El ataque con piedras contra el vehículo en el que se trasladaba ayer el Presidente de la Nación no debería considerarse un hecho completamente aislado. Se produjo en un contexto de reiteradas y constantes amenazas que tendrían distinto origen y que no sólo han apuntado contra Mauricio Macri. Un clima enrarecido parece contaminar el escenario político e institucional.
En estas horas se ha sabido, por ejemplo, que un acto encabezado por el Presidente en el Centro Cultural Kirchner estuvo precedido por una amenaza transmitida a través del 911: “Si Macri va al centro de convenciones lo vamos a matar”. Eso obligó a reforzar todos los dispositivos de seguridad.
Esta semana se detuvo a una tercera persona aparentemente vinculada a una serie de amenazas e intimidaciones que también estaban dirigidas a Macri y a su familia. Fueron más de 10 mil llamados anónimos en los que se advertía sobre la supuesta colocación de bombas en el departamento de Avenida Libertador en el que vivía Macri hasta la mudanza a Olivos. Es una propiedad que ahora alquila el nuevo titular de la ex SIDE, Gustavo Arribas.
La ministra Patricia Bullrich reconoció que hay un pico de amenazas e intimidaciones y que el ministerio a su cargo las está investigando “con absoluta seriedad, sin minimizarlas en absoluto”.
Sin que haya una probada vinculación entre algunos de estos hechos, hay que recordar que también en la Provincia se han registrado intimidaciones extrañas y llamativas contra la gobernador María Eugenia Vidal y parte de su equipo. Hace sesenta días encontraron a dos policías revolviendo cajones y escritorios en el despacho de Vidal. Y veinte días después le “reventaron” la residencia oficial de la calle 54 al ministro Federico Salvai. No robaron nada pero dieron vuelta todo. Parecía un mensaje más que otra cosa.
No todos los hechos están orientados en la misma dirección. El fin de semana pasado se produjo una amenaza de bomba en un hotel de Mar del Plata donde desarrollaba una actividad Hebe de Bonafini. Y la ex presidenta Cristina Kirchner denunció haber recibido amenazas a través de notas manuscritas, papeles y anotaciones de contenido hostil. El Gobierno le solicitó esos elementos para profundizar la investigación.
Hace unos días fueron detenidos también dos jóvenes que habían utilizado las redes sociales para difundir supuestas amenazas terroristas. Dijeron que había sido “una broma”, pero el Gobierno les dio entidad porque se inscriben -como es obvio- en un clima de altísima vulnerabilidad internacional.
Los realineamientos de Argentina en materia de política exterior han derivado en alertas mayores sobre riesgo de atentados.
El Gobierno cree, además, que muchas intimidaciones podrían provenir de grupos ligados al narcotráfico.
En ese contexto, hay -además- expresiones políticas que contribuyen a crear un clima de hostilidad.
Bonafini, por caso, dijo haber brindado con Cristina Kirchner “para que Macri nos tenga miedo”. Y un día antes, el ex secretario Guillermo Moreno dijo que si la ministra Bullrich no esclarece el asalto a una oficina suya -por el que él responsabiliza “a la oligarquía”- “las organizaciones del pueblo sabemos lo que tenemos que hacer”.
Pueden ser todos hechos y dichos inconexos. Pero agregan dosis de violencia al escenario político.
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