Desde tiempos inmemoriales, la ruta es el espacio en el que los viajeros regresan a valores esenciales que pasan inadvertidos en el vértigo de la rutina. Y cuando a la travesía se le agregan los condimentos del desafío y la aventura, ese efecto se potencia. Es lo que le ocurrió a Leandro Campos, quien ayer llegó a La Plata desde la ciudad brasileña de Curitiba sin más ni menos recursos que una idea, una bicicleta y fuerza de voluntad.
“Después de pedalear 2.500 kilómetros en 77 días descubrí muchas cosas, incluso en mí” admite el artesano de 38 años que se crió en Tolosa y desde hace una década y media vive en el país vecino: “pero lo más importante es que la gente esencialmente es buena, es solidaria, y abre las puertas si uno es sincero; en muchos lugares me miraron con desconfianza cuando llegué, y me despedí a los abrazos”.
Campos nació en Curitiba, y vivió en La Plata entre los cinco y los veinte años con sus hermanos Iván, Raquel y Nahuel. Se crió entre los puestos de la feria “hippie” de plaza Italia, con su padre Andrés y su madre Mercedes Sarmiento, de quien heredó la destreza para las artesanías. Cursó la secundaria en la Media Nº8, es piloto del Aeroclub local, aficionado al buceo y marinero.
“Si bien hace dieciséis años que vivo en Bombinhas y trabajo en la feria de allá, toda mi familia sigue en La Plata” explica: “hace algunos meses me separé, y viví en un camping en Florianópolis. Por ahí vi pasar mucha gente de todo tipo haciendo travesías en bicicleta, y eso conectó con las ganas de ver a los míos. Con veinte días de planificación y sin experiencia, me largué, y acá estoy”.
“Me compré la bici, la carpa, armé las alforjas con tachos de plástico reciclados, junté los utensilios y salí a la ruta el 19 de abril, sin saber cuántos kilómetros iba a hacer por día ni si iba a poder hacer alguno” recuerda: “al final, promedié cien tranquilo, y llegué a 130”.
El itinerario de Campos lo llevó por el litoral brasileño y uruguayo, con incursiones tierra adentro como a la exigente Sierra de Ombú, en Rio Grande Do Sul. Pasó por remotas colonias alemanas en donde sólo se habla ese idioma, por bosques, playas y metrópolis; tomó tres ferries, y vendió mandalas de su producción en diferentes ferias para ganarse el pan.
“Al final, recorrí 500 kilómetros más de los pensados, porque me puse a explorar lugares que no estaban en el mapa original, o me invitaban a visitarlos” señala Campos, quien tras quedarse veinte días en la Plata volverá a Brasil para planificar una próxima salida, probablemente a México: “dormí en casas lujosas, ranchos, estaciones de servicio, el campo, el piso, la calle, Tuve mucho calor, mucho frío, hubo vientos que me hicieron volver atrás y diluvios. Pero conocí personas y lugares maravillosos; fue una experiencia memorable”.
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