“Jason Bourne”, la quinta parte de la saga de aquel renegado agente de la CIA, trae un torbellino de acción que no conoce de pausas durante las dos horas de proyección, lo que va en detrimento de las intrigas y el suspenso que atraparon en las cuatro entregas anteriores.
Este nuevo filme significó, además, el regreso de Matt Damon a la piel de