RIO DE JANEIRO, BRASIL
ESPECIAL
Por PEDRO GARAY
ENFOQUE
La Guerra Fría no ha terminado: los escándalos de doping que provocaron un cimbronazo en el deporte olímpico semanas antes de la cita de Río 2016, dividió aguas entre Occidente y Oriente, como si el mundo siguiera partido al medio.
El doping es un tema incómodo y durante años los atletas evitaron referirse él, pero el “revival” del duelo de dos potencias en todos los ámbitos, desde el armamentístico al deporte, provocó que la omertá (los “códigos”) quedaran de lado: agotados de la ineficiencia del Comité Olímpico Internacional y la Federación Internacional de Natación, en la pileta de Río fueron varios los atletas que levantaron la voz y generaron olas con picantes declaraciones para atletas con ofensas de doping que se están colgando medallas en Brasil.
“Asco”, dijo Camille Lacourt, sin pelos en la lengua, sobre la sensación que le generaba el nuevo campeón olímpico de la prueba de 200 libres, sumándose a las duras palabras del joven Mack Horton, que compitió en los 200 contra el nadador chino y relegó a plata a Sun Yang en los 400: tras ignorarlo en la piscina de entrenamiento, explicó que “lo ignoré porque no tengo tiempo ni respeto para los tramposos”. Y al ganar los 400, disparó: “Un triunfo para los buenos”.
Por supuesto, los chinos, sulfurados por el ataque del mundo angloparlante, exigieron una disculpa, pero la respuesta del jefe de misión australiano fue clara: “Evidentemente, Mack opinó fuerte respecto a la necesidad de un deporte limpio. Y tiene derecho a expresar sus opiniones y disgustos”.
Tampoco se disculpó la comitiva francesa por los dichos de Lacourt, quien luego de que Yang tocara primero la pared en los 200 libre, estalló: “Quienes se dopan no pertenecen en este deporte. Deberían crear su propia federación de dopados y divertirse entre ellos. Me da asco ver a gente que hizo trampa en el podio. Sun Yang mea púrpura” (en referencia, claro, a una orina radiactiva, que descarta los químicos del doping).
China ha sido largamente sospechada, en gran parte debido a que el secretismo del país impide el control deseado por AMA, la Agencia Mundial Antidoping, de la actividad de los atletas. Sin embargo, hay buena parte de prejuicio: la alianza socialista entre China y la Unión Soviética, de infames y desaforadas prácticas de doping organizado estatalmente, genera que muchos eleven las cejas ante una gran actuación de un atleta chino, en señal de desconfianza.
“Nada como un hombre”, dijeron de Ye Shiwen cuando fue medalla de oro y récord mundial en las combinadas en Londres 2012; pero lo mismo dicen de Katie Ledecky, la maravilla estadounidense, aunque de ella es un comentario halagüeño. Claro, no ayuda que Ye Shiwen, tras aquella marca, haya desaparecido del mapa relevante de la natación, quedando 27ª en 400 combinados y última en la final de 200 combinados; o que el primer positivo del deporte en estos juegos haya sido para la china Chen Xinyi, de sólo 18 años.
RUSIA, EN LA MIRA
Las mismas sospechas generaba Rusia, en parte debido a un historial largo de dopaje organizado bajo el régimen soviético, pero en buena medida debido a sus propias prácticas difíciles de concebir: desde tubos secretos hasta frascos desaparecidos, el reporte sobre doping estatal en Rusia se leía como una novela de espionaje. El Comité Olímpico Internacional decidió no castigar a la nación entera, como pedían desde Occidente, y el resultado se ha visto en las aguas de Río, donde una nueva Guerra Fría se ha desatado.
Quien abrió fuego contra los rusos fue Lilly King: la estadounidense llegaba a Río con el mejor tiempo del mundo, perseguida por Yuliya Efimova, quien sirvió una suspensión de 16 meses por doping y a principios de año dio positivo por meldonium, la droga que dejó fuera del tenis a María Sharapova y que los atletas rusos afirman tomar por problemas de salud y con desconocimiento de que estuviera prohibida. Efimova afirmó ante el Tribunal de Arbitraje del Deporte que ya había servido su pena, y consiguió estar en los Juegos Olímpicos, para tener el dudoso honor de ser la deportista más abucheada de la competencia (ayer volvió a ser abucheada cuando salió a competir en los 200 metros pecho, donde logró la medalla de plata).
El duelo entre las pechistas comenzó desde la clasificación: King ganó la primera semifinal y elevó su dedo índice, indicando quien es la uno. Cuando la rusa ganó la segunda semi, imitó el movimiento. “¿Fuiste atrapada haciendo trampa y dices que sos la número 1?”, disparó furiosa la estadounidense, que utilizaría su furia como combustible para, en la final, realizar su mejor marca personal, que se convertiría en nuevo récord olímpico y medalla de oro, a 0.19 de Efimova.
“No es una crítica al sistema, sino un llamado de atención a las graves fallas del mismo. Si King hubiera perdido el oro, tendría que haber aceptado que una atleta castigada por doping la hubiera vencido.
¿Dónde queda el espíritu olímpico en ese escenario?”, defendió Adam Nelson, oro olímpico en bala en 2004 y activista por los derechos de los atletas, en defensa de los dichos de King, cuyas palabras crearon una fuerte polémica contraria al pedido de Thomas Bach, presidente del COI, por unos Juegos sin controversias.
Los estadounidenses, con figuras como Michael Phelps como voceros contra los permisos de la Federación Internacional de Natación y su permiso a los nadadores rusos (“creo que nunca en toda mi carrera no he competido en un deporte limpio”, dijo el hombre que tiene más medallas de oro que Argentina), han encabezado desde antes de los Juegos una fuerte campaña mediática por excluir a los rusos.
Pero, ecos de la Guerra Fría, desde Moscú afirman no es más que una movida política para ganar más medallas: porque, después de todo, no los ven tan preocupados por el hecho de que Justin Gatlin, dos veces castigado por doping, corre hoy, a los 34 años, más rápido que cuando fue atrapado con las manos en la masa de anabólicos.
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