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Dejemos a los chicos ser chicos

Dejemos a los chicos ser chicos

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Un chico es un ser humano en crecimiento, una fuerza de la naturaleza que va encontrando su forma y su identidad. Lo hace en el mundo, tomando contacto con las personas, las cosas, los seres y las circunstancias del hábitat en el que vive. Un chico es una inagotable fuente de energía que busca canales. Un chico es una preciosa materia prima que la vida va esculpiendo en la medida en que él incursiona en ella. Para un chico incursionar en la vida es correr, jugar, mancharse, hamacarse, tirarse de un tobogán, llenarse la boca de tierra o de arena, tocar, abrazar y acariciar animales, mojarse en un charco, ensuciar ropa y zapatillas, enredarse en luchitas cuerpo a cuerpo con otro chico, inventar juegos y crearle reglas, pelearse por la interpretación de esas reglas mientras aprende a disentir y a consensuar. Un chico son miedos nocturnos e interminables exploraciones diurnas. Un chico es eso, y tanto más, en su casa, en la escuela, en la vida.

Quienes hoy somos adultos fuimos todo aquello ayer. Es una obviedad, una verdad de Perogrullo, pero es necesario repetirla porque pareciera que en la era de la fugacidad, de la brevedad, de la inmediatez, también encoge la memoria y pierde importantes reminiscencias. En la última semana circuló la noticia de un grupo de madres alteradas porque notaban que, jugando en los recreos, sus hijos se lastimaban (raspaduras, magullones, moretones, traumatismos) y, al parecer, esa preocupación derivó en una suerte de piquete materno (iniciado en grupos de whatssap) ante autoridades de colegios para cuestionar el desempeño de las maestras como cancerberas de la seguridad en los recreos.

“...los límites no se imponen caprichosamente o como producto de un arrebato ante una situación determinada, sino que se establecen previamente y son resultado del vínculo, de la coherencia del adulto en su conducta y de los valores que los sostienen”

De allí nació un debate sobre la función de los recreos y sobre cómo deben jugar los chicos. ¿”Deben” jugar los chicos de un modo determinado, un modo reglado por los adultos? ¿Y si así fuera, cuándo jugarían como chicos? No son preguntas ociosas. Así como hay códigos que manejan los adultos y los niños no comprenden ni les corresponde comprender, hay tiempos y espacios de la vida infantil que se rigen por códigos de la niñez que ya no pertenecen a los protocolos adultos. La diferencia está en que los adultos tienen responsabilidad sobre los niños (y jamás al revés, en ninguna circunstancia) por lo cual pueden y deben fijar, proveer y administrar límites en la vida de ellos cuando hay riesgos ciertos y cuando es necesario transmitir valores, normas y reglas.

LIMITAR NO ES CONTROLAR

Requiere una gran dosis de sensibilidad el registrar el momento en que la intervención adulta es necesaria. De no tenerla, habrá una invasión disfuncional de los espacios y tiempos “privados” de los chicos, esos espacios y tiempos de intercambio, mutuo conocimiento y autorregulación, que son decisivos en la construcción de la identidad. La tentación de intervenir es grande y está siempre al acecho. Hacerlo a destiempo o cuando no corresponde dejaría tranquilos a los adultos, con la sensación de tener la vida de los hijos bajo control. Pero no es lo mismo límite y control. El control se impone, el controlador es el personaje activo de la ecuación y el controlado se constituye en pasivo. Si acata permanentemente crecerá a imagen y semejante de la expectativa y el deseo adulto, con poco o nulo desarrollo propio. O acumulará un secreto resentimiento que algún día lo transformará en transgresor serial.

El límite, en cambio, es una construcción conjunta. Como muy bien lo explican las psicólogas Susana Mauer y Noemí May en su valioso trabajo “Desvelos de padres e hijos”, la idea de límite se empobreció al reducirse solo a su función punitoria. Sin embargo, señalan, el límite es un borde que demarca, ordena y contiene. E importa, y es decisivo, lo que queda adentro de esa demarcación. Allí tiene que haber coherencia y calidad. Por esa razón los límites no se imponen caprichosamente o como producto de un arrebato ante una situación determinada, sino que se establecen previamente y son resultado del vínculo, de la coherencia del adulto en su conducta y de los valores que los sostienen.

Los chicos no están necesitando más control. Sí más límites en el verdadero sentido del término. Más escucha. Más empatía (padres que no hayan olvidado su propia infancia y que no “tercericen” la crianza y educación). Menos medicación, dado que hay una preocupante tendencia a “normalizar” lo que es natural de la infancia (hiperactividad, energía desbordante, desconocimiento del peligro, juegos bruscos, etcétera) a través de visitas a médicos, psicólogos y a pastillas.

La escuela enseña límites (aunque toda educación comienza en el hogar) y por eso contiene dos espacios y dos momentos. Las horas de clase, el aula, las reglas de convivencia, los horarios son momentos y espacios de marcada regulación emanada de los adultos responsables. El recreo es un espacio de descanso de la regulación, un momento necesario para la interacción infantil y el desarrollo de habilidades de vinculación e incluso para el ejercicio de la imaginación creativa (se inventan juegos, se les añaden reglas, se las discute). Es autorregulación pura, los adultos pasan a un discreto segundo plano, aunque sin desaparecer.

En todas las épocas y en todas las generaciones existieron esos espacios y fueron esenciales para el desarrollo infantil. Hubo épocas en que a los recreos escolares se les añadían las plazas y parques (que añoran el regreso de los chicos, ausentes de ellos no solo por razones de seguridad, como se dice, sino en demasiados casos por conveniencia y comodidad de los adultos). Y de todos esos escenarios de actividad autónoma, no regulada por normas adultas, los chicos salieron con raspones en piernas y brazos, moretones, alguna prenda rasgada, algún diente roto. Y llegaron a adultos, noviaron, se casaron, tuvieron hijos, desarrollaron oficios y profesiones, se convirtieron en abuelos (otros todavía no). Vivieron. Pareciera que quienes hoy ponen el grito en el cielo por lo que consideran recreos “violentos” olvidaron su propia experiencia infantil, aquella innata necesidad de acción, de movimiento. Aquello que grandes maestros de lo humano como Víktor Frankl y Rollo May llamaron la “libertad primera”, la del niño que se zambulle en el mundo.

NO TERCERIZAR LA CRIANZA

Más preocupante que todo lo anterior es, en verdad, la violencia de los adultos en su propio mundo, en su lenguaje, en su comportamiento. Acaso los chicos están replicando modelos que ven a su alrededor. O podría ocurrir que esos pocos minutos de recreo sean los últimos, escasos y agónicos instantes libres que les han quedado en una infancia abrumada por “obligaciones” (sobran los chicos con agenda completa, sin tiempo para aburrirse, para el juego libre, para el encuentro real y no virtual con otros chicos) y que ello cree tensiones que se descargan de modo extremo.

Los chicos no están necesitando más control. Sí más límites en el verdadero sentido del término. Más escucha. Más empatía (padres que no hayan olvidado su propia infancia y que no “tercericen” la crianza y educación). Menos medicación, dado que hay una preocupante tendencia a “normalizar” lo que es natural de la infancia (hiperactividad, energía desbordante, desconocimiento del peligro, juegos bruscos, etcétera) a través de visitas a médicos, psicólogos y a pastillas.

Quizás los chicos no necesitan recreos vigilados sino lisa y llanamente más recreos en sus vidas, más oportunidades de ser chicos, no pequeños adultos atados a múltiples actividades supervisadas y regladas o apegados de modo adictivo a artefactos (celulares, computadoras, play stations, etcétera) que sofocan mucha de la energía y la imaginación que piden espacio y tiempo. Quizás lo que los chicos necesitan es que los dejen ser chicos.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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