Fina creatividad, solvencia profesional y permanente búsqueda de la excelencia caracterizaron la vasta y fecunda trayectoria del arquitecto Carlos Ucar, cuyo fallecimiento, ocurrido a sus 73 años, generó enormes muestras de pesar en los distintos ámbitos donde su labor fue ampliamente reconocida.
Había nacido el 4 de septiembre de 1942, en el seno de la familia conformada por José Ucar y Josefa Semplici, sus padres, y Graciela y Eduardo, sus hermanos. Su infancia transcurrió en el barrio del antiguo Mercado y tras su paso por el Colegio Nacional -a cuyos compañeros se mantuvo ligado toda su vida- ingresó a la facultad de Arquitectura de la UNLP.
A principios de los 70’, ya con el título en mano, puso en marcha una fructífera carrera. Si bien nunca participó de la docencia universitaria en un aula, ejerció gran influencia sobre quienes tuvieron el privilegio de trabajar con él, o de ver y analizar sus proyectos y dibujos, ilustrativos de una personalidad creativa, constructiva y detallista.
En sus años juveniles fue integrante de la oficina de proyectos de la UNLP, y en el orden de la actividad profesional integró, como titular o asociado, equipos de proyectos que obtuvieron premios y menciones en concursos nacionales e internacionales. Se destacan, entre otros, los que obtuvo en el concurso internacional de “Centro Poniente de Santiago de Chile” y en el concurso privado del edificio “Pedro Massi”. Integró, a su vez, junto a los arquitectos Enrique Bares, Tomás García, Roberto Germani, Inés Rubio y Alberto Sbarra, el equipo que diseñó el Teatro Argentino de La Plata. En los últimos años colaboró con el estudio Bares Schnack, que obtuvo el primer premio del concurso nacional del edificio CCK y otros certámenes de anteproyectos.
En su vasta trayectoria profesional, destacaron sus allegados, “logró convertir la experiencia en conocimiento”. El respeto por el otro y sus opiniones -que escuchaba con atención-, no le impidieron ser firme en sus convicciones y constructivo en su accionar. Su paciencia y concentración se reflejaba en la especial sensibilidad que profesaba para lo arquitectónico y lo humano.
Equilibrado y gentil, era reservado en público pero expresaba toda su vitalidad en las habituales reuniones con amigos y allegados.
Lidia Bruschini fue el amor de su vida. Estuvieron unidos por 56 años: tras 10 años de intenso noviazgo se casaron el 16 de marzo de 1970. Con ella forjó el proyecto familiar que siempre quiso. Tuvieron dos hijos, María Virginia y Pablo Andrés, a quienes se entregaron por completo. Sentía, por cada uno de ellos, un profundo orgullo y solía dedicarles párrafos de elogio y fraternidad.
Practicó el básquet y la paleta pelota, pero su gran afición siempre fue el fútbol, al que jugó con amigos durante largos años, además de seguir con atención las campañas de Gimnasia, el club de sus amores.
Talentoso, de perfil solidario y comprometido, era sobretodo un hombre íntegro, siempre dispuesto a dar una mano a quien lo necesitara. Por esas nobles cualidades será recordado y valorado.
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