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¿El sector privado puede salvar a la economía?

¿El sector privado puede salvar a la economía?

Por ROBERT SAMUELSON

Un gran misterio de nuestra época -misterio que debería ser el marco del debate de la campaña electoral norteamericana- es por qué la recuperación económica ha sido tan lenta en Estados Unidos, y en el mundo en general. Consideremos esta comparación. Después de la brutal recesión de principios de la década de 1980 (con un pico de desempleo del 10,8 por ciento), hicieron falta sólo 11 meses para que el empleo recuperara, en Norteamérica, el nivel anterior a la recesión. En cambio, se requirieron 51 meses después de la Gran Recesión para que el empleo alcanzara sus cifras anteriores a la recesión. O bien la política económica nos decepcionó o la economía era menos robusta. Quizás ambas cosas.

Esperábamos algo mejor. Sin duda, la política económica probablemente impidió una segunda Gran Depresión, y ésa no fue una pequeña hazaña. Recuerden: el desempleo llegó al 25 por ciento en 1933. Desde la Depresión, los economistas supuestamente adquirieron conocimientos para evitar crisis profundas y recuperaciones débiles. Eso pensábamos. Este fracaso provoca la búsqueda de explicaciones y de villanos.

La última contribución proviene de Josh Bivens, del Economic Policy Institute, de tendencia izquierdista. Su estudio pregunta por qué la recuperación está llevando tanto tiempo. La respuesta, dice él, es que el gobierno no ha realizado suficientes gastos. Se necesitó (y se necesita) más bombeo. El déficit presupuestario federal debería haber sido (y debe ser) mayor. Comparados con los de otras recuperaciones, los gastos totales del gobierno en todos los niveles (local, estatal y federal) fueron más débiles. La ausencia de este estímulo extra retuvo la economía.

Ése es un análisis liberal de una recuperación lenta. Podría ser correcto. A principios de 2016, señala Bivens, los gastos gubernamentales per capita fueron un 3,5 por ciento inferiores a los del momento álgido de la Gran Recesión. En cambio, en un momento similar de la recuperación de la recesión 1981-82, los gastos gubernamentales per capita eran un 17 por ciento superiores. Si los gastos gubernamentales hubieran seguido el mismo camino, dice Bivens, hubieran sido 1 billón más altos en 2015, “lo que se traduciría en varios años de pleno empleo”.

GASTO PUBLICO

El gobierno federal es el que debe obtener crédito y gastar más, dice Bivens, porque se requiere que la mayoría de los estados y de las localidades balanceen sus propios presupuestos operativos. (Además, muchos estados y localidades no desean pedir préstamos, informa el Wall Street Journal. A pesar de las tasas de interés bajas, están disminuyendo los “gastos en carreteras y edificios que envejecen”, porque los contribuyentes se oponen a una deuda agregada).

Para comenzar, el argumento de que los considerables gastos del gobierno promovieron recuperaciones rápidas en el pasado podría estar al revés. La causalidad podría ser inversa: Las recuperaciones fuertes quizás elevaran los gastos, cuando las recaudaciones de impuestos subieron y el gobierno gastó los fondos que entraron.

Un gran misterio de nuestra época es por qué la recuperación económica ha sido tan lenta en Estados Unidos

Después, intentamos utilizar un generoso estímulo pero sólo tuvo un éxito parcial. Entre 2009 y 2012, los déficits presupuestarios federales -entre ellos los recortes fiscales y los aumentos de gastos- sumaron 5,1 billones de dólares. En una base anual, promediaron alrededor de un 8 por ciento de la economía (producto bruto interno). Es una cantidad enorme. Aún así, la recuperación fue tibia, y después de 2012, los déficits declinaron (en 2015, fueron de 439.000 millones de dólares o 2,4 por ciento del PBI).

La explicación muestra los límites de la política de estímulo. En general, la intención es que sean temporales. Protegen la economía mientras se adapta a diversas perturbaciones. Las empresas y los consumidores pagan las deudas excesivas. Se venden los excedentes de los inventarios. Los precios especulativos de las viviendas caen. En teoría, esos ajustes permiten que el sector privado reanude su papel como principal locomotora de la economía.

Lamentablemente, la locomotora está fallando. La economía no repuntó después de que se acabara el efecto del estímulo. ¿Qué aqueja al sector privado? ¿Podemos hacer algo al respecto? Esas son las preguntas esenciales.

En cuanto a la primera, hay abundantes teorías. Algunos economistas ven una gran ralentización en inventos tecnológicos (a pesar de Internet) cuyos efectos adversos quedaron disfrazados por el crédito fácil. Otra teoría es que los costos del estado de bienestar social y de las regulaciones se están sintiendo ahora; presuntamente, desalientan la toma de riesgos, las inversiones empresariales y el trabajo. Otra opinión es que la crisis financiera y la Gran Recesión asustaron de tal manera a los consumidores y las empresas que se ven renuentes a los gastos.

No está claro si podemos hacer algo con todo esto; pero debemos por lo menos tener los ojos abiertos ante el problema. Lo que es distintivo en la situación económica actual es que el problema es global. Casi todos los principales países sufren de un vigor económico reducido. Proveer de más estímulo podría parecer una respuesta. Pero quizás sea errada, si distrae del problema más importante de resucitar el sector privado.

Vale la pena recordar que China hizo esencialmente lo que los críticos norteamericanos sugieren que deberíamos haber hecho -y debemos hacer ahora-. China lanzó un enorme programa de estímulo en 2008 (mayor que el nuestro relativamente) de gastos en obras públicas e inversiones industriales. Eso protegió a China de lo peor de la crisis. Pero no resolvió los problemas económicos subyacentes de China, que ahora están peor.

¿Podría un sector privado revigorizado escapar una trampa similar? ¿O estamos destinados a déficits cada vez mayores? Esas son las preguntas que penden ominosamente sobre la campaña.

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