Al celebrarse hoy 200 años de la independencia de nuestro país, esta edición pública un suplemento especial –“Los hombres del Bicentenario”- destinado a exaltar los valores de quienes, el 9 de Julio de 1816 en la ciudad de Tucumán, en medio de los combates que aún se libraban contra el dominio español y condicionados también por las naturales disidencias conceptuales que los alejaban, supieron superar esas circunstancias y plasmar aquella histórica y unánime declaración que se tradujo en el nacimiento formal de la Argentina en el mundo.
Pero aquellos congresales representaron, también, a los argentinos ya caídos en los combates por la libertad, a los empobrecidos y recluidos en exilios, perseguidos por el rencor o la indiferencia de sus contemporáneos, pero siempre dispuestos al abrazo conciliador. Al momento de firmar el Acta, ellos encarnaron el modelo de las generaciones argentinas que trabajaron por el engrandecimiento de la Patria y representaron desde entonces a los científicos, escritores y artistas que enaltecieron la presencia intelectual del país en el concierto de las naciones; y ellos también fueron quienes abrieron las puertas para que llegaran inmigrantes desde las fronteras más lejanas, para forjar en nuestro suelo un destino de libertad y progreso. En la firma de los congresales se gestaron las mujeres que educaron y trabajaron en un territorio inmenso, desafiantes en los desiertos iniciales de una geografía despoblada y áspera; y amanecían también los que cubrieron voluntariosos los oficios útiles y provechosos para la sociedad, irradiando el trabajo como una bendición.
Aprender la importancia de las grandes gestas de la historia argentina, valorar la independencia y la libertad que el país alcanzó a partir de ellas, es el mayor legado cívico que las generaciones mayores pueden transmitirle a las más jóvenes
La recordación de este Bicentenario de la Independencia debe ser también aprovechada para estimular, sobre todo entre los más chicos, el interés por la historia de la Nación y el sentimiento patrio, dejando de lado las discordias circunstanciales, profundizando en todo aquello que unifique y no que divida. Este debe ser el sentido mayor del enaltecimiento de toda fecha patria, y mucho más cuando ella marca, como en este año, un hito trascendente.
Se ha dicho últimamente que, lamentablemente, es verdad que en las últimas décadas se ha venido produciendo un debilitamiento de algunos hábitos y costumbres sociales vinculados al sentimiento patrio. Las celebraciones de los Veinticinco de Mayo y de los Nueve de Julio, por ejemplo, fueron perdiendo el relieve que supieron tener, a partir de una marcada indiferencia de autoridades y sociedad. Sin embargo, las fiestas del Bicentenario por la Revolución de Mayo, en muchas ciudades de nuestro país, fueron demostrativas de un mayor interés ciudadano por participar y, por lo pronto, arrojaron en ese sentido un saldo alentador. Por supuesto que el ejercicio comprometido de la condición de ciudadanos, así como el respeto y el amor por el país, no se agotan en demostraciones simbólicas. Pero es indudable que ellas pueden reunir y proyectar el orgullo ciudadano, así como potenciar otras virtudes comunitarias.
Aprender la importancia de las grandes gestas de la historia argentina, valorar la independencia y la libertad que el país alcanzó a partir de ellas, es el mayor legado cívico que las generaciones mayores pueden transmitirle a las más jóvenes.
Aunque resulte algo duro señalarlo, es preocupante para el destino de una nación que la noción dominante que puedan tener los chicos de los feriados sea que, en general, permiten disfrutar de un día sin clases y de fines de semana largos. Es trascendente, en cambio, que los niños junto a sus padres ponderen la trascendencia de la significación de aquellas jornadas que se evocan, rescatando ejemplos de amor por la patria y de luchas por su grandeza.
También debiera ser ésta una ocasión para el reencuentro de todos los que habitan nuestro suelo, desde la firme defensa de las convicciones profundas de cada uno pero respetando las ideas del otro y trabajando sobre las coincidencias. A partir de la decisión de convivir sobre la base de principios compartidos como, por caso, los nucleados en el texto del Preámbulo -que surgieron, como todo el texto de la Constitución, de quienes tuvieron la grandeza de perdonarse errores pasados- será más pacífico el presente y más venturoso el futuro que nos espera.
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