José de San Martín, que padecía de problemas pulmonares por una herida de batalla en España, reuma y úlcera de estómago, solía almorzar en campaña un asado o un puchero sencillo, con un vaso de vino, y no tenía demasiado tiempo para detenerse en cortesías, como hizo un día en que se aprestaba para una batalla y le ofrecieron de menú “Balas del General”.
El Libertador había resuelto la alimentación de su ejército con el “charquicán cuyano”, un preparado de posible origen quechua en base a charqui y ajíes secos molidos aliñada con grasa, que sólo requería agregarle agua. Y ese día, cuentan, no buscaba comida sino municiones.
La anécdota de Luisa G. de Murature, habitante de Buenos Aires y tres años mayor que Merceditas, la hija de San Martín, señala que una joven corrió a la cocina, destapó las ollas donde se hacía el puchero, pescó un trozo de carne con dos tenedores, lo enfrió en agua y lo aplastó en el mortero. Después molió maní tostado, picó perejil y cebolla blanca, unió todo, puso pimienta, sal, comino, pasas moscatel, derritió mantequilla batida en un sartén y al primer hervor adicionó la mezcla.
Tras diez minutos de cocción se lo llevó al General. “¡Exquisitos proyectiles!”, clamó San Martín saboreando el primer bocado, “ellos me anuncian la victoria”.
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