Por
JULIA VARELA
Pajarito. Cachucha. Pitulín. Cotorra. La historia de la cigüeña y “que de esas cosas mejor se encarguen otros”. Hablar de sexo o, mejor dicho, de sexualidad con los hijos es una tarea difícil. Los padres no saben qué decir, les da vergüenza o piensan que de esos temas es mejor, por ahora, no hablar. Otros creen que no es necesario: los chicos son chicos y no tienen por qué saber de cosas de grandes.
Cuando Romina era chica, la mamá le leyó dos libros. No se acuerda con detalle de ese día pero con los años pudo darse cuenta de que eran los míticos Qué me está pasando y ¿De dónde venimos?, los libros de Peter Mayle que se editaron en 1977 y que para muchos padres fueron una revolución editorial que los ayudó a hablar de cosas difíciles. “Había unos monigotes de niños y niñas que decían que los varones tienen pene y las nenas, vagina, y contaban cómo era que cambiaban los cuerpos”, recuerda.
Cuando su mamá se encerró con ella en la pieza, tenía 9 años y se acuerda que la charla tuvo carácter de ritual: solas, en la cama grande, le leyó los libros. Hablar de sexo marcaba un antes y un después: ya era grande y había pasado la barrera. Era momento de que se enterara de esas cosas.
“¿Sus mamás ya les contaron? La mía me dijo que ahora iba a empezar a usar corpiño”, les dijo Romina a sus compañeras de la escuela, al día siguiente. Estaba emocionada. Ahora, con casi 30, cree que si algún día tiene hijos, la sexualidad, el placer y los cambios en el cuerpo van a charlarse como algo frecuente y natural.
“No me acuerdo hablar de sexo con mis padres. Yo hablaba en la escuela, con mis amigas, cuando charlábamos sobre las salidas en el fin de semana, los primeros besos y las primeras veces de sexo. Los miedos y las maneras de cuidarnos las fuimos descubriendo entre nosotras”, se acuerda.
Romina también se acuerda que una vez la madre la llevó a la ginecóloga. “La doctora me contó cómo era mi ciclo menstrual y me recetó mis primeras pastillas anticonceptivas”, recuerda.
Cuando su prima conoció al novio, las cosas pasaron como si nada. Pero a los seis meses de empezar a salir empezó a tener náuseas y a sentirse descompuesta. Tenía 18 años y estaba embarazada de tres meses y medio. “Cuando fui haciéndome grande me di cuenta de que estaba bastante informada en comparación con otras chicas. Tuve amigas que nunca habían hablado ni siquiera de la menstruación con alguien, que creían que llegar vírgenes al matrimonio era común y que debían canalizar las ganas haciendo otras cosas”, cuenta Romina.
Libros o Internet: ayuditas para las charlas
“¿Te imaginás a quién le darías tu primer beso? ¿Cómo sería? ¡Tengo pelos en las axilas y en las piernas! ¡Me estoy convirtiendo en un monstruo!”, dice una niña de pelo naranja y cara de monigote. Preguntale a Lara es un programa de PakaPaka de un grupo de amigos que se van de intercambio a otro país y les empiezan a pasar cosas de preadolescentes.
Mientras están en un campamento una de las chicas descubre que le salieron los primeros pelos en las axilas. En el capítulo de la pileta, el grupo de amigos fantasea con su primer beso: “¿Te imaginás cómo sería? ¡Yo tengo un lápiz de labio que multiplica los besos por 40!”, dice uno de los chicos. Una tarde Lara, la protagonista, está corriendo una maratón y empiezan a dolerle las tetas. Entonces las amigas se organizan y la llevan a comprarse su primer corpiño. Preguntale a Lara fue un programa de televisión que estuvo al aire durante 2013 y 2014 y ahora está cargado en Youtube.
Patricia tiene dos hijas de 8 y 10 años y las dos van a escuelas públicas. “A mí me sirvió empezar a hablarles desde chiquitas. Está bueno responderles lo que ellas van preguntando con la verdad y con respuestas acordes a su edad”, reflexiona.
