Según el concilio Vaticano II, las funciones litúrgicas y pastorales del diácono son: “administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, (y) llevar el viático a los moribundos y leer la sagrada Escritura a los fieles”.
También figuran las funciones de “instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales (y) presidir el rito de los funerales y sepultura”.
El tema que el Papa Francisco desempolvó ayer no es entonces nuevo pero divide sus aguas dentro de la Iglesia, sobre todo porque muchos religiosos entienden que el diaconado femenino podría ser un paso previo al sacerdocio de la mujer, algo a lo que Juan Pablo II ya le había cerrado las puertas en su momento.
Esta última posibilidad, como se dijo, fue un tema clausurada por el propio Juan Pablo II, quien en su carta apostólica “Ordinatio Sacerdotalis” de 1994 le cerró las puertas a las mujeres sacerdotes, al recordar que Jesús eligió a 12 apóstoles hombres como servidores. Muchos historiadores de la Iglesia, sin embargo, sostienen que hay numerosas pruebas que algunas mujeres sirvieron como diaconisas en los primeros siglos de la iglesia y que el tema, como opina por estos días el Papa Francisco, merece de un grupo de estudiosos para que lo analice en profundidad y se expida entonces sobre la espinosa cuestión.
En sintonía con las reformas del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica restituyó el rol del diaconado permanente, algo que por lo general suele recaer en hombres casados mayores de 35 años. Los diáconos son ordenados pero no pueden celebrar misa, aunque sí pueden encabezar servicios de oración, celebrar sacramentos como bautismos y matrimonios e incluso hasta pueden estar al frente de parroquias como administradores pastorales, en caso de que no haya un sacerdote.
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