Quienes trabajan en las empresas de servicios de luz, gas y agua suelen explicar que la metodología que se emplea en el robo de servicios depende del tipo de prestación y su sistema de conexión.
Apuntan que lo más sencillo de vulnerar es la red de agua en las zonas periféricas. En esos casos, habitualmente, quienes “pinchan” cañerías suelen aprovechar el sector de veredas de los terrenos baldíos, por donde pasan los conductos maestros. Habitualmente hacen perforaciones de un metro de profundidad y alcanzan el nivel de las tuberías, que pueden ser de fundición o de plástico. Por lo general las agujerean con una mecha y conectan una brida. Y luego “muchos utilizan mangueras para desviar el circuito hasta el domicilio”, apuntan.
En tanto que la modalidad más común para robar luz se vale de la utilización de dos cañas con alambres en forma de ganchos que se adosan a las puntas y se montan sobre el tendido eléctrico de la calle. Sin embargo, hay mecanismos más sofisticados, pues hay quienes roban energía directamente desde los transformadores.
Para conseguir la señal de cable los televidentes clandestinos cortan el tendido que llega a una vivienda vecina y colocan fichas y divisores de frecuencia de fácil adquisición en los comercios. Otro modo de hurto, tal vez el más extendido, es “compartir” la línea con un vecino; esto es: la usan dos y paga uno.
En cambio, el sistema de distribución de gas es más complejo. Por las características del fluido, muy combustible, su manipulación representa un riesgo extremo. No obstante hay quienes saben de un mecanismo para conseguir el suministro sin gastar un peso, pero el trabajo, afirman, sólo puede llevarlo a cabo un gasista. “Este tipo de instalaciones irregulares constituye por sobre todas las cosas un acto inseguro”, resaltan fuentes de Camuzzi.
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