En un experimento impulsado por la curiosidad de averiguar más acerca de lo que sucede en el cuerpo al morir, un equipo de investigadores de la Universidad de Washington descubrió que ciertos genes no sólo se activan al producirse la muerte, sino que sobreviven hasta varios días después. El hallazgo, publicado días atrás por la revista Science, podría encerrar una clave para mejorar los mecanismos de reanimación artificial.
Basándose en una investigación del departamento de Medicina Forense de la Universidad de Granada, que ya había advertido actividad génica en cadáveres humanos hasta 12 horas después de su deceso, el doctor Peter Noble y sus colegas midieron los niveles de ARN (ácido ribonucleico) en tejidos de ratones y peces cebra muertos recientemente. De este modo descubrieron más de un millar de genes que permanecían vivos después del fallecimiento.
Mientras que en el caso de los ratones se llegaron a describir 515 genes que siguieron en funcionamiento hasta dos días después de su muerte; en el de los peces cebra fueron 548 genes, pero durante cuatro días.
Como señalan los responsables de la investigación en la revista Science, la función de estos “genes zombie” sería “reanimar al organismo, proteger a las células y estimular la reacción inmune para suprimir los procesos estresantes que suceden tras los primeros síntomas de la muerte”.
Si bien estos genes no tienen la capacidad de revertir los procesos de la muerte, el hecho de que exista una reserva de energía corporal y una función celular suficiente para que se activen post mortem, alienta la expectativa de extender el punto de retorno con técnicas de reanimación corporal desconocidas aún.
POST MORTEm
Uno de los hallazgos que más sorprendió a los científicos fue que algunos de los genes no sólo logran sobrevivir varios días, sino que se activan particularmente durante las primeras veinticuatro horas después de la defunción. Los investigadores sospechan que muchos de ellos podrían haber permanecido “suprimidos o desconectados” por una red formada por otros genes cuando el individuo estaba vivo, y que por ello no pudieron “despertar” hasta después de la muerte.
No menos sorprendente resultó el comprobar que muchos de los genes que siguieron en funcionamiento post mortem suelen estar activos en el transcurso del desarrollo embrionario. Esto llevó a formular la hipótesis de que a escala celular los seres vivos recién nacidos y en desarrollo podrían tener mucho en común con los cadáveres en proceso de descomposición.
Los investigadores también observaron que varios genes promotores del cáncer incrementan su actividad después de la muerte. Esta podría ser la causa por la cual las personas que reciben trasplantes de órganos de origen cadavérico presenten una mayor tasa de incidencia de cáncer, lo cual se venía atribuyendo a la medicación inmunosupresora que se les suele prescribir.
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