Las gradas explotan. No hay lugar ni en los pasillos, donde se sientan quienes compraron tickets evidentemente sobrevendidos, colados y curiosos que trabajan dentro del predio pero quieren ver al fenómeno: porque esta noche nada Phelps.
Así fue cada evento en el que nadó el olimpista más condecorado de la historia en Río: un festival tan atronador que aturdía. Primero fue simplemente acercarse a ver a una leyenda. Pero, a medida que avanzaba la competencia, una electricidad se apoderó del aire. Crecía la conciencia de que se vivía algo histórico en el Estadio Acuático.
En primera instancia, claro, porque cada vez que Phelps se tiraba a la piscina, era “su última vez”: sus últimos 200 combinados, sus últimos 100 mariposa, su última posta. Pero, además, porque lejos de venir a pasear, a Río llegó el mejor Phelps en ocho años. Quizás no dominara como en otros años, y sin dudas es ya incapaz de nadar más rápido que nunca mientras compite en ocho eventos a la vez: pero el mismo magnetismo que genera en los espectadores, lo provocó en sus rivales, todos abrumados por el “Tiburón”.
Difícil pensar que haya otro igual: así como su cuerpo parece hecho para un planeta completamente acuático, sus números también son extraterrestres. Después de todo, la mitad de los países del mundo han ganado menos medallas doradas que él.
SUSCRIBITE a esta promo especial