Por JUAN BECERRA
ESCRITOR
De golpe una luz cae sobre la memoria y me doy cuenta que falta Gabriel Báñez. Para reparar esa desgracia entro a cuentomilibro.com y lo veo otra vez vivo, alardeando de su timidez del modo extrovertido con que lo hacen los grandes actores que se someten al martirio de las ruedas de prensa. Digamos que disfruta de su fobia. En ese presente que no muere cuenta en qué consiste su última novela, La cisura de Rolando (2008).
El recuerdo, artificial y concreto, no está en mí sino en YouTube. Pero después de verlo y, sobre todo, después de estremecerme con su voz de oro y los chasquidos estratégicos de su lengua que detienen las frases y las dejan en suspenso para luego retomarlas con una “salida”, comienza la deriva del recuerdo natural, una antología de escenas que hoy son unas y mañana serán otras y, en conjunto, nunca dejan de luchar entre sí para darle a los fantasmas la sobrevida que merecen.
Los recuerdos, como los sueños, son pura actualidad (pura actualidad inventada), y su idioma es el presente del indicativo. De modo que entro a Carrefour en el año 2007 y me cruzo en la góndola de los productos congelados con Gabriel Báñez. Tiene -así lo recrea la prosa realista del recuerdo- un jean azul, una camisa gris topo, borceguíes, una campera verde de guerrero y anteojos de presbicia. Tiene el aspecto del tipo que sale de una trinchera o se prepara para entrar en ella. Me dice: “¿vos podés creer que tengo diabetes? No puedo comer nada. ¡La puta madre que lo parió!”. Discutimos en el registro de comedia terminal que le gustaba imponer a las conversaciones. Le digo que no puede ser que no pueda comer nada, y me contesta: “¡Si, no puedo comer lo que quiero, entonces no puedo comer nada!”.
Comer todo o no comer nada. En medio de estos polos drásticos, un desierto inane sin oasis ni espejismos que pudieran atraer la atención de Gabriel Báñez. El inconveniente que había detectado, y del cual la alimentación regimentada cumplía la función de emergente bobo, era el del resquebrajamiento de la soberanía personal. Se entiende perfectamente el drama en un escritor de carácter que le dio a su literatura la dimensión de un todo. Por lo que el problema, del que no se veía que surgiera un plan B (el plan B del acto soberano es el escarnio de la obediencia), parecía de orden estrictamente literario y tal vez consistiera en la imposibilidad ya no de comer todo sino de escribir todo, y no olvidemos que escribir es decidir.
¿Qué quiere decir que alguien es un escritor de carácter? En primer lugar, que escribe de adentro hacia afuera, y luego que desdeña por desconfianza los ecosistemas literarios de su época, que asume una posición de indiferencia imperturbable respecto de lo que hace y de lo que los otros dicen que hace, que habla sin pudores la lengua naturalizada de la infancia porque la considera una lengua de la verdad personal, que excava en los pozos ciegos del origen y que concibe la literatura como una fuerza de la vida. Si bien es conocida su hermandad literaria con John Fante, en quien vio un gemelo artístico e ideológico, el sujeto Báñez, su manera de percibir los fenómenos, de destruir los lugares comunes y de no dejarse llevar por el confort y el rendimiento social del pensamiento “bueno”, tiene mucho del espíritu de incorrección y la soledad del anarquista que puede encontrarse en Norman Mailer.
Sin embargo, en Cultura (2006) escribe quizás por primera vez de afuera hacia adentro porque detecta en el ambiente un fraude que le parece indignante, y que es el del dominio de la cultura por parte de los burócratas y los falsos artistas. Contra la unidad artificiosa y megalómana del narrador clásico, que concentra en una sola voz la autoridad del relato, Gabriel Báñez cuenta los delirios de una ciudad (La Plata) que enloquece por exceso de arte malo mediante los protocolos de la esquizofrenia, que es una máquina de dos cabezas que mira con cuatro ojos y escribe a cuatro manos.
Recuerdo la sonrisa plena de Gabriel Báñez cuando hablamos de ese libro. De lo que dijimos no recuerdo absolutamente nada pero podría inventar que se habló de quién era quién en esa historia. Báñez estaba loco por un personaje inspirado en una persona que asolaba el Pasaje Dardo Rocha como una tormenta de vanidad, y que se consideraba a sí mismo un gran artista, cosa que pretendía refrendar con un sistema complejo de accesorios y relaciones, dejándose una barba a lo Macedonio Fernández, soltando de su boca grandes nombres propios e ideas trilladas y fumando una pipa de Magritte. “Perfecto. Es un gran artista. Ahora, ¿me querés decir dónde está su obra? Es puro work in progress”, decía Báñez, para quien la obra, precedida por la entrega total a la obra, era poco menos que todo.
En ningún otro libro como en Cultura se ve a Gabriel Báñez atacar con tanto sentido de la justicia poética este tipo de farsa. De hecho puede verse en la novela un artefacto duchampiano llamado “La máquina de narrar”, inspirado en el falso artista que aparece con el nombre de El Novelista Etico, al que Báñez le concede el éxito inexplicable que deriva del equívoco. Por encima de estas calamidades, como mirando el mundo desde un drone, Báñez manda a actuar a esa fuerza superior llamada escritura, la palabra con la que le gustaba definir a la literatura viva, para exterminar la boludez.
Es increíble hasta qué punto un escritor como Báñez puede seguir estando entre nosotros si lo leemos o recordamos algo así como la identidad de su espíritu que, aún temblorosa, se afirma cada tanto para decirnos algo que no sabíamos
Es increíble hasta qué punto un escritor como Báñez puede seguir estando entre nosotros si lo leemos o recordamos algo así como la identidad de su espíritu que, aún temblorosa, se afirma cada tanto para decirnos algo que no sabíamos. Esa presencia es incluso más poderosa que la noticia de su muerte que -también cada tanto- tiene la oscuridad desesperante de algo que está pasando siempre, un poco en el sentido en que las pesadillas ocupan todas las extensiones del sueño cuando se manifiestan como imágenes “paralizadas”.
Vuelvo a verlo a Gabriel Báñez hablando de La cisura de Rolando en cuentomilibro.com. Algo se me retuerce por dentro y se me da por insultarlo en voz baja (”pedazo de pelotudo, ¿por qué hiciste eso?”). Sin ningún derecho de mi parte, por supuesto, excepto los que dan la pena y el sentimentalismo, su vehículo histórico. Hay un poder absoluto en la última escena de su vida, una soberanía máxima que lo hace grande. Como él mismo dijo de David Foster Wallace con una soltura que hiela la sangre: “Se ahorcó. Así de sencillo”. Pero sería una arrogancia de necrófilos pensar que esa última escena es de una grandeza mayor que la de sus libros, donde a su manera se abren paso entre la niebla de un nihilismo costumbrista las chispas de la felicidad.
En el final de Virgen (1998), hay una situación de felicidad extrema, una especie de nieve eterna que por fin cristaliza en las cumbre de la vida: “Bernardo miraba las boyas sereno, vacío, sin una sola mueca de duda o turbación. Al contrario, parecía iluminado. Así de perfecto fue ese día de pesca: el lanzó las líneas tres, cuatro veces, siempre sonriente, siempre callado, y luego, a media tarde, se quedó absorto y tranquilo en el vaivén de los tres corchos blancos. Cuando Sara lo fue a tocar ya estaba frío y dulcísimo, rígido como un paisaje”. No hay felicidad sino es en contacto con la catástrofe que en Báñez tiene un nombre aparentemente optimista: porvenir. La idea es fatalista pero hermosa, y no vamos a encontrar a nadie que sea capaz de refutarla.
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