Por SERGIO SINAY
Mail: sergiosinay@gmail.com
¿Tiene que ver la renuncia de Lionel Messi a la Selección con la cantidad de células del cuerpo humano? Un organismo humano está conformado (según un equipo de Medicina Especializada, Diagnóstica y Experimental de la Universidad de Bolonia liderado por la especialista en biología molecular Eva Bianconi) por entre 5 millones y 200 trillones de células. Pero lo que ni Bianconi ni nadie han logrado determinar es cuántos deseos nos habitan. Son infinitos.
Un deseo no es una necesidad. Las necesidades reales son pocas y se pueden definir como aquello que, en función de la vida, no puede no ser. No puedo no alimentarme, no tener agua, no tener cobijo ante la intemperie, no tener un espacio de pertenencia, no ser aceptado como alguien vivo, no ser amado, no realizar mis potencialidades. Si algunas de esas necesidades (las básicas y fisiológicas) no se atienden, moriré, y si no son atendidas las otras (las sociales, espirituales y emocionales) tendré una vida vacía, me acompañará la angustia existencial. Las necesidades no se multiplican, son siempre las mismas.
Los deseos no apuntan a lo que necesito sino a lo que quiero, a lo que me gustaría. Y vienen envueltos en urgencia. No admiten dilación. Las necesidades se atienden. Los deseos se satisfacen. Una necesidad atendida proporciona calma, serenidad. Un deseo saciado dispara inmediatamente un nuevo deseo. No podríamos vivir sin las células que nos constituyen. Pero no ocurre lo mismo con los millones de deseos que nos atraviesan.
A esta altura el lector se pregunta a qué viene lo de Messi. Y empieza a sentir cierta impaciencia. Desea una respuesta. Cuanto más tarde en llegar, más ansioso estará y si no la hay se sentirá frustrado. Y acaso necesite un culpable para esa frustración. El culpable será el autor.
LIMITADOS POR NATURALEZA
La frustración es parte inseparable de la vida. No se puede todo, no se puede siempre, no se puede en nuestros tiempos, no será a nuestra manera (o directamente no será). Las fuentes de la frustración son varias. Una es nuestra propia condición: somos seres mortales, con fecha de vencimiento, aunque la ignoremos. Nos condiciona el tiempo. También la geografía, el clima, la historia, la época y el país en que vivimos, la familia en que nacimos, nuestro propio organismo, las enfermedades que vamos a padecer. Somos, en fin, seres condicionados por naturaleza. A eso agreguemos que somos sociales, vivimos entre otros (esto es una necesidad, de lo contrario nadie nos reconocería y dudaríamos de nuestra propia existencia). Y los otros son un límite. A veces sus deseos chocan con los nuestros, sus necesidades son simultáneas o prioritarias, tienen, como nosotros, sus derechos. Vivir entre otros es vivir con normas, reglas, leyes. Límites.
Y, por fin, está el gran limitador. El azar. Lo incontrolable. Lo aleatorio. El imponderable. Todo aquello que no entra en ninguna previsión, que escapa a nuestros cálculos y a nuestra voluntad, que no se deja adivinar. Lo imprevisible. El cisne negro, como lo bautizó el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb en su ya clásico libro del mismo nombre. La humanidad vivió convencida de que solo existían los cisnes blancos, y la realidad le daba la razón, hasta que un día, en un lago, apareció un cisne negro y dio por tierra con todos los estudios, explicaciones y previsiones basadas en cisnes blancos. Todo el tiempo estamos expuestos al cisne negro, pero no podemos preverlo. El 11 de septiembre de 2001 fue un cisne negro, el 7 a 0 de Alemania a Brasil fue otro, el hundimiento del Titanic también. Los cisnes negros abundan pero, a diferencia de los blancos, son inimaginables. Y solo se ven cuando aparecen, nunca antes. Además, surgen en todos los ámbitos de la vida individual y colectiva.
Cuando pensamos que los cisnes negros no existen, cuando confundimos deseos con necesidades, y cuando nos ilusionamos con la creencia de que desear es tener o de que querer es poder, o de que seremos capaces de saltarnos las barreras y correr los límites a un costado (como machaca sobre nuestras mentes tanta publicidad repetitiva), nos ponemos ante un riesgo grave. Dejamos a nuestra psiquis, a nuestra mente, a nuestro cuerpo emocional, sin defensas ante la frustración.
La frustración es parte inseparable de la vida. No se puede todo, no se puede siempre, no se puede en nuestros tiempos, no será a nuestra manera (o directamente no será). Las fuentes de la frustración son varias. Una es nuestra propia condición: somos seres mortales, con fecha de vencimiento, aunque la ignoremos. Nos condiciona el tiempo
La tolerancia a la frustración (de cuyo alto o bajo nivel mucho se suele hablar) es esencial para la construcción de la identidad y para el desarrollo de las capacidades y dones de cada persona. Esa tolerancia no es resignación, no se habla de bajar los brazos y retirarse en derrota. Pero tampoco es empecinamiento ciego, tozudez sin destino. Es lo que Víktor Frankl (1905-1997) llamaba la “libertad última” en su libro “El hombre en busca de sentido” (texto cuya lectura toda persona se debe a sí misma). En palabras de Frankl: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas. La elección de la actitud personal a adoptar frente al destino para decidir su propio camino”. Lo decía un hombre que había sobrevivido a cuatro años de cautiverio en campos de concentración en los que perdió a toda su familia y aun así vivió una vida plena de sentido y acompañó a miles de personas (lo sigue haciendo a través de su obra) a bus car el propio.
RESPONSABLES O CULPABLES
Solo quien topa con la imposibilidad, con el dolor de lo que a veces es incomprensible, aprende a elegir y responder por sus elecciones. A ser responsable. A forjarse un destino elegido navegando en el agitado mar de lo no controlable y de lo desconocido. Quien no lo hace, se sentirá víctima antes que responsable y, como víctima (del destino, de injusticias reales o imaginadas, de las circunstancias, de poderes visibles u ocultos, de la alineación de los planetas, etcétera) buscará siempre un culpable. O peor, necesitará que otros lo busquen por él. ¿Quiénes? Aquellos que lo incapacitaron para la libertad última al prometerle (a través de la educación, de diferentes discursos, de la idolatría) que estaría a salvo de los condicionamientos, que sus deseos serían siempre posibles y que la frustración no entraría en su horizonte de vida.
La frustración obliga a un diálogo consigo mismo, a revisar recursos, posibilidades, perspectivas personales. Obliga a preguntarse por el sentido de aquello que no se logró y al para qué de su búsqueda (no el por qué, el para qué). Permite descubrir otras posibilidades, otros horizontes. Permite descubrir recursos ignorados y estimula el aprendizaje de su uso. Criar hijos supuestamente protegidos de la frustración y el dolor de no poder o no tener es, antes que nada, desprotegerlos ante la vida, dejarlos indefensos y sin herramientas. Crear ídolos obligados al éxito permanente, rodearlos de una burbuja de irrealidad, encomendarles el destino colectivo es condenarlos a la fragilidad. Las sociedades que crean esos ídolos los exponen (y se exponen ellas) al victimismo sin nuevas y mejores resoluciones. Se encomiendan a lo providencial.
Los deseos de una enorme porción de esa sociedad, y de su ídolo, se frustraron. El desafío que les espera a ambos es el de saber si eso sirvió para madurar hacia la libertad y la responsabilidad reales, o para lamentarse en una eterna adolescencia. Mientras tanto, todas las células del cuerpo cambian cada siete años. Y en ese lapso aparecen siempre cisnes negros.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
SUSCRIBITE a esta promo especial