Albarracín es solo uno de los dos protagonistas del diploma cosechado: Cannavaro, el caballo con el que comenzó a preparar la previa de los Juegos Panamericanos, el año pasado, y que le terminaría dando la clasificación olímpica, es la otra mitad de esta historia de superación.
“El es el atleta, yo tengo que estar enfocado, guiarlo lo mejor que pueda”, dice Matías Albarracín sobre su caballo, que “me dio una paz interior que me ayudó”. Ahora, claro, “lo voy a extrañar”, cuenta: “Cannavaro se va con el dueño, José Larocca, a hacer carrera por Europa”.
Jinete argentino radicado en Europa, Larocca prestó a Albarracín el caballo con miras en Río 2016: “En 2014 me fui a buscar un caballo a Europa, pero de menor envergadura, y de paso fui a ver el Mundial de equitación. Me encontré con Larocca, con quien ya teníamos una relación, y como la actuación argentina había sido pobre, me dijo: ‘Esto tiene que mejorar’. Me preguntó que tenía, y le dije que nada: así fue que me prestó a Cannavaro”, relata Albarracín sobre su encuentro con Cannavaro.
La actitud de Larocca, afirma, “no es algo normal... Como en todo deporte hay egoísmos. Y además, los valores de los caballos son altísimos. Y es muy difícil tener un caballo de nivel olímpico, y prestarlo, y quedarte vos ‘a pata’, es muy loable”.
La ayuda del jinete fue clave incluso más allá de Cannavaro: “Me fue ayudando mes a mes, hicimos un gran Panamericano, con plata, a nada del oro, y un año después tenemos un diploma: fue gracias a la charla que tuvimos con José, a su empuje y a que él creyó que Argentina podía estar mejor”.
El objetivo se cumplió, afirma el platense: “Llegamos como el equipo más débil y tenemos un argentino entre los ocho mejores del mundo: eso es mérito de Cannavaro también, el va a tener su tapa también”.
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