Por NICOLAS NARDINI
OPINION
L a Asociación del Fútbol Argentino sigue sin encontrar una línea de coherencia en las decisiones en torno a la Selección Nacional. A contramano de los válidos ejemplos que en el mundo han llevado a otras federaciones a toparse con la gloria, la entidad de calle Viamonte permanece enfrascada en decisiones difíciles de entender, pasa de un extremo a otro en los estilos futbolísticos de los técnicos que elige para capitanear el barco albiceleste y, así, cae en la obligación de comenzar desde cero cada proceso del que alguna vez fuera “el equipo de todos”.
Del fútbol metódico y trabajado hasta el más mínimo detalle en el plano táctico-estratégico de Alejandro Sabella , con el que se llegó a una final de Copa del Mundo tras 24 largos años de espera, se pasó al estilo más libre, de tenencia de balón como premisa iniciativa del juego de Gerardo Martino . El Tata también consiguió protagonismo y puso al equipo en dos finales de América consecutivas.
En todo caso, lo que está en discusión no es la capacidad de trabajo individual de los entrenadores de turno, lo que no encuentra explicación es la ausencia de coherencia en las elecciones. No se sigue una línea. Designando un entrenador que esté en las antípodas de su antecesor, de seguro, resultará imposible continuar con algo de lo que se venía implementando. Ergo, la Selección argentina es un equipo que vive arrancando siempre desde la línea de partida. Hace años que brilla por su ausencia el juego de postas. Y así, todo es más difícil.
El nuevo eslabón de este engranaje de vaivenes pronunciados es el nombramiento de Edgardo Bauza. Se dio otro brusco giro estilístico. Se pasó de blanco a negro. No faltará quien diga que a los que mandan les asiste el derecho de elegir de acuerdo a sus percepciones (quedaría grande hablar de conocimientos cuando los que toman decisiones vienen del mundo empresario, profesional o sindical sin ningún tipo de aval en el plano deportivo) y eso es cierto. Tanto como notar que no resulta fácil para los jugadores de la Selección plantarse ante un técnico que les diga que acomodará la forma de jugar de acuerdo al rival, luego ante otro que quiere tener todo el tiempo la pelota y, dos minutos más tarde, frente a uno al que no le importa si posee o no el balón durante los partidos.
Entonces, el protagonista se encuentra asimilando conceptos nuevos -muchas veces contrapuestos- permanentemente. Se pierde tiempo en imponer una idea distinta a la anterior y así los mundiales siguen pasando y Argentina sigue mirando el trofeo máximo desde lejos.
Ni siquiera se está revisando la propia historia. Las únicas dos veces que Argentina campeonó a nivel mundial, las conquistas fueron en el marco de procesos que duraron ocho años. Sin interrupciones ni cambios drásticos. Como contrapartida, la AFA, por diversas causas, no logra desde Corea-Japón 2002 que ningún DT llegue a la máxima cita con un proceso de cuatro años sobre sus espaldas.
EN OTRAS LATITUDES
A Alemania le dolió la decepción de no haber ganado el Mundial 2006 en casa. Sin embargo, en lugar de tirar todo por la borda, siguieron apostando por una misma línea y tras la salida de Klinsmann, le dieron la conducción a su asistente, Joachim Low. La consecuencia es sabida, ocho años después llegó la coronación en Brasil 2014.
España logró la ansiada Eurocopa en 2008 de la mano de Luis Aragonés, a quien bancaron tras el fracaso del Mundial de 2006. Fue sucedido, siguiendo una misma línea futbolística, por Vicente Del Bosque y ese proceso coherente derivó en la primera Copa del Mundo en su historia para la Roja, que en 2012 metió doblete con una nueva Eurocopa. Tras ocho años, Del Bosque puso fin a un extenso ciclo, que fue bancado en las buenas y en las malas.
Argentina tiene ejemplos hacia adentro (en su propia historia) y hacia afuera. La AFA, por ahora, sigue empecinada en ignorarlos olímpicamente.
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