Vive en el Oeste de La Plata, allá por el barrio San Carlos y cada tanto se dirige con su Focus a la otra punta de la ciudad, al oriente dibujado por el barrio Hipódromo. “Allí pude encontrar el único bar de toda la región en donde se permite fumar…”, explica, para darle sentido a esa migración de más de cuarenta cuadras. De inmediato pide que no se transcriba la dirección exacta del lugar “para que no lo clausuren…”. También admite que se priva de tomar vino en el bar por temor a que, después, lo intercepte un control policial de alcoholemia… Los días del poeta Néstor Mux (71) transcurren con sencillez, pero de pronto enfrenta complicaciones.
Enviudó hace poco. Tiene tres hijos –Julieta, Juan Pedro, Griselda- ya independizados. “Vivo con mi gato Rosito. Tengo una buena relación con Rosito”, afirma este hombre que carece casi completamente de vida literaria y social.
La soledad elegida, que a veces enturbia los ojos, no impide que en estas horas su obra poética, tan extensa como valiosa, se encuentre bajo investigación académica en el centro de teoría literaria de la facultad de Humanidades de la UNLP. La profesora Eugenia Stracalli estudia su obra y compondrá un trabajo. Muchas antologías lo definen como uno de los principales poetas. Mientras corren los días, Mux sólo se comunica un poco con sus colegas: “hablo con Ballina, con Oteriño, con Pallaoro y algunos más”.
La soledad elegida, que a veces enturbia los ojos, no impide que en estas horas su obra poética, tan extensa como valiosa, se encuentre bajo investigación académica en el centro de teoría literaria de la facultad de Humanidades de la UNLP
Está solo y al ser interrogado se toma unos segundos y define: “Es bravo…Con la viudez…estoy en la pura ausencia…No siento dolor sino un infinito vacío, que es diferente al dolor”. Todo poeta ve en la mujer no sólo a una persona sino a un valor, seguramente al valor más sublime de la vida. Si se prueba con preguntarle a Mux, a ver qué piensa de esa mujer emblemática, fuma, medita su bocanada y dice: “La mujer es la que te avisa dónde está el precipicio…¿Te parece poco?”. Los varones suelen no ver nada, agrega. “La mujer te advierte y no le erra nunca”. No habla de belleza, sino de verdad en la mujer.
Allá en el Oeste de La Plata, calladamente, el fuego de la poesía sigue ardiendo. Sin desafiar a nadie, pero sin rendirse, el poeta mira la vida y no le importa demasiado no entender ya muchas cosas. “Me impresiona la cantidad de temas que la gente consume como si fueran el centro del universo y que, después, al día siguiente, ya no existen más. La operación de glúteos de una vedette puede generar debates multitudinarios…A veces veo esos debates, porque en el fondo tienen mucho humor y el humor es lindo”.
LAS PALABRAS
A pesar de que hizo mucho más, de que crió con esfuerzo a una familia, que trabajó en varios lados y se jubiló como empleado en la prensa municipal, Mux asegura que “en la vida yo no hice más que publicar versos”.
Tiene once libros editados desde 1965, cantidad de premios y de críticas elogiosas. Trabajó y sigue trabajando con palabras. Palabras…”Mi Petit Larousse consigna 90 mil palabras y andando por la calle, al fin del día, uno sólo puede escuchar con suerte unas cinco…: loco, boludo, es como que…o fulano me contiene…o sea…nada…Y pese a este panorama, uno se esfuerza en trabajar y pelear con la lengua…De todas maneras, de ahí que a veces me venga la sensación de ser y estar más idiota que de costumbre…”
¿Qué pasa en la actualidad con la poesía, con esa desaparecida? “Siempre sentí a la poesía como una forma de resistencia. Pero no estoy seguro de ser poeta, sólo sé que escribo versos y nunca pude hacer otra cosa”.
Cómo es el acto creativo del poeta o el artista. Dice que podría describirlo así: “primero sospecho una imagen, un instante del mundo. Lo pongo en foco, lentamente y es como una fotografía. Después viene tachar, tachar todas las palabras que están de más. Ultimamente estoy tachando tanto que, por desdicha, no me queda nada”.
A un lado la cocina, separada del resto de la casa por un mostrador. Luego la mesa comedor como una isla en el centro. A un lado la biblioteca de puertas de vidrio y enfrente, en la mesita un teléfono y el televisor.
Allí, por las tardes-noches de San Carlos, dice que cualquiera puede ver la transmisión de un festival de rock: “Anoche un noticiero de TV anunciaba las 60 mil entradas agotadas de unos rockeros. Curioso el nivel de la estupidez. La obligatoriedad del disfraz no se explica. Los músicos en calzoncillos y el que vociferaba ante el micrófono de sombrero, bufanda, sobretodo y lentes de sol”.
