Esta nueva conmemoración de la figura del Libertador en la fecha de su fallecimiento y en el año en que celebramos el Bicentenario de la Declaración de la Independencia, es ocasión propicia para recordar el estrecho vínculo entre San Martín y el Congreso que la proclamó. Oportuno es señalar que aquélla era un objetivo largamente perseguido, al menos desde que quedó establecido como tal por la esclarecida conciencia revolucionaria de Bernardo de Monteagudo y su Sociedad Patriótica en 1812, época en la que confluye en su activismo con la Logia Lautaro liderada por San Martín y Alvear. Distintas circunstancias fueron postergando la decisión final emancipatoria y, si bien el propio Alvear consiguió hacerse del poder ni bien se instaló la Asamblea en 1813, lo cual reforzó con su acceso al Directorio a comienzos de 1815, y se adelantaron numerosos pasos en las miras independentistas, que llevaron a muchos autores a hablar de una independencia material o en los hechos antes de Tucumán, lo cierto es que el objetivo supremo seguía sin formalizarse de manera solemne.
La gobernación cuyana estaba en manos de San Martín desde septiembre de 1814, quien se había mantenido alejado de la política de la facción alvearista y, en cambio, continuaba firme sostenedor del ideal lautarino de la independencia nacional. Era, además, de los más exigentes en cuanto a la premura con que debía adoptarse la decisión (“¡Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia!”), lo cual se explicaba, entre otros factores de primordial índole, por el hecho de estar planificando su expedición trasandina, la necesidad de dejar de combatir como fuerzas insurgentes y, antes bien, hacerlo en nombre de un estado libre y soberano.
Urgía dictar ese acto final e irrevocable que disolviera, definitivamente, los ligámenes con el monarca repuesto en su trono tras la caída de Bonaparte.
Además, comprendía con clarividencia un aspecto central de la cuestión, cual era el referido a la soberanía política, inextricablemente unido al anterior. Así lo expresaba en carta a Godoy Cruz: “si esa declaración no se hace el congreso es nulo en todas sus partes porque reasumiendo éste la Soberanía es una usurpación que se hace al que se cree verdadero es decir a Fernandito [Fernando VII]”.
El razonamiento del futuro Libertador era sencillo pero claro y eficaz: según éste, si la corporación de diputados no procedía a emitir la declaración emancipatoria pero mantenía su calidad de soberana como representante de los pueblos rioplatenses, entraba en contradicción con la circunstancia de seguir reconociendo implícitamente –por omisión o tardanza- la soberanía en Fernando VII. Por ello urgía dictar ese acto final e irrevocable que disolviera, definitivamente, los ligámenes con el monarca repuesto en su trono tras la caída de Bonaparte.
Resulta ilustrativo de ese afán por impulsar la concreción del Congreso el requerimiento cursado por el entonces gobernador cuyano al cabildo de la ciudad de Mendoza para proceder a la elección de los representantes de la provincia a aquél órgano: San Martín ofició a los capitulares un día jueves (19 de octubre de 1815) manifestándoles que esperaba se verifique la elección el próximo día sábado.
Esa decidida política sanmartiniana en pos de la emancipación nacional, que le hizo decir a Mitre que, junto a Belgrano, conformaron “las dos robustas columnas en que se apoyó el Congreso”, tuvo como uno de sus principales voceros al diputado por Mendoza Tomás Godoy Cruz, dirigente notable de esa generación e injustamente olvidado por parte de los estudios historiográficos nacionales modernos.
Esa decidida política sanmartiniana en pos de la emancipación nacional, le hizo decir a Mitre que, junto a Belgrano, conformaron “las dos robustas columnas en que se apoyó el Congreso”
Quien fuera señalado como uno de los principales colaboradores civiles en la empresa libertadora (entre otros gestos, había cedido una casa para establecer una fábrica de pólvora para el abastecimiento de la expedición), no había llegado a culminar con el doctorado los estudios superiores en la Universidad de San Felipe de la capital chilena obteniendo, empero, sendos títulos de bachiller, en filosofía y, luego, en cánones y leyes; fue, en cambio, comerciante renombrado y funcionario del municipio mendocino (síndico procurador) y, años más tarde, gobernador de Mendoza.
Su hora de gloria, sin embargo, le llegaría al ser elegido diputado por su provincia al Congreso de Tucumán, representación que compartió con el doctor Juan Antonio Maza, función en la cual impulsaron y urgieron a sus colegas a tomar la decisión emancipatoria de conformidad con las ideas del gobernador San Martín “oráculo de los diputados de Cuyo”, según otro de los afamados dictámenes de Mitre. Ambos aparecen suscribiendo el acta del 9 de julio de 1816.
*Profesor Regular Ordinario Adjunto de Historia Constitucional de la UNLP.
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