Por FACUNDO BAÑEZ
Y un día volvimos a festejar con rabia y pasión. Pudo ser una humilde y módica revancha deportiva. Pequeña, diminuta si acaso se la compara con las conquistas que ostentan aquellas potencias que lideran estos juegos olímpicos y suman sus medallas de a docenas. Una revancha, por qué no, nacida de la necesidad casi imperiosa de festejar algo, alguito, ante tantas finales perdidas en el juego del que todos opinamos y sabemos más que nadie. Porque como en el juego del que más opinamos y sabemos más que nadie las alegrías nos vienen siendo esquivas -la última hay que buscarla en aquella semifinal ganada por penales frente Holanda-, entonces sacamos a relucir lo mejor de nosotros y mostramos nuestra versatilidad para hacernos expertos y pasionales en otras disciplinas y horizontes deportivos.
Podemos opinar de judo y hasta de arquería o de salto con garrocha. Compartimos información tan auténtica como inútil sobre los cien metros estilo mariposa o cuestionamos a un jugador de vóley por no saltar con decisión o técnica sobre la red. Podemos eso y mucho más, pero ayer -casi casi como si fuese un Mundial- nos volvimos a sentar todos juntos frente a la tele para alentar a nuestros compatriotas y sentir, aunque más no sea por un rato, que Dios puede mirar una y otra vez para otro lado pero sigue pese a todo siendo siempre argentino.
Poco importa que el basquet, el vóley, el hockey o el tenis no sean pasión de multitudes. Poco importa porque ayer lo fueron. Lo fueron ante cada tapada o encestada de nuestros basquetbolistas o en cada punto que le metimos -si, en plural- al genial y casi invencible Rafa Nadal.
Si hubiese sido un día de semana las oficinas se habrían detenido sólo para mirar nuestras hazañas en celeste y blanco. Primero ellas, Las Leonas, que le metieron cinco a la India para seguir en carrera, y luego ellos, los del vóley frente a los cubanos y, apenas un rato después, los del básquet y el gigante del tenis, en un espectáculo en simultáneo que obligó a la pantalla dividida y al corazón y a las emociones en estéreo.
Y sí, qué tanto. Volvimos a festejar y a sentir lo que más genuinamente sentimos: que somos los mejores. O casi, pero no importa. “¿A quién corno se le ocurre llamarme ahora? -se quejaba uno cuando le sonaba el celular en pleno suplementario del básquet, tie break del tenis y primer tiempo de Estudiantes ante Los Andes-, ¿no se da cuenta que no puedo con todo? Estoy con el basquet, con Delpo, con el Pincha... ¿cómo corno hago?”.
Volvimos a ponernos nerviosos, a comentar jugadas como si supiésemos de aces y reveses de toda la vida y hasta a recurrir a algunas cábalas que teníamos guardadas para ver si podíamos mufar un poco a nuestros rivales. “¿No te dije que tenía que darle de derecha?”, se ufanaba uno en medio de un grupo que no le perdía pisada a la selección de básquet pero tampoco dejaba de mirar a Del Potro. “Este partido está perdido”, se lamentaba otro un segundo antes del triplazo de Nocioni para luego agregar como buen y sincero argento: “Ya está, ahora que lo empatamos este partido está ganado”. Volvimos a celebrar y a panquequear como sabios druidas de todos los deportes. Volvimos. Un día cualquiera y a pantalla y cuore divididos. Volvimos. Como Messi, nuestro Messi, que al igual que Pichuco nunca se fue sino que siempre, siempre estaba volviendo.
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