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En el año 1993 el millonario John Gage, un hombre maduro, le ofreció al joven arquitecto David Murphy un millón de dólares a cambio de pasar la noche con la mujer de este, Diana, una agente inmobiliaria. Ocurría en el film “Una propuesta indecente”, de Adrian Lyne (director de otras películas provocativas para esa época, como “Atracción fatal” y “Nueve semanas y media”). Antes, en 1965, la directora francesa Agnes Varda contaba en su film “La felicidad”, la historia de François, carpintero de las afueras de París, casado con Teresa, de quien está muy enamorado y con quien tiene dos hijos hermosos. Viven una vida encantada hasta que aparece Emile, mujer de quien François se siente inmediatamente enamorado, aunque sin dejar de amar a su mujer. Tan natural le parece la posibilidad del doble amor, que no oculta su relación con Emile y aspira a convencer a ambas de que esa triple relación es posible y puede resultar feliz. La resolución del dilema moral será trágica.
Estas películas reflejaban el clima de la época en que fueron realizadas. La década de los 60 fue la de la liberación sexual, el amor libre, el cuestionamiento de antiguos mandatos (muchos de ellos represivos) y normas culturales, la rebelión contra modelos políticos anquilosados, la reformulación de la crianza de los hijos (el doctor Spock proponía criar sin limitar y sin prohibir). En ese contexto floreció el mayo de 1968 parisino con repercusión mundial y con consignas emblemáticas, como “la imaginación al poder” o “prohibido prohibir”.
La década de los 90 se inauguró bajo la batuta de un modelo económico, el neoliberalismo, que también se extendería por el planeta influyendo en las costumbres, los vínculos, las creencias y la política. Según su dogma si se permitía todo lo que pudiera hacerse con dinero (comprar, vender, especular, financiar, etcétera) y se abolían regulaciones molestas, sobre todo para quienes más tenían y podían, a la larga sobrevendría, por derrame, prosperidad para todos. A los rezagados (que eran la mayoría entonces como ahora) se les pedía paciencia y resignación, puesto que, según se proclamaba, era un modelo único, sin opción.
En “La felicidad se trasluce la aspiración a una libertad ilimitada, a vivir según manda el corazón y no la razón, a postergar la responsabilidad. En “Una propuesta indecente” se observa cómo el poder del dinero se eleva por sobre los valores morales, que todo se puede comprar si se tiene con qué y que las relaciones humanas podrían devenir en simples transacciones comerciales.
Porque vivimos en el siglo XXI y la pareja, el matrimonio o el nombre que se le dé a la relación afectiva con otra persona, no es una condena sino una elección. No debiera ser una cárcel con “permisos” de salida, sino un espacio de amor, responsabilidad, cooperación y compromiso.
DE LA TRAGEDIA A LA COMEDIA
Ambas películas tienen algo en común. Sugerían que el matrimonio, o las relaciones monógamas, son vínculos frágiles, cuya estabilidad es proclive a ser derribada por la menor “propuesta indecente” o por la ilusión de una “felicidad” que anida en otra parte. Desde ahí desafiaban al espectador a tomar el lugar de los protagonistas y a preguntarse (o decidir) qué haría ante la situación planteada. Lo retaba a repasar sus propios valores, a sincerarse en ese aspecto.
Cinco décadas después de “La felicidad” y dos décadas más tarde de “Una propuesta indecente”, hace pocas semanas se estrenó “Permitidos”, una comedia argentina dirigida por Ariel Winograd, quien antes había realizado, entre otras, “Mi primera boda”, “Vino para robar” y “Sin hijos”. Más allá de la reiterada aptitud del director para un tipo de comedia clásica “a la americana”, que no es común en el cine argentino, lo interesante de “Permitidos” es el revuelo que causó en los medios y en conversaciones de todo tipo. También en esas reacciones se trasluce el clima de los tiempos. Periódicamente, como para distraerse de temas omnipresentes como son (más allá de los gobiernos) la corrupción, la inflación, las crisis económicas, la precariedad laboral, la inseguridad, la crisis educativa, las tragedias viales y otros, una parte significativa de la sociedad encuentra puntos de fuga que, con significativa frecuencia, tienen que ver con las relaciones afectivas. Así, se ponen de moda el “poliamor”, la “pareja abierta”, la “amistad con derecho a roce”, etcétera. Son modas pasajeras, de vuelo corto, más ruido que nueces, y desaparecen para dar paso a la siguiente “tendencia” y a sus diletantes teorías.
Lo interesante de estos fenómenos es su condición de síntoma. Detrás de esta reiteración parece haber un persistente malestar amoroso. Una imposibilidad, o incapacidad, de arraigar los vínculos sentimentales en un terreno fértil. Un “permitido” es eso, un permiso que la pareja acuerda para que cada uno de sus miembros imagine (si es que no lo tenía elegido ya) y mantenga una relación efímera, fugaz y no comprometida con otra persona (en el caso de la película un famoso). Y al son del éxito del film se instala una suerte de juego social en oficinas, reuniones, redes sociales y demás, juego que se basa en una pregunta: ¿cuál sería tu “permitido”?
Lo cierto es que las parejas que invierten sus energías y recursos materiales y emocionales en proyectos trascendentes, que tratan de resolver los temas que la vida en común les plantea, que van construyendo confianza a través de actitudes, que crean espacios de cooperación para el desarrollo conjunto y para el crecimiento individual de cada miembro, que se entregan al mutuo descubrimiento, conocimiento y reconocimiento, que se comprometen en la diaria labor de la construcción amorosa (porque el amor se construye, no es magia), no suelen tener tiempo cronológico, mental ni emocional para dedicarle a este tipo de “permisos”.
RELACIONES LIQUIDAS
“Permitidos”, queda dicho, es una comedia. Es liviana (o “light”, para no traicionar el lenguaje de la época), como no lo eran “La felicidad” o “Una propuesta indecente”, más allá de los méritos artísticos de cada una. Y en eso también parece ser testimonial. Refleja un tiempo de vínculos superficiales, en los que compromiso, responsabilidad, construcción, tiempo, permanencia, proyección o trascendencia suenan como pesadas cargas que pocos están dispuestos a asumir. Y hay que reiterar que la película no es el origen de esto, sino un oportuno y hasta inteligente documento de la realidad. Remite a la fugacidad, la superficialidad, la transitoriedad de las relaciones interpersonales, eso que Zygmunt Bauman, sociólogo polaco radicado en Inglaterra, describió, desmenuzó y bautizó en su ya clásico ensayo “El amor líquido” y en otros de sus esenciales trabajos.
La pantalla del cine es solo un espejo. Lo que de veras cuenta es aquello desde donde se proyecta lo que el espejo toma. La realidad, la sociedad en la cual se impone la tendencia de mirar más hacia afuera que hacia el interior de la propia pareja, en donde la atención y la energía emocional se distraen en la vivencia de una infidelidad que no se atreve a decir su nombre y no se invierte en la profundización del vínculo con la persona con la cual cada quien eligió estar. Porque vivimos en el siglo XXI y la pareja, el matrimonio o el nombre que se le dé a la relación afectiva con otra persona, no es una condena sino una elección. No debiera ser una cárcel con “permisos” de salida, sino un espacio de amor, responsabilidad, cooperación y compromiso.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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