Por ADRIAN D’AMELIO
SENSACIONES
La casa de la familia Albarracín, en pleno corazón de City Bell, se vio alterada durante la jornada de ayer. No era para menos, Matías, en su debut absoluto olímpico en Río 2016, se metió en la final de equitación con todas las chances de pelear por una medalla.
Todo empezó bien temprano. Roberta Artal preparó el mate, las tostadas y la mermelada de ciruela para ver en la tele la actuación de su esposo. Lo hizo con Manuela (6 años) y Ramiro (4) hijos del matrimonio.
“Todos los días que compitió Matías cumplí la misma rutina: mates, tostadas y mermelada. Se puede decir que fue una cuestión de cábala y la verdad que funcionó, porque le fue maravillosamente bien”, dice entre sonrisas Roberta.
Ramiro y Manuela correteaban por la casa. La pequeña, que cursa primer grado del Instituto Estrada de City Bell, solamente pudo ver a su papá en la primera serie debido a que luego fue a clases; mientras que el chiquitín -con la camiseta de Estudiantes- se quedó con su mamá.
“Lo que hizo Matías con Cannavaro fue impresionante. Ir superando etapas hasta llegar a conseguir un diploma olímpico, quedando cerca de una medalla, fue algo maravilloso y resultó un premio al esfuerzo, porque hace dos meses y medio que se fue a una gira previa y de ahí directamente a Brasil”, subraya a Roberta, que es cordobesa y conoció a Matías hace doce años estando de vacaciones en Punta de Este, y desde ahí nunca más se separaron.
Roberta es psicóloga y pese a estar junto a Matías no entiende mucho de equitación. “Tengo los conocimientos básicos, pero por lo general me dedico a acompañar a Matías a los distintos concursos. En este caso decidimos que no vaya debido a que los nenes son chiquitos y tenían que cumplir con sus obligaciones escolares. Pero todos los días estábamos en contacto”, remarca.
Ramiro, que va a la salita verde del Jardín de Infantes, cuenta que hay un compañerito que le lleva todos los recortes del diario de su papá; mientras que Manuela, que tras el regreso de Matías desde Río comenzará con la práctica de la equitación, se entremezcla con su hermano y comenta que un integrante de su grado propuso una “cadena de oración” para que le vaya bien a Matías en la competencia de Río. Por eso en el rezo diario se incluía al padre de Manuela.
En ese momento llega Cristina, la mamá de Matías y la esposa de Justo Albarracín, una leyenda de la equitación argentina. Se la nota muy contenta, pero serena, como si estuviera “curtida” de observar a sus hijos y a su marido -con quien lleva 40 años de casada- en un sinfín de competencias.
“Preferí verlo sola en casa, ya que Justo y mi otro hijo Alvaro se fueron a Río para acompañar a Matías. Siempre estuve muy tranquila porque tenía esa intuición y además confianza que le iba a ir bien y podía estar en el puesto que alcanzó, ya que es muy metódico en su trabajo y se preparó muy bien para estos Juegos. Ojalá que esto sirva para que la equitación recupere su lugar en nuestro país”, sostiene Cristina.
Junto a ella llegó una amiga, Graciela. Es la mamá de Felipe Fuentes, que el año 2014 perdió la vida en un trágico accidente automovilístico. “Felipe era un gran chico -sigue diciendo Cristina- con quien tenía una gran amistad y quien seguramente desde el cielo lo ayudó a que pudiera realizar esta gran tarea en Río”, remarca con mucha emoción.
A la distancia, la familia Albarracín vibró con lo hecho por Matías y ahora se prepara para el reencuentro.
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