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La llama que no se apaga

Por MARCELO ORTALE

Relación de los Juegos Olímpicos con la literatura. Antecedentes de esta competencia en la Grecia antigua. Citas deportivas del apóstol San Pablo, Aristóteles, Píndaro, Soutsos, Borges, Camus, Grass y Pierre de Coubertin

Los sagrados juegos olímpicos nacieron en la ciudad griega de Olimpia. A las competencias deportivas se sumaron los torneos musicales y los certámenes literarios dedicados a honrar a los dioses de la antigüedad. Y desde entonces existió un raro y cambiante maridaje entre los poetas y el deporte, muchas veces con posturas divergentes hasta hoy.

“Todo hombre que toma parte en una competencia ejerce autodominio en todas las cosas”, dijo en Corintos el apóstol Pablo. Sin embargo, antes que él, Aristóteles había cuestionado duramente al deporte excesivo y más concretamente al deporte olímpico, según lo destaca el helenista Fernando García Romero, de la Universidad Complutense de Madrid. Aristóteles, dice, criticó “el insano entrenamiento y régimen de vida de los atletas, su excesiva especialización y su sobrealimentación”.

García Romero señala que, con 23 siglos de anticipación, Aristóteles “demuestra el hecho de que muy pocos de quienes vencían en la competición infantil de los Juegos Olímpicos podían repetir su triunfo cuando pasaban a la categoría de adultos, gastadas prematuramente sus energías por un esfuerzo desmesurado para su edad”. Aristóteles y Platón sí tenían en alta estima a la gimnasia, pero sólo por su valor educativo y denigraban el deporte competitivo. En cambio Píndaro fue considerado el poeta de los triunfadores de los Juegos Olímpicos.

Aristóteles y Platón sí tenían en alta estima a la gimnasia, pero sólo por su valor educativo y denigraban el deporte competitivo. En cambio Píndaro fue considerado el poeta de los triunfadores de los Juegos Olímpicos

Píndaro elogió la destreza del atleta triunfador y enseñó sus proezas. En sus libros se encuentran las odas olímpicas, que son como himnos de victoria y de elogio a los vencedores.

Debe aquí recordarse que los juegos olímpicos en la antigua Grecia se sucedieron, con cuatro años de separación, desde el 776 a.de C hasta el 393 d.de C, cuando el emperador romano Teodosio ordenó suprimirlos por considerarlos de naturaleza pagana. Lo cierto es que se celebraron sin solución de continuidad 293 juegos olímpicos y esto significó, en primer lugar, que durante esas convocatorias se suspendían las guerras y se rendía culto a los enfrentamientos pacíficos.

¿Cuáles fueron aquellas primigenias disciplinas deportivas que, ahora, en estas disputas fiscalizadas ya no por los dioses sino por el poderoso arsenal de la tecnología y transmitidas por TV a todos los rincones del mundo, volverán a disputarse en estos días? Pueden mencionarse la natación, las pruebas atléticas, el salto en largo, lanzamiento de disco y jabalina, lucha, boxeo y la equitación (en realidad, en la Grecia antigua fueron carreras de carros), pero esta última mención es válida para destacar la presencia de caballos, únicos animales con figuración olímpica.

En cuanto a los participantes humanos originales sólo podían ser exclusivamente hombres libres, que no hubieran cometido crimen alguno. A las mujeres les estaba prohibido intervenir como deportistas. Y las mujeres casadas tampoco podían asistir a los estadios como espectadoras, porque la mayoría de los atletas participaban desnudos. Esos datos se revirtieron con las olimpíadas modernas, reiniciadas en Atenas en 1896. En ella participaron 47 mujeres. Ahora, en la de Río de Janeiro que comienza en estas horas, se estima que el 30 por ciento de los 11 mil deportistas participantes serán mujeres.

Desde la primer olimpíada moderna de 1896 hasta la actual se realizaron también juegos olímpicos cada cuatro años en distintas ciudades del mundo, con las excepciones ocurridas en 1916, 1940 y 1944, fechas en las que se desarrollaban las dos guerras mundiales del siglo pasado. Esto significa que la antorcha que lleva el fuego olímpico, una vez que se enciende en la historia, se apaga muy pocas veces. La llama extraída del pebetero que arde en las rescatadas ruinas del santuario de Olimpia, es llevada por atletas relevistas hacia distintas ciudades del mundo antes de brillar en el comienzo de cada uno de los juegos olímpicos.

LA NOSTALGIA DE UN POETA

En 1833 un poeta griego –Panagiotis Soutsos- escribió un famoso poema en el que reclamaba la recuperación de los juegos olímpicos para Grecia, y en realidad a él y al mecenas y millonario Evangelos Zappos se los considera refundadores de las olimpíadas modernas.

