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Pasaron 345 años para que la Academia Francesa aceptara como miembro a una mujer. Ocurrió el 6 de marzo de 1980 y la agraciada fue Marguerite Yourcenar, autora de obras memorables, como “Memorias de Adriano” (impresionante semblanza ficcional del emperador romano y su tiempo, y profunda inmersión en los recovecos del alma humana), “Alexis o el tratado del inútil combate”, “Fuegos”, “Cuentos orientales” y “Tiro de gracia”. La escritora tenía entonces 76 años (murió en 1987) y desde hacía tiempo llevaba una vida retirada en Mount Desert, Estados Unidos.
La Academia fue fundada en 1635 por el célebre Cardenal Richelieu (a quien Alejandro Dumas rescató como personaje en la inmortal “Los tres mosqueteros”), un hombre siempre ligado al poder de la monarquía, a la que, como estadista, se preocupó de blindar contra todo cuestionamiento. La misión de la institución sigue siendo salvaguardar la lengua gala, honrarla y ayudar a enriquecerla. Se destacó durante siglos por su cerrada e inconmovible misoginia. Semejaba, antes que nada, un exclusivo club de hombres. Así, cuando el periodista Jean D´Omersson, entonces director del diario conservador “Le Figaro”, propuso a Yourcenar para un sillón en la Academia recibió en contra una serie de calificativos que incluían lindezas como “tonto despreciable”, “comunista”, etcétera.
La antropóloga Françoise Heritier, autoridad mundial en su materia, recuerda al respecto un dibujo del ácido humorista Georges Wolinski (una de las víctimas del ataque terrorista al semanario “Charlie Hebdo”, en enero de 2015), en el que, ante la presentación oficial de Yourcenar, dos viejos académicos conversan y uno le dice al otro: “Hay una mujer en la Academia”. A lo que su interlocutor responde: “¿No puede esperar al final de la reunión para limpiar?”. Heritier trajo esto a colación durante una conferencia que brindó en Montreuil, Francia, el 6 de junio de 2009. Destinada a chicas y chicos estudiantes, la charla se llamaba “Diferencia de sexos”.
CUESTION PENDIENTE
Publicada recientemente en castellano con ese mismo título, la exposición es una lúcida, sólida y aleccionadora mirada sobre un tema que cada día genera nuevas discordias (y renueva otras viejas), no solo en círculos intelectuales y académicos, sino en la vida y las relaciones cotidianas de hombres y mujeres de todo tipo de condición social, económica, etaria y cultural. La cuestión de género.
Con un lenguaje claro y accesible y con fundamentos y razones sólidos, avalados por su fecunda experiencia profesional, Heritier pone el acento sobre un gran malentendido, origen de graves discriminaciones, de oscuras descalificaciones y de siniestros femicidios, todos generadores de incomprensión, dolor, resentimiento e infelicidad, además de constituir un grave problema social y educacional. En la especie humana, como en todas, hay machos y hembras. Nenes y nenas. Varones y mujeres. Las diferencias más visibles son inocultables y de carácter físico, anatómico, fisiológico. Esto no se discute. Y desde allí la antropóloga dispara el interrogante que es hilo conductor de su conferencia y que continúa como tema no resuelto en la sociedad (a pesar de vivir en el siglo XXI, y más allá de discursos bienintencionados o voluntaristas). ¿Diferentes cuerpos significan diferentes derechos?
Varón y mujer corresponde a la naturaleza. Masculino y femenino son construcciones culturales. La naturaleza es inmutable, la cultura está en transformación permanente. Quedar aprisionados en estereotipos culturales llamándolos “naturales” es una fuente de abundantes desencuentros entre varones y mujeres, de demasiado oscurecimiento de la razón.
Puede ser que la respuesta parezca obvia. Pero en la realidad de cada día no se demuestra así. Las mujeres siguen ganando menos por igual trabajo, hay actividades que les siguen vedadas o restringidas no por cuestiones de capacidad sino de prejuicio (basta recordar a un grupo de pasajeros que tomaron hace pocas semanas la patética decisión de descender de un avión de línea porque sería piloteado por mujeres), todavía hay reproches abiertos y velados cuando toman la decisión de salir de la jaula doméstica en la que durante siglos estuvieron confinadas sin apelación, y destinadas a tareas de crianza, ordenamiento, alimentación y gestión de tareas escolares. Demasiados avisos publicitarios continúan usándolas como objetos tentadores para la venta de productos o servicios en los que esa presencia no tiene nada que ver (¿en qué mejora el rendimiento de un auto el hecho de que una mujer semidesnuda aparezca sentada sobre el capot?). Los chistes machistas (portadores de una violencia soterrada que con frecuencia se convierte en acto trágico) circulan libremente en corrillos y redes sociales y son repetidos hasta por muchos que niegan ser machistas (entre ellos, incluso mujeres). Profesiones “femeninas” (¿por qué? ¿según quién?), como la docencia, la enfermería, el secretariado, e incluso el servicio doméstico, entre otras, se mantienen en escalones bajos de la pirámide laboral y salarial y hasta se miran con disimulado desdén.
Se da por sentado que las mujeres manejan mal (“alquilamos también a mujeres”, decía tiempo atrás el aviso de una empresa rentista de autos), que no entienden de números, que son despistadas y por lo tanto poco confiables para determinadas misiones. La lista se hace interminable en cuanto se mira alrededor sin preconceptos. Y ni hablar de las esferas de poder en donde se deciden y ejecutan los destinos comunes de la sociedad, como la política, los negocios, la tecnología y la ciencia. Allí son una inmensa minoría y para ser aceptadas deben demostrar capacidad para aceptar los códigos masculinos y manejarse con ellos. Por supuesto, siempre habrá un ejemplo (solo uno, repetido hasta el hartazgo) para sostener que esto no es así, que las cosas ya cambiaron.
NO TODO ES LO MISMO
El sexo de las personas proviene de la naturaleza. Las diferencias sexuales están marcadas y definen claramente a machos y hembras de la especie humana. Por nombrar algunas, los hombres no amamantan ni conciben a sus hijos en su vientre, las mujeres no tienen barba ni proveen espermatozoides. Hay muchas más. Pero una cosa son las diferencias sexuales y otra muy diferente las de género. Las primeras son naturales, las segundas son culturales. Las diferencias de sexo no crean fricción y, por el contrario, estimulan la integración (¿cómo concebir un bebé sin integrarlas?). No cambian. Las de género tienen que ver con expectativas sociales que, a partir de mitos, creencias, mandatos heredados y transmitidos, clasifican a los individuos (como señala Heritier) y les exigen determinados comportamientos y pensamientos como condición de aceptación. Varón y mujer corresponde a la naturaleza. Masculino y femenino son construcciones culturales. La naturaleza es inmutable, la cultura está en transformación permanente. Quedar aprisionados en estereotipos culturales llamándolos “naturales” es una fuente de abundantes desencuentros entre varones y mujeres, de mucho dolor e incomprensión acumulados, de demasiado oscurecimiento de la razón.
A la luz de hechos y cifras trágicos, las cuestiones de género requieren menos discursos, menos investigaciones de cenáculo, menos cerrazón mental y más actitudes transformadoras en todos los campos: gobiernos, empresas, clubes, instituciones, educación, hogar, barrio, en fin, en todo escenario en donde unas y otros coincidimos y convivimos. También con esto tiene que ver el futuro de nuestros hijos.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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