Decir que los alumnos se convierten en rehenes del conflicto gremial de los docentes es, a esta altura, un lugar común. Pero no por eso es menos cierto.
La semana pasada, tres millones de alumnos bonaerenses se quedaron un día sin clases por una huelga de maestros. Volverá a ocurrir la próxima semana y probablemente la que sigue. Como ha ocurrido ya otras veces, el conflicto se perfila prolongado, y los paros podrían sumarse en perjuicio de los chicos.
Lo lamentable es que, de esta forma, se perjudica a los alumnos pero también a la institución de la escuela pública. Es conocida la tendencia de los últimos años: crece la matrícula en los colegios privados y disminuye en los del Estado. La frecuencia de los paros es una de las principales explicaciones de ese fenómeno.
Los padres ya viven esta situación con resignación. A la preocupación por lo que esto significa para la educación de sus hijos, se agrega -aunque no sea lo más importante- el descalabro que provoca en la organización familiar la suspensión de clases.
Este año se había celebrado como un gran logro que las clases empezaran en tiempo y forma en la Provincia. Fue importante, pero duró muy poco.
Como siempre, hay razones atendibles que explican el conflicto. Lo que nunca se termina de entender es por qué el costo lo tienen que pagar los chicos.
SUSCRIBITE a esta promo especial