Escribió Soutsos: “Si nuestras sombras pudieran volar a vuestra tierra, audazmente gritarían a los ministros del Trono: ¡Dejad vuestras mezquinas políticas y vanas peleas! ¡Recordad el espléndido pasado de Grecia! ¿Dónde están aquellos siglos remotos? ¿Dónde están sus Juegos Olímpicos? ¿Dónde sus majestuosas celebraciones y sus grandes teatros? ¿Dónde están sus esculturas y bustos, dónde están sus altares y templos? Cada ciudad, cada bosque y cada templo estaba lleno de filas de silenciosas estatuas de mármol. Naciones extranjeras decoraban sus altares con ofrendas , jarras de oro de Gygas, bandejas de plata y piedras preciosas de Croesus. Cuando se inauguraba el glorioso festival Olímpico, grandes multitudes se reunían para ver los juegos donde venían a competir atletas y reyes. Ante cuarenta mil deslumbrados griegos, Heródoto presentó en su elegante historia sus recientes triunfos. Tucídides escuchó la hermosa armonía de su prosa dispuesto a conocerle en competición como un valioso rival”.

La iniciativa concreta para realizar los primeros juegos olímpicos modernos en 1896 fue del barón Pierre de Coubertín, influenciado por la oleada olimpista que había promovido Soutsos, pero también por la proeza solitaria del poeta inglés Lord Byron que en 1810 cruzó a nado los varios y encrespados kilómetros que separan a Europa de Asia por el Estrecho de los Dardanelos. Siempre se sostuvo que la inclusión de la natación en aguas abiertas en las olimpíadas modernas tiene como inspirador a Lord Byron.

BORGES Y DOS PREMIOS NOBEL

El deporte dividió a los escritores. Luego de decir que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, Borges –que retomó la postura “anticompetitiva” de Platón y Aritóteles- reflexionó en un diálogo que sostuvo con Roberto Alifano: “qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. En otra oportunidad reflexionó que “debiera inventarse un juego en el que nadie gane”. Otra vez afirmó que el deporte había sido creado por Inglaterra para entretener y mejor dominar a las colonias.

A esa suerte de exageración borgeana puede oponerse la de Albert Camus, Premio Nobel de literatura en 1957, quien años después de recibir esa distinción no dudó en afirmar que si volviera a nacer y le dieran a elegir entre ser escritor o futbolista, elegiría lo segundo.

“Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra” (Borges)

Como se sabe, Camús había sido arquero de un equipo de primera división, el Racing Universitario de Argel. Y explicó que elegiría ser futbolista porque, después de muchos años en que el mundo le permitió diferentes experiencias, lo que más supo, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debía al fútbol, tal como lo expresó en “Lo que le debo al fútbol”, uno de sus muchos relatos.

El ácido y denso escritor alemán, Günter Grass, a quien se le otorgó el Premio Nobel de literatura en 1999, se enterneció con el fútbol y escribió estos versos en un poema más extenso: “Lentamente ascendió el balón en el cielo/ Entonces se vio que estaban llenas las tribunas/ Y habían dejado sólo al poeta bajo el arco…”.

El deslumbrante novelista y cuentista Dino Buzzati unió al deporte –en este caso, al ciclismo- con la raíz cultural griega, en la crónica que escribió en 1949 para el diario milanés “Corriere della Sera” en el que entonces trabajaba. Se corría el Giro de Italia y la lucha era entre los dos ciclistas míticos de Italia, Gino Bartali y Fausto Coppi. Allí escribió: “Cuando hoy, durante la ascensión por las terribles pendientes del Izoard, hemos visto a Bartali lanzarse solo en persecución, a grandes golpes de pedal, manchado por el lodo, hundidas las comisuras de los labios en un rictus que expresaba el sufrimiento de su cuerpo y su alma –Coppi ya había pasado por ahí hacía un buen rato y afrontaba las últimas rampas del puerto-, ha resurgido en nosotros, 30 años después, un sentimiento que nunca hemos olvidado. Hace 30 años, quiero decir, aprendimos que Héctor fue asesinado por Aquiles (…) Por supuesto, Coppi no posee la fría crueldad de Aquiles; más bien al contrario. Ambos campeones son, sin duda alguna, los más cordiales, los más amistosos. Pero Bartali, más distante, más brusco –de forma inconsciente, en cualquier caso- vive el mismo drama que Héctor: el drama de un hombre vencido por los dioses”.

El barón de Coubertin dijo, con otras palabras, lo mismo que Buzatti: “el atleta de Olimpia, el caballero medieval y el atleta moderno tienen los mismos valores de esfuerzo y honradez. Todos ellos pertenecen a la misma historia”.

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