Preguntale a Lara era el programa que miraban las hijas de Patricia. “Y como la protagonista planteaba algunas preguntas a modo de encuesta a la audiencia, eso daba pie a algunas charlas en casa”. Pensar la sexualidad como algo natural hace más sencillo abordar todos los temas. “No tiene sentido ponerle nombres inventados a las partes del cuerpo o a situaciones. Una madre de la escuela le contó a su hijo que los bebés nacían por el ombligo. Ahora ella está embarazada de su segundo hijo y, para poder contarle la verdad al hermano, tuvo que desarmar toda la mentira que le había contado al principio”, cuenta y se ríe.
Patricia tiene 41 años y asegura que, cuando era chica, nunca habló con ningún familiar sobre su sexualidad. “La primera charla fue en la escuela, cuando fueron las marcas de toallitas a promocionar sus productos y nos pasaban alguna película”, recuerda.
Ahora todos los medios están sexualizados y hay que tener cuidado con eso: controlar que lo que consumen los chicos sea acorde con su edad. “Desde chicas las nenas miran videos de Youtubers o cosas por el estilo y enseguida hacen poses y repiten frases que no terminan de tener en claro qué significan”, sostiene Patricia.
“¿Qué es esto?” y “Mi familia es de otro mundo” son dos libros que Cecilia Blanco editó en los últimos años junto al ilustrador Daniel Löwy en Ediciones Uranito. Para ellos, un niño informado es un niño libre, más seguro y con menos temores. Entonces pensaron libros que abren interrogantes de la vida cotidiana de los chicos.
En el primero tratan de explicar la sexualidad hablando no sólo de los cambios biológicos en cada cuerpo: los autores se meten con el cuidado del cuerpo, las relaciones sexuales, la concepción y los métodos anticonceptivos, la diversidad sexual, el VIH-Sida, el embarazo, el parto y mucho más.
“Mi familia es de otro mundo” cuenta la historia de ocho chicos, que viven en familias bien distintas: familias de papás separados, de dos papás, de dos mamás, de una mamá que se quedó viuda o abuelos que se hacen cargo de criar a sus nietos.
Un día de taller de música, Esteban entró preocupado al aula. “Las chicas de mi curso están raras. No sé qué les pasa, pero se ponen cerca nuestro, se hacen las lindas y cuchichean. Nosotros les dijimos que no tienen que conquistarnos, que ellas están bien como eran pero no nos hacen caso. Son aburridas cuando se ponen así”, dijo mientras acomodaba los instrumentos para empezar la clase.
La madre de Diego no se acuerda si alguna vez tuvieron una charla sobre sexualidad aunque ande cerca de los 15 años. “Es muy parco, habla poco conmigo y por ahí sea porque tiene hermanos más grandes, que habla con ellos. Pero conmigo no”, sostiene Graciela. “Cada tanto, medio en chiste y medio en serio le he hecho chistes de ‘más vale que vos te cuides y no me vengas con sorpresas’, pero más que eso no. No sé si se animaría a hablar conmigo de esas cosas”, dice.
“¡Sin Vueltas! Nos animamos a hablar de sexualidad” es otro libro que busca ser el puente entre las personas grandes y los chicos y chicas. “¿Qué es el respeto por la intimidad?, ¿Por qué nuestros cuerpos son diferentes? ¿De qué hablamos cuando hablamos de orientación sexual o de género?”, son los principales interrogantes que aborda el libro escrito por Silvina Hurrell y Marcelo Zelarrayán. Los dos autores fueron parte del equipo técnico del Programa Nacional de Educación Sexual, que implementaron la Ley de Educación Sexual Integral en todo el sistema educativo del país.
Programa de Salud Sexual Integral en las escuelas
“Para decir ‘Ni una menos’ hay que defender el Programa Nacional de Educación Sexual Integral”, decía una campaña que circuló hace varias semanas por las redes sociales. Desde 2006 todas las escuelas públicas de Argentina tienen una nueva norma: la 26.150, que sostiene que todos sus estudiantes tienen derecho a recibir educación sexual integral acorde al año en el que estén cursando, pero a principios de este año se dudaba de su continuidad. Muchos trabajadores habían sido despedidos o estaban freezados en sus tareas, y se habían encontrado los materiales de difusión que se mandaban a las escuelas, en la basura.
La creación del Programa tuvo muchos debates y no fue una tarea sencilla. Estuvo sostenida fundamentalmente por las discusiones de los colectivos promotores de la salud de instituciones públicas, colectivos feministas y defensores de la diversidad sexual y hoy en día sigue en pie.
Su objetivo es claro: que todos los niños, niñas y adolescentes que estén formándose desde el jardín de infantes y hasta los institutos de formación superior, tanto públicos como privados con o sin orientación religiosa de nuestro país sepan por igual sobre sexualidad.
La ley busca que todos los estudiantes puedan conocer sus derechos, el desarrollo biológico del cuerpo, los hábitos de cuidado, las enfermedades de transmisión sexual, vincularse desde las emociones, los sentimientos y el deseo con un enfoque de derechos e igualdad de géneros. Pero también busca que los docentes estén capacitados para poder abordar las diferentes situaciones que aparecen todos los días en las aulas con una perspectiva de derechos humanos: tratar la violencia, la discriminación, el acoso, la trata de personas, la diversidad sexual, la identidad de género o los embarazos adolescentes sin estigma, desde el la escucha.
Desde el Ministerio de Educación sostienen que el programa busca que la Educación Sexual Integral no sea sólo un tema a abordar en materias como Biología, sino que propone que todas las áreas puedan incidir en la formación de los estudiantes. Por eso, el Programa busca crear una propuesta nacional y continua de capacitación docente.
En la página web se pueden descargar materiales preparados para cada edad; guías, afiches, recursos didácticos y hasta un Protocolo para la atención integral de personas víctimas de violaciones sexuales. Hay herramientas para abrir el diálogo, y que esa sea la puerta de entrada a la prevención, al debate, a la formación más allá de una perspectiva biologicista basada sólo en la genitalidad.
En 2007 casi el 90% de los docentes encuestados por el Ministerio de Educación de la Nación dijeron que la ley era algo importante y la formación de sus estudiantes en Educación Sexual era parte de su tarea, pero la mitad dijo que no se sentía capacitado para llevarla adelante.
Muchas veces, la formación que los adultos traen de sus hogares o sus familias es muy diferente a las demandas de los estudiantes. “El tema, tal vez como ningún otro, interpela la subjetividad de los propios docentes, sus conflictos, prejuicios y tabúes. Por eso, la cartera educativa lanzó un intenso programa de capacitaciones presenciales y virtuales y produjo abundante material didáctico”, sostiene Diego Rosemberg, en El desafío de la educación sexual, un informe realizado por la Universidad Pedagógica y publicado en 2012.
Mirta Marina es la coordinadora del Programa y en ese mismo informe explica: “Hubo leyes anteriores que daban cuenta del lugar de la educación sexual en la escuela. El antecedente más directo, en el nivel nacional, es la Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable, que ya decía que los docentes tenían la responsabilidad de informar. Pero creo que fue necesaria una ley específica porque la escuela no asumía esa tarea. Sólo lo hacían algunos y algunas de manera voluntaria y siempre se encontraban muchas dificultades”.
Marina asegura que enseñar sobre educación sexual no es lo mismo que dar clases de matemática, porque se ponen en juego cuestiones personales. “La educación sexual es uno de los casos en que más se evidencia el nexo entre el docente que soy hoy y el alumno que fui, donde aparecen las respuestas que obtuve o me negaron cuando era chica, mis propios temores, las posiciones personales frente a temas complejos. Todo eso influye muchísimo y por eso no es sencillo”, sostiene.
Juana va a cumplir tres años, y entre las charlas con sus papás y el jardín, hace poco dijo clarito todo lo que sabía: “Yo tengo vagina como mamá, y vos tenés pene como papá, pero hay nenas con pene”. Juana nació en un entorno con padres que hablan de sexo, género y problematizan su educación de manera cotidiana. Se nota.
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