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El amor en tiempos de apps: un boom entre ilusiones y desengaños

Por Redacción

Con cerca de un millón de usuarios en Argentina, uno de los diez países donde más se usan, las aplicaciones para encontrar pareja han revolucionado la forma en que mujeres y hombres se acercan hoy, ya sea para bien o para mal

Desde comenzaron a popularizarse en nuestro país hace poco más de dos años, las apps de citas (esas aplicaciones que se descargan en el teléfono para encontrar pareja) han venido revolucionado la forma en que hombres y mujeres se acercan hoy. En principio, el “levante” ha pasado de ser una actitud circunscripta en general a los fines de semana en bares y boliches a una constante que no tiene horario ni lugar. De hecho, en lugar de “salir de levante” hoy suele hablarse de “buscar a alguien” con quien salir.

El uso de las aplicaciones de citas ha tendido a su vez a equiparar aun más la iniciativa del levante entre hombres y mujeres. Y es que si bien al principio se advertía cierto reparo por parte de ellas a mostrarse como usuarias (lo que podría leerse como “solteras interesadas en conocer hombres”) ese prejuicio ha desparecido a ta punto que hoy el 48% quienes recurren a Tinder -una de las redes más populares en todo el mundo- son mujeres.

Con un universo de usuarios que tienen en su gran mayoría entre 18 y 34 años de edad, el fenómeno de las apps de citas resulta especialmente notable en nuestro país, uno de los que más ha incorporado esta nueva herramienta de “levante” a nivel mundial. De hecho Argentina se encuentre entre los diez países del mundo con mayor cantidad de usuarios y el segundo de Latinoamérica, luego de Brasil. Para darse una idea de lo que eso significa basta considerar que sólo las usuarias y usuarios argentinos revisan 15 millones de perfiles por día en busca de la pareja ideal.

Lo cierto es que a medida que se populariza, el uso de las redes de citan comienza a revelar su contracara: la de la desilusión. Y es que así como estas nuevas herramientas facilitan las chances de conocer y entablar relación con una gran cantidad de personas que nos parecen atractivas, esas relaciones tienden en general disolverse con la misma facilidad. Así lo reconocen tanto aquellos que las usan habitualmente como quienes lo han dejado de hacer.

DE LO VIRTUAL A LO REAL

Aunque puedan diferir en sus modalidades y “targets”, las aplicaciones de citas funcionan todas en forma más o menos similar. Una vez que uno las descarga en el teléfono y se subscribe a ellas creando, con fotos y datos personales, su propio perfil, tiene la posibilidad de ver los perfiles de otros usuarios seleccionados por el sistema en función de nuestros intereses, ubicación geográfica o entorno social. De ese modo cada quien elige a aquellas personas que les resultan atractivas, y cuando éstas lo corresponden se abre un canal de diálogo entre ambos para que comiencen una relación.

Dentro de estas características generales, las hay de todo tipo. Algunas aplicaciones, como Tinder, se basan en preguntas respondidas por los usuarios e información de sus perfiles de Facebook; otras, como es el caso de Happn, nos avisa al cruzarnos en algún lado con alguien que comparte nuestro interés por ella o por él. También pueden limitar los contactos a personas que pertenecen a nuestro circulo social (Kickoff) o a cierta preferencia sexual (como Grindr, que es para uso exclusivo de gays) u ofrecer un alto nivel de confidencialidad y discreción (Pure).

Cualquiera sea el caso, todas funcionan como atajos hacia personas que nos atraen lo suficiente para comenzar con ellas una relación. Como explica Ricardo, un arquitecto de 35 años que comenzó a usar Tinder el año pasado, “es un mundo de mujeres que se te abre de golpe; ya no hace falta esperar a ir al boliche para verlas porque las tenés ahí, en el teléfono; y si a alguna le gustaste podés empezar a conocerla por chat”.

Veinticuatro horas por día conectado a Tinder, Ricardo asegura que se contacta por semana con un promedio de doce chicas, con las que comienza a relacionarse a través del chat. De esa forma, cuando llega el viernes ya tiene “siempre una o dos para encontrarse en el boliche o invitar a salir”. Lo que sigue después -dice- “ya depende de la química que se dé al pasar de lo virtual a lo real”.

“LOGICA DE MERCADO”

Que las aplicaciones de citas multiplican las chances de relacionarse con personas que nos resultan atractivas es una realidad que nadie se atrevería a discutir (sólo Tinder contribuye a que se produzcan en Argentina unos dos millones y medio coincidencias entre candidatos al mes). En qué medida esas coincidencias se traducen en las relaciones esperadas por los usuarios es ya otra cuestión.

“Use Tinder gran parte del año pasado y me dí de baja porque me harté de encontrar siempre lo mismo: no iba a ningún lado por ahí”, confiesa Marga, una profesora de yoga de 27 años. En su experiencia las redes de citas “sólo generan mayor sentimiento de desencuentro porque sirven para tener sexo, no para comenzar una relación”.

“La mayor parte de las veces cuando se produce un match empezás a chatear y te das cuenta enseguida de que el flaco lo único que quiere es llevarte a la cama, cuanto antes mejor. Cuando no es así y te pasas toda la semana conociéndolo por Whatsapp, resulta que al encontrarlo en persona no se parece en nada a la foto que puso en su perfil, tiene cero onda o, peor todavía, te gusta y después de un par citas desaparece sin ninguna explicación”, cuenta Marga.

Fabiana, una comerciante de 34 años, cuenta que se bajó de Tinder por la misma razón. “Al haber semejante cantidad de candidatos y candidatas, la cosa funciona un poco con la lógica de mercado: si no te satisface lo que encontrás, lo descartás y seguís con otro sin perder ni un minuto en explicarle el motivo. Y no está bueno cuando ese producto que descartan sos vos -dice-: te genera mucha angustia, te saca las ganas de seguir conociendo gente a otro nivel”.

Caldo de cultivo de ilusiones y desengaños, “las redes de citas -sostiene la sexóloga Sandra Lustgarten- frustan una y otra vez. El estrés que provoca esta situación permanente de búsqueda del amor seguida de desilusión acarrea la pérdida de confianza; la sensación de lo que no se da sin saber por qué hace que muchas personas abandonen la idea de querer volver a encontrar una pareja”.

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