Apenas si recuerda los nombres de los grandes escritores que le escribieron en la vida, para felicitarlo por sus libros. No los da. Está claro que le da pudor. Prefiere mencionar a los críticos literarios más contemporáneos, a los que pudo conocer y recuerda con afecto: “Núñez West, Javier Adúriz, Antonio Requeni, Alejandro Fontenla, Guillermo Pillia, Marcelo Vernet, Carlos Fragueiro, Gabriel Báñez…”.
En la biblioteca se ven los coloridos lomos de los libros que escribió. Rara vez, dice volvió a leer sus poemas. No le llaman la atención. “Prefiero volver a poemas de colegas amigos…Esas páginas que me hubiera gustado a mi ser su hacedor”. Y ejemplifica: “Mi hija se viste y sale”, de Joaquín Giannuzzi; “Ultimos diálogos en la buhardilla”, de Osvaldo Ballina o “La fotografía” de Rafael Oteriño. Dice que tiene dos maestros: Horacio Nuñez West y Roberto Themis Speroni.
“Jamás usé celular ni computadoras. Borroneo los papeles con una lapicera. No es mucho pedir que a uno lo dejen bailar con su propia música y a su propio ritmo”
Es preferible equivocarse por cuenta de uno a que le indiquen a uno que hacer. Asegura que esa consigna es la que ejercitó desde joven. Ahora el poeta se encuentra rodeado por un mundo tecnológico, por un progreso que no cesa de demandar. El hombre no denuncia a ese mundo pero le opone resistencia: “Jamás usé celular ni computadoras. Borroneo los papeles con una lapicera. No es mucho pedir que a uno lo dejen bailar con su propia música y a su propio ritmo”.
No pretende cambiar el mundo. Se conforma con que el mundo no lo cambie a él. Mantiene sus ritos. Hace años en una entrevista que se le hizo, cuando vivía al Sur de La Plata, justo en la frontera donde se juntan las últimas casas y la llanura que viaja hasta Magdalena, pidió ser entrevistado frente al sauce de su casa. Dijo entonces: “Estoy más orgulloso de mi sauce, que yo planté, que de toda mi biblioteca”. Ahora, en su hogar del barrio de San Carlos, pidió ser fotografiado junto al ficus de su jardín. “Tengo un Focus y un Ficus…”, dice.
También recordó cuando tenía trece años y estaba en primer año del Colegio Nacional. De ese tiempo rescata una clase de gramática, a cargo de la profesora Tegiachi. “Ella escribió no una oración, sino cinco líneas de un poema. Eran unas líneas de Borges, escritor al que yo no conocía. Había que encontrar el sujeto y el predicado. Esos versos empezaban así: “Con la tarde se cansan los dos o tres colores del patio…”. Tanto me impresionaron que los aprendí de memoria. Y recuerdo que pensé en ese momento: yo quiero dedicarme a esto, nunca podré dedicarme a otra cosa. Y desde entonces, lo único que pude hacer fue la poesía”.
LOS TITULOS, LOS VERSOS
En 1965 publicó “La patria y el invierno”; le siguieron “Nosotros en la tierra” (1968); “Cartas íntimas para todos” (1974); “Como quiera que sea” (1978); “Perros atados” (1982); “Poemas” (1985); “Poesía reunida –que incluye un libro inédito, Cosas que nos rodean” (2000); “Papeles a consideración” (2004) y “Disculpas del irascible” (2009).
Qué se puede decir en un poema dedicado a cualquier hijo de la tierra. A lo mejor Mux nos ayuda con “La Lámpara”, escrito hace treinta años: “Al salir el muchacho/ dejó la lámpara encendida./ Sobre el escritorio quedaron/ cálculos de matemáticas/ una revista de rock/ y un nombre de mujer que se reitera/ embelleciendo los papeles./ Es posible que ande recorriendo/ o buscando mundo./ Es posible que/ junto a otros desocupados/ solamente esté parado en una esquina./ Necesito creer/ que la luz de su lámpara/ lo alcance, lo acompañe y lo alumbre”.
Los trabajos del poeta. Así los cuenta en “Grafiti tardío en el parabrisas”: “La vieja inclinación a desentrañar/ las cosas del espíritu/ entorpeció la posibilidad/ de juntar riquezas./ Pero ella escribe/ te amo y sus iniciales/ en el vidrio del automóvil/ como si aún tuviera/ toda la juventud a su disposición,/ para que yo revise/ la abundancia de mis bienes”.
Se acerca el final. Ofrece otro café. “Tantas cosas no existen…”, dice en alusión a los hechos y a las famas que son efímeros. Parece sorprenderse todo el tiempo como un niño cuando advierte que mucha gente pugna por ser recordada, por no desaparecer. “El olvido nos traga a todos”, dice sin rencor, como si fuera un simple relator de lo real. Vuelve a decir que seguirá tachando, pero en realidad los días del poeta son para escribir. Y en su casa del barrio San Carlos, el poeta Mux, empecinado, resistente, escribe más de lo que tacha.
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