Por NICOLAS NARDINI
OPINION
Marcelo Gallardo no las tuvo todas consigo de movida en su ciclo como DT de River. Su asunción se produjo tras el portazo de uno de los máximos ídolos de la historia del club de Núñez y suplantar a un hombre de la talla de Ramón Díaz no era para cualquiera. La mochila para quien se plantara en el banquillo del Monumental pesaría toneladas. Cargaría, nada más y nada menos, que con la responsabilidad de no sucumbir en la comparativa con un técnico que se había ido con vuelta olímpica en su haber y el aura de prócer de la casa sin fecha de vencimiento.
Sin titubeos, Enzo Francescoli dijo: “es este”. La directiva riverplatense respetó el deseo del manager del club y Gallardo se puso el buzo de la banda. El uruguayo había seguido de cerca la transición del Muñeco de jugador a entrenador en Nacional y estaba convencido de su potencial como orientador táctico. Se enamoró de su claridad conceptual, su personalidad y su capacidad para sacar lo mejor de cada jugador en función de las necesidades colectivas.
En el primer semestre de su conducción, logró reinstalar a River en un sitial de privilegio en el plano internacional con la obtención de la Copa Sudamericana .
Y seis meses después fue el arquitecto del regreso triunfal a lo más alto de América. Su convicción y sus aciertos fueron determinantes para saldar una deuda histórica del club de Núñez con la Copa Libertadores. Rompió con el pesimismo imperante en el plano internacional y se dio el lujo de dejar en el camino a su histórico rival.
Deshizo una tendencia negativa que parecía haberse instalado para siempre. Visto el ciclo del Muñeco en perspectiva, hay una estadística demoledora: con el título de anoche, Gallardo logró su quinto título internacional, la misma cantidad que los millonarios habían alcanzado en toda su historia hasta su arribo.
Pero los méritos de Gallardo van mucho más allá de los títulos. El técnico tiene un plus que casi ninguno de sus colegas en el plano local ostenta: le han desarmado sus planteles y tuvo la capacidad para reinventarse y seguir siendo competitivo. De la base del equipo que logró el primer trofeo internacional de esta era, se fueron 13 jugadores y, así y todo, se siguen dando vueltas olímpicas en el Liberti. Gallardo ha mantenido silencio ante la sangría de jugadores. Su respuesta fue seguir potenciando elementos juveniles. Con su capacidad para sacar lo mejor de cada protagonista, además de trofeos, hizo entrar millones de euros a las arcas del club. Todos los jugadores que llegaron a su River, se fueron siendo mejores. En los tiempos donde se exigen resultados a como de lugar, el Muñeco muestra valencias positivas como docente. Les da a sus dirigidos elementos para que se superen. Y, por si eso fuese poco, también gana títulos.
Por todo eso, Gallardo, hoy por hoy, es el mejor de los entrenadores que trabajan en el país.
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