Más de mil años después de su construcción, el pucará de Hualco es aún el mirador ideal para dominar todo el denominado “Valle Vicioso” y el pueblo de San Blas de los Sauces, en el noreste de La Rioja, aunque su principal atractivo son los restos arqueológicos del centenar y medio de construcciones de piedra de su época de esplendor.
La Reserva Natural Cultural Sitio Arqueológico de Hualco -tal su nombre oficial- se encuentra en el extremo norte del cordón del Velasco, con vista al imponente macizo de Famantina al otro lado del valle.
Este sitio arqueológico perteneció a la Red Vial Diaguita, hasta que los incas invadieron y sometieron a estos primeros habitantes e incorporaron el estratégico pucará a su imperio, aunque no al Camino del Inca.
Durante estos días de invierno las construcciones permanecen en sombras hasta las primeras horas de la mañana, ya que el sol asoma “a espaldas” de la ciudadela y encandila a los visitantes, que deben iniciar la subida desde el este, donde está la entrada a la reserva, tras partir de San Blas de los Sauces.
El ascenso hacia el pucará demanda un trekking de mediana dificultad en una subida suave de unos 600 metros desde la base, con algunas sinuosidades y bifurcaciones de sus senderos y escalones de piedra.
Durante este trayecto, vale la pena detenerse de a ratos a contemplar el paisaje a las espaldas, con el valle y sus plantaciones de vides para pasas y de pistachios, y la Ruta 40 que atraviesa la planicie.
De a poco, comienzan a aparecer las bases y paredes bajas de unas 150 construcciones preexistentes de las cerca de 300 que ocupaban el lugar y albergaron a unos mil habitantes en la época de plenitud del imperio inca del sur. En terrazas escalonadas y en varias espacios planos, se pueden recorrer lo que fueron recintos de viviendas, una plaza y la parte más alta, donde vivía el cacique, además de acceder a los lugares sagrados donde se realizaban rituales religiosos.
Las construcciones eran rudimentarias, con simples piedras medianamente planas apiladas, sin argamasa, para formar pircas que tenían una altura de 1,80 metro, que se completaban con techos de caña y paja, ahora inexistentes.
Las habitaciones -como en otros sitios arqueológicos del noroeste argentino- tenía el piso en bajo nivel, por lo que los restos sobresalen del suelo sólo poco más de un metro, aunque en algunas partes las pircas fueron reconstruidas.
En el lugar se pueden hallar petroglifos con motivos que reflejan la vida cotidiana de aquellos poblaciones y sus creencias, como alguna apacheta y un grupos de morteros donde las mujeres molían los granos.
Esos granos eran guardados en un depósito, que sólo se diferencia de la demás construcciones por su mayor tamaño, lo mismo que los restos de una plaza con una entrada principal y una parte alta utilizada como tribuna.
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