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Entre medallas, política y doping

Entre medallas, política y doping

Por Redacción

Por EZEQUIEL FERNANDEZ MOORE

El sábado de gloria que hizo recordar al doble oro de Atenas 2004 ya es pasado. Juan Martín del Potro no pudo contra Andy Murray. Y a la Generación Dorada le toca hoy el Dream Team. Pero es imposible borrar el último sábado de nuestra memoria olímpica. “Esto –dijo Gonzalo Bonadeo en un momento de su formidable relato por TyC Sports- pasa cuando tenés deportistas como Manu de un lado y Delpo de otro”. Manu Ginóbili acababa de ofrecer un lujo en el grandioso triunfo de la Generación Dorada 111-107 contra Brasil en su casa. Pero Bonadeo no tenía tiempo para repetir la jugada. Debía volver rápido al tenis porque allí estaba Delpo cerca de consumar una nueva hazaña contra Rafael Nadal. Unos días atrás, Manu y algunos de sus compañeros esperaron a Delpo hasta las dos de la madrugada en la Villa Olímpica para felicitarlo tras la victoria ante Novak Djokovic. El sábado celebraron casi juntos. La Generación Dorada, cada vez que juega, parece ir escribiendo la historia del deporte argentino. Manu y los suyos –cómo no citar también lo que hicieron Chapu Nocioni y Facundo Campazzo contra Brasil- juegan y escriben un capítulo nuevo. Escriben y juegan. Y Delpo también. Es doble medallista argentino. Y, más importante aún, volvió al tenis.

Nuestro deporte no figura en lo alto de ningún medallero general de Juegos Olímpicos. Fenómenos como Michael Phelps o Usaín Bolt son de otro planeta. Hay poco y nada para mostrar en atletismo y natación. Estados Unidos, China y otros compiten en otra Liga. Pero Argentina también tiene deporte, está claro. Y tiene deportistas que saben competir bajo presión. Lo hizo la Generación Dorada ganándole a Brasil en su casa (¿podrá repetir el vóleibol?). Y lo hizo Delpo cuando casi todo Brasil alentó siempre a sus rivales de turno. Hubo temperamento, es cierto. Pero ante todo hubo lucidez. Ginóbili, por ejemplo, no tuvo un gran partido contra Brasil. Se veía en su rostro la frustración por tanto tiro libre fallado. Pero sí tuvo la frialdad necesaria para robar una pelota decisiva que aseguró el triunfo. Y Del Potro fue emoción pura. Pero frialdad notable para los momentos decisivos. Concentración absoluta antes de saques importantes, especialmente en tie break. Ambos caminaron por la cornisa. Y, cuando ganaron, no fue sólo porque pusieron “huevos” (que los pusieron, claro). Y tampoco fue sólo por la calidad (descontada, claro). Ganaron porque ambos tuvieron ante todo frialdad para mantener la cabeza lúcida. Para jugar el juego que querían jugar.

Río 2016 son los Juegos acaso más caóticos de la historia. En pleno torneo, aunque la noticia haya pasado casi desapercibida, el gobierno interino del país anfitrión dio un empujón decisivo a la presidenta que había sido elegida meses antes con 54 millones de votos. Sucedió en plena madrugada. Legisladores, muchos de ellos bajo procesos judiciales diversos, votaron el derrumbe de una mujer que, en medio de tanto escándalo de corrupción, no es acusada de haberse quedado con un peso de nadie. “Golpe light”, “Golpe frío” o “Golpe parlamentario”. Fue un triunfo para el presidente interino Michel Temer, que evalúa si asistir o no a la fiesta de clausura porque quiere evitar los silbidos que ya sufrió en la apertura. Un juez determinó que cualquier ciudadano brasileño es libre de manifestarse políticamente y autorizó carteles dentro de los estadios olímpicos que digan, por ejemplo, “Fora Temer”. La censura y represión policial a cualquier manifestación es inmediata. Lo grafica una broma que circula por la web: el juez de línea de un partido de tenis grita “¡Fora!” apenas ve que la bola pica afuera de las líneas reglamentarias. Al segundo aparecen dos policías, que le colocan una mordaza y se lo llevan preso. La madrugada del voto contra Dilma Rousseff hubo protestas populares en dieciséis estados de Brasil. Casi no aparecieron en los medios. Los titulares fueron reservados a las competencias olímpicas. Si faltaba algo, ayer murió Joao Havelange, el hombre al que habíamos recordado el martes pasado. El que había invitado a votar por Río para celebrar juntos su cumpleaños número cien. No fue cumpleaños. Será funeral.

Así como un juez rechazó la prohibición a exhibir carteles que digan “Fora Temer”, otro prohibió a la alcaldía de Río de Janeiro a realizar cambios presupuestarios para los Juegos, que precisan nuevas inyecciones de dinero. El Comité Olímpico Internacional (COI) ya debió girar dineros extras al Comité Organizador de Río. Tendrá que seguir haciéndolo. Además, la fiesta olímpica, para lamento de Brasil, transcurre con la peor performance de un país anfitrión desde los Juegos de México 68, los únicos que se habían disputado antes en Latinoamérica. Y la única medalla dorada que hasta ayer había ganado Brasil correspondió a una judoca de Ciudad de Dios que, para desgracia del presidente interino Temer, había apoyado públicamente en plena campaña la reelección de Rousseff. Cuando ganó, la judoca, Rafaela Silva, recordó que, cuando había sido derrotada en los Juegos anteriores de Londres, la trataron despectivamente de “macaca” (mona). Más dura fue aún la nadadora Joanna Machado, otra deportista que también había apoyado a Rousseff y era conocida porque, tiempo atrás, denunció abuso sexual. Perdió en Río y fue maltratada en las redes.

Argentina también tiene deporte, está claro. Y tiene deportistas que saben competir bajo presión. Lo hizo la Generación Dorada ganándole al local y lo hizo Delpo cuando casi todo Brasil alentó siempre a sus rivales de turno

Argentina, Brasil, internas políticas y racismo al margen, los Juegos de Río, aún en medio de su caos, celebraron el fenómeno Phelps. ¿Cómo no emocionarse con Phelps aún con la derrota? ¿Con su abrazo fraternal a Joseph Schooling, el nadador de Singapur de 21 años que, cuando tenía 13, se tomó una foto con su ídolo? También Katie Ledecky, otro fenómeno de la natación de Estados Unidos que asombró en Río, tiene su foto de niña con Phelps. Y lo mismo Daiya Seto, la japonesa de 22 años que ganó bronce en 400 medley. Phelps nadó con una generación que, TV globalizada mediante, creció admirándolo en todo el mundo. Schooling le quitó el que hubiese sido su oro número 23. Pero ganó el primer oro en la historia de Singapur. Phelps es consciente de ese legado. En todos sus Juegos anteriores, siempre se focalizó en sus competencias. Ni siquiera iba a las ceremonias inaugurales. Ahora se declaró orgulloso de haber sido el abanderado en Río. Antes se enchufaba los auriculares y caminaba sin ver al resto. Cuentan que, apenas antes del inicio de los Juegos de Río, se cruzó con Djokovic en la Villa Olímpica. Y que él, máximo medallista en la historia de los Juegos, se dirigió a Nole y le pidió si podía tomarse una foto con él.

De lo que Phelps no pudo escapar fue del clima de Guerra Fría que sigue dominando a los Juegos. Dijo, días atrás, que una nadadora como la rusa Yulia Efimova, que dio doping dos veces, pero fue autorizada a competir, no debería estar en Río. Se sumó a otros colegas y al clamor de buena parte de la prensa. El sábado, The New York Times publicó un extenso informe sobre el “doping de Estado” antes en la vieja URSS y ahora en Rusia. Es la misma acusación que, en el atletismo que comenzó esta segunda semana, dejó afuera de los Juegos al equipo de Rusia. Ni Phelps ni nadie, eso sí, pidieron que también fuera prohibido de competir en Río un velocista notable como Justin Gatlin. El atleta estadounidense llegó a Río como principal aspirante a quitarle a Bolt el oro olímpico en los cien metros. Gatlin también dio dos veces doping. Pero se declaró “arrepentido” y delató a cambio de que se le permitiera volver a las pistas. Hoy, con 33 años, corre más rápido que cuando tenía 25. No pudo con Bolt, el atleta ideal. Y que gana en un escenario que, pese a todo, conserva una placa que dice “Estadio Joao Havelange”.

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