dios con todo el corazón, una ruptura con el pecado y un repudio - detestación, aborrecimiento - del mal. Al mismo tiempo que es aversión hacia el mal cometido, implica el deseo y la resolución de cambiar de conducta, con la ayuda de la Gracia de Dios y con la confianza en la Misericordia divina.
Cuando la conversión es sincera va acompañada de un profundo dolor por haber ofendido a Dios y un propósito honesto de evitar hasta toda ocasión próxima de pecado.
En este Año Santo de la Misericordia, tengamos la honestidad y el valor de renunciar al pecado para siempre: seremos los primeros beneficiados, pero también podremos ser artífices de una sociedad más humana y más cristiana.
¡Oh Dios, yo soy pecador, pero propongo firmemente no pecar más! “Conviérteme y yo me convertiré, porque tú, Señor, eres mi Dios” (Jeremías 31, 18). ¡Señor Dios, confío en Ti!.
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