TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

Vivir para pintarla

Por Redacción

Nacer en Estonia. Pelear en Afganistán. Matar a un hombre. Ser desertor. Vivir en la corte del rey de Marruecos. Terminar viviendo en la calle en La Plata

Por JOSE SUPERA
ESCRITOR

1.

Voy hacia la dirección que me dieron en barrio Hipódromo. Una casa antigua con las persianas bajas. Hay una Virgen en un altar. Un cartel de Se vende. Toco el timbre y me atiende el artista estonio Segey Spivak Lauson comiendo una empanada frita de carne. Me da la mano. Voy a su taller. El caloventor que tiene no alcanza para este frío de muerte. Está pintando las cataratas. Nunca conoció Cataratas. Hablamos de la hora que amanece en esta época de invierno. Le sorprende lo tarde que sale la luz. Me queda dando vueltas en la cabeza esa frase. Sigue pintando su paisaje de cataratas. En Estonia dice que una vez llegó a sentir lo que son 47 grados bajo cero. “Pájaro morir”, dice. Y descifro en sus palabras una naturaleza muerta, una imagen de un pájaro congelado, una visión de esta realidad, donde lo que vuela y es libre, termina, de alguna forma, muerto. “Si escupe, pfff”, y hace la mímica con la mano, del escupitajo saliendo de su boca, llegando congelado al suelo. Pienso en las palabras. En el oficio de trabajar con ellas. Lo que decimos no tarda mucho en morir congelado, en relegarse al olvido. Segey habla 7 “idiomas”, como asegura, pero el español no es su fuerte.

2.

“Yo memoria”, dice. Y empieza. Y empieza fuerte. “No pregunta. Querés no -querés no importa. Salís. Fiuuuu. Avión. Chau. Guerra”.

3.

Segey había aprendido su arte en el museo Hermitage de San Petersburgo. Pero enseguida la guerra lo había arrancado de sus lienzos y acuarelas. “Servicio en Kabul. Calle Malhamat. Telecomunicaciones. Dos años”, me dice. Lo que le entiendo es que en la guerra de Afganistan está muchos meses. Fines de los 80, cuando la guerra de Afganistán, no es “la guerra de Afganistán” sino otra guerra de Afganistán. Despierto 24 horas. Duerme dos. Y entonces yo, narrador, pienso esto: En la guerra, un hombre que es la mitad de todos los hombres, se apunta con otro hombre, que es la mitad restante de todos los hombres . Es una idea contra otra. No importa qué idea. No importan nombres ni banderas. Sólo el disparo. Sólo que uno muere. Tampoco importa cuál. Y un fusil cae. Y una parte del mundo se queda ahí quieta, y otra sobrevive, pero ninguna gana, ninguna pierda, no cambia nada, no se trata de derrotas o triunfos, se trata de tipos que se encontraron ahí, porque los obligaron a estar ahí, y les pusieron un arma y les dijeron que se apunten y ahora esto de que uno se pudren en la nada y otro sigue muriendo para pudrirse más adelante, y precisamente este último de los soldados, es artista, y en unos años más, va a pintar la imagen de ese soldado que mató, para sacársela de su cabeza, la imagen que lo tortura, la pintará para extirparla.

Pero la guerra no termina.

A Segey le explota un mortero cerca. Su cuerpo se abre. Sale todo lo que tiene adentro. Se queda sordo de un oído. Vuelve a Estonia a recuperarse y cuando se recupera, desaparece. Lo declaran desertor. No sabemos cómo pero deambula unos meses por Europa, por España y Francia. Y un día aparece en Marruecos. Y ese es otro capítulo.

4.

Pinta en la corte del rey de Marruecos. Vive en Rabat, en el palacio del Raj. Pinta a los hijos y a los amigos de rey. De alguna forma vive como quiere pero es prisionero de su arte. Conoce a una mujer. Se enamora. La mujer aparece muerta. Le pregunto qué fue lo que pasó. No sabe o no quiere decirme. Se murió, apareció muerta. Y no dice un carajo más. La cuestión es que de Marruecos se va. Tiene plata para el pasaje. Y aparece en Argentina.

Dentro de unos meses alguien va a estrenar un documental de su vida. También habrá una muestra de sus cuadros en el hotel Corregidor. Pero por el momento, en esta tarde que ya es noche, mejor se queda pintadito como está, en esa casa que es olvido y olor a gas y que, dentro de poco, una inmobiliaria del centro de nuestra Ciudad va a vender al mejor postor

5.

En algún momento había tenido un hijo con alguien. No quiere hablar de eso. Porque el chico no quiere hablar con él. O sí, pero por skype, muy cada tanto, pero ahora hay cada vez menos locutorios en la ciudad, y no encuentra computadora. Y no me dice más.

6.

En algún momento, a fines de los 90, alguien lo contrata para que realice las gárgolas de la Catedral. Después de eso se queda en la calle. “Yo viví en calle, conozco. Todo basura en calle, todo canalla”. Es poética la imagen de un pintor que vive y duerme en el Bosque. Le roban la plata, los papeles que acreditaban su identidad. Tiene unas pinturas. No se las roban. Es lo que único con lo que se tapa durmiendo entre los árboles.

Me sorprende que en su pieza de su casita de barrio hipódromo tenga una especie de cine con el proyector arriba de su cabeza, la luz se proyecta al pie de la cama, ve conciertos de ópera y ballets y tiene muchos DVDs en una bolsa de supermercado chino. Los ve a la noche. La música lo calma. Lo protege de las esquirlas de la bomba de su memoria. Fragmentos de olvido. Me muestra un álbum de fotos. En las fotos están sus cuadros. No tiene más los cuadros. Alguien los vendió en Francia, en países de Europa. Por muchos miles de euros. Euros que nunca vio. Que se perdieron. Algunos de esos cuadros los pintó para iglesias. Su arte sacro tiene una fuerza muy hipnótica, poderosa, por un momento creo en milagros y en resurrección. Hasta que veo la imagen de la muerte. La foto de una pintura que ya no tiene con él. Un guerrero con un fusil. El sol arriba de él. “Yo no mataste, él mataste mío, otro no hay; sino yo matar él, él matar mío”. Es la foto del dibujo del hombre que mató en la guerra. Después me muestra el cinturón de ese hombre. Me lo da. Siento el peso de ese pedazo de cuero en mis manos. Se lo devuelvo rápido. No necesito tener eso en mis manos. Después me abre la puerta de su casa y mira para los dos lados. Hace unos días le robaron unos chicos en moto. “Yisus craist”, dice, y eso sí se lo entiendo. Tiene miedo, Segey. Dentro de unos meses alguien va a estrenar un documental de su vida. También habrá una muestra de sus cuadros en el hotel Corregidor. Pero por el momento, en esta tarde que ya es noche, mejor se queda pintadito como está, en esa casa que es olvido y olor a gas y que, dentro de poco, una inmobiliaria del centro de nuestra Ciudad va a vender al mejor postor.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD