“María Antonia era conocida en la iglesia por su extraordinaria labor, el carisma de nuestra beata consistía en arrancar el mal del corazón del hombre y plantar la semilla del bien, fue una incansable misionera mediante la practica de los ejercicios espirituales”, dijo el cardenal Angelo Amato en la ceremonia de ayer. “Amaba a Jesús, a quien llamaba el querido niño Manuelito y a quien le pedía cada vez que faltaba comida, leña y dinero”, destacó Amato y agregó: “era una mujer fuerte y con caridad maternal ayudaba a los pobres y marginados, se la veía caminar descalza por Buenos Aires juntando comida para los pobres y los detenidos, para santificar aquellas almas extraviadas”. Durante la misa, la figura de Mama Antula estuvo acompañada por las históricas imágenes de Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, Nuestro Señor de los Milagros de Mailín, Nuestra Señora de Loreto, Nuestra Señora de Huachana, la Cruz de Matará y el Cura Brochero. La venerable María Antonia de Paz y Figueroa, hay que decir, nació en 1730 en Santiago del Estero, descendiente de una ilustre familia de conquistadores y gobernantes. Desde muy joven y por 20 años colaboró con los jesuitas en lo que se convertiría su gran apostolado: la promoción y organización de los célebres ejercicios espirituales del fundador de esa orden religiosa, San Ignacio de Loyola. El 2 de julio de 2010 el papa Benedicto XVI la había proclamado venerable, al autorizar a la Congregación para las Causas de los Santos a promulgar el decreto por el que se reconoce que practicó las virtudes cristianas en grado heroico. De esta manera, Mama Antula se convirtió en la novena beata argentina, junto al Cura Brochero, las monjas Crescencia Pérez, Nazaria Ignacia March Mesa, María del Tránsito de Jesús Sacramentado (Madre Cabanillas) y María Ludovica De Angelis, el salesiano Artémides Zatti, la laica Laura Vicuña y el indio mapuche Ceferino Namuncurá.
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