Recorrer la feria franca platense es sumergirse al comercio de frutas y verduras de décadas pasadas, la del ´60, el ´70 y parte de los ´80. El verdulero con el lápiz en la oreja que sólo lo saca para hacer la cuenta y el trato directo entre quien está detrás del mostrador y el cliente, ya no se ve en la mayoría de los comercios modernos, donde la gente se sirve los tomates o la lechuga, creyendo que lleva lo mejor. Tanto los puesteros como los clientes aseguran que “acá no puede abandonarse la calidad, primero el producto fresco, de gran calidad y después el precio”, aseguran, aunque también aparecen “jugosas ofertas que aprovechan los jóvenes que, en buen número, descubren hoy la feria y todos sus condimentos”.
Para describir las particulares características de la feria de frutas verduras -la mayoría de los puestos están dedicados a ese rubro, aunque se sumaron con el paso del tiempo otros como pescadería, pollajería, y de quesos y fiambres-, hay que decir que el cliente no se sirve solo y es atendido por los puesteros; no se maneja tarjeta de crédito ni de débito, ni se da fiado, todo es en efectivo; como la mayoría de los clientes ya conoce a los feriantes, se realizan pedidos “grandes” que se pasan a buscar después; y la variedad de precios es muy amplia, tan amplia que hay manzanas que valen $30 la media docente, y hay otras que cuestan $12 cada una (ver aparte).
Pero también hay algo que muchos comercios dejaron de lado hace ya tiempo, “la yapa”, ese poquito demás que representa un “mimo” para la gente y que los feriantes respetan a rajatablas.
Horacio Valdez atiende su pescadería y es integrante de la Asociación de Verduleros y Feriantes; a su criterio “la gran mayoría que viene a la feria no busca precios porque para eso hay decenas de opciones entre hipermercados y supermercados. Acá se apunta a la buena calidad, con atención garantizada y que nuestros clientes, en buena parte de un poder adquisitivo medio-alto, sepan que van a comer productos frescos”.
Valdez habla de un cambio de hábitos: “Los días de semana ahora trabaja toda la familia, no es como antes que las mujeres se quedaban mucho en la casa y hacían las compras. Por eso se nota mucho la diferencia de concurrencia a la feria los sábados y domingo contra el resto de los días”.
“Tenemos un público muy fiel, aún contra toda la modernidad, acá se sigue con el método de buen trato al cliente, aconsejarlo, recomendarle qué llevar en cada época del año. Quienes vendemos frutas sabemos muy bien cuáles son las manzanas deliciosas o arenosas, o las naranjas más jugosas, y cuando se busca calidad eso vale mucho. Si uno va a un hipermercado dónde se sirve solo, seguramente más de una vez va a meter la pata”, expresa un experimentado feriante, Pablo Vaccaro.
LOS CLIENTES HABLAN DE LOS PRECIOS Y LA ATENCION
Tampoco hay que sacar número para esperar la atención porque en los puestos de la feria se hace la cola y se espera el turno.
En una fila no tan larga “porque hoy es jueves”, aclara, Julio Montenegro (60 años) destaca que “aunque parezca mentira yo venía a esta feria -38 y 9- con mi padre y hoy en día le compro a los hijos de quienes atendían aquellos puestos. Eso es impagable cuando uno le da importancia a lo que consume. Yo sé que acá nadie me va a vender una manzana que a los dos días se pudre. Y si es así, me van a decir consumila rápido porque se va a pudrir en poco tiempo. Mis hijos también compran acá y ya traigo de la mano a mi nieto, toda una vida”, sostuvo el cliente.
Consuelo Amalia Guglielmetti todavía se acuerda de cuando trabajaba de maestra en la escuela de 7 y 32: “Hacía el pedido y lo pasaba a buscar cuando salía del colegio. Nunca tuve un problema con la mercadería, y sé que si eso sucede los puesteros que ya me conocen hace años van a tener una atención. En otros lados, donde nadie se fija en el cliente, eso no ocurre. Ahora que estoy jubilada puedo venir y recorrer, además es un buen lugar de encuentro con los vecinos, algo que en estos tiempos también hace mucha falta”.
En tanto, Beatriz Pérez, sostiene que “la mercadería de acá dura mucho más tiempo, es muy fresca, recién traída de las quintas y eso realmente es una gran ventaja para quienes consumimos muchas frutas y verduras. También se encuentran buenos precios en quesos y fiambres, en legumbres y alimentos frescos como pescado y pollo”, asegura la vecina.
Y agrega que “en verduras la variedad de precios es muy amplia y elegir el puesto dónde comprar también está bueno porque de esa forma uno tiene un trato cordial y directo con los comerciantes”.
UNA TRADICION
El feriante “amigo”, ese que antes de cortar el trozo de queso da a probar a la señora; el verdulero que selecciona con atención las hortalizas que como un rito lleva todas las semanas, desde hace décadas, el mismo vecino; y la vieja pero en algunos lugares perdida “gentileza de la casa” de agregar unos gramos más sin alterar el precio. Esos detalles movilizan, por caso, a Cecilia Gómez, presente los jueves en 38 y 9: “Siempre vengo a la feria porque me encanta, la calidad es excelente y hay muy buenos precios. Yo le compro siempre a los mismos italianos. Además, acá se mantiene la tradición de la yapa”, cuenta la mujer.
Antigua como pocas de las costumbres que preserva la cotidianeidad platense, la primera feria local se remonta al 19 de noviembre de 1893, el día que se celebró el 11º aniversario de creación de la Ciudad, cuando la cuadrícula de la traza era poco más que un paraje, con unas pocas manzanas construidas y escasos edificios públicos y residenciales.
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