Desplegando una lucidez y una soltura digna de los mejores ensayistas, la escritora estadounidense Cynthia Ozick publica por primera vez en castellano una selección de sus ensayos, en perfecto acuerdo con su definición del género, lejos del artículo, del tratado doctrinario, del esfuerzo propagandístico o de la jeremiada pero cerca, si se quiere, del capricho o del deseo, o mejor, de los laberintos mentales del ensayista, ese encaprichado.
En “Metáfora y metonimia. Ensayos reunidos”, publicado por la editorial Mardulce, se dan cita Henry James y Franz Kafka, Susan Sontag y Virginia Woolf, Leon Tolstoi y Fedor Dostoievski, Truman Capote y Jonathan Franzen: atravesados, ellos y otros, por las épocas, los discursos, los rumores, la ironía y el lenguaje, su ritmo electrizante. Es un libro hipnótico, inteligente, ágil, y serio.
Ozick nació en Nueva York en 1928. Publicó “Los cuadernos de Puttermesser”, “Virilidad”, los “Cuentos reunidos”, “El mesías de Estocolmo” y “Cuerpos extraños”, entre otros libros.
Por propia confesión, empezó a publicar de grande. Lectora de poesía, lectora compulsiva, sus maneras corrosivas nunca caen en el agravio o la descalificación
Por propia confesión, empezó a publicar de grande. Lectora de poesía, lectora compulsiva, sus maneras corrosivas nunca caen en el agravio o la descalificación. En “Metáfora…” escribe lo que piensa, eso sí, sobre Truman Capote, Sylvia Plath, Norman Mailer o Philip Roth pero sin hacer concesiones al mal gusto y en líneas generales, para comentar menos alguna obra (de esos autores) que el aire que respiraban.
Porque “nadie es más libre que el ensayista, libre para lanzarse en cualquier dirección, para saltar de una idea a otra, para comenzar con el final y terminar con el medio o descartar el comienzo y el fin y quedarse solo en el medio. Lo maravilloso de todo esto es que de esta aparente arbitrariedad, de esta caprichosa dispersión del ver y del contar, nace un mundo coherente”, escribe.
Al final de cuentas, un ensayista es un artista, y para Ozick, el artista es una singularidad capaz de crear un universo (de discurso) coherente e imaginativo, capaz de atrapar al lector. Lo que tienen sus ensayos es que no por serios resultan terriblemente divertidos.
Acaso no convenga hablar de reivindicación pero si en algún momento en estas páginas se le reconoce al ensayo un magisterio, es el de reservar, involuntariamente, un espacio para la “vida interior”, esa zona perforada por el lenguaje periodístico, publicitario, etcétera, que con todo y más, resiste (en el ensayo, la literatura), sin temor a sonar complejo, oscuro, opaco, contra la falsa transparencia del mundo digital y contra la interpretación aplanadora.
“Un ensayo puede ser el fruto del intelecto o de la memoria, de la liviandad o del abatimiento, del abatimiento o de la irritación. Pero siempre hay en él una cierta quietud, a veces una suerte de distanciamiento”, dice.
Para ejemplo, sus tres textos sobre Henry James, uno de los cuales, trufado por algunos comentarios biográficos, ilumina esa vida -ilumina esa vida como hace un escritor, concentrándose en las obras, y deduciendo a través de las obras-, hasta transformar esa figura algo envarada (la de James) y convertirla en el efecto del miedo y la obsesión por un saber que se le reveló, mal y tarde.
Lo propio hace con Kafka, descubriendo que la cantidad de suposiciones sobre sus escritos, si se los leyera con seriedad, desaparecerían, luces perdidas en un océano donde su fragilidad y su condición de judío, no hicieron el resto, sino que ese resto no se hizo sin humor, sin el humor desesperado de Kafka, y sin la tragedia familiar de Kafka.
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