La tira de Joaquín Salvador Lavado Tejón, más conocido como Quino, bosqueja las tribulaciones de una niña que entremezcla un mapa de afinidades y rechazos acordes a su edad -el odio a la sopa, el amor a los Beatles- con un menú de temáticas asociadas al mundo adulto, donde tienen lugar sus apreciaciones sobre la paz, los derechos humanos y la democracia. Militante incansable contra la injusticia, la hipocresía y la discriminación, la eterna rebelde supo resumir las contradicciones de la época: por un lado el descontento frente al rumbo de la economía pero al mismo tiempo la expectativa latente de un cambio social impulsado por los coletazos del Mayo francés y los movimientos revolucionarios que se replicaban por entonces en distintas regiones de América Latina.
Cincuenta años después -casi 52, en realidad-, el desencanto parece haberse adueñado del paisaje y más allá de la disolución de la idea de progreso -una contribución certera de la posmodernidad- y de la revolución tecnológica que ha transformado desde las guerras hasta las relaciones personales, nada parecería sorprender demasiado a la contestataria Mafalda. “No me imagino cómo sería ella hoy -dijo hace poco Quino-. La dejé de dibujar y ya está. Si Susanita se hubiera casado con Felipe y ese tipo de historias... a mí jamás se me ocurren. Soy como un carpintero al que le gusta trabajar la madera, algunos muebles le salen mejor que otros, pero a todos los quiere igual”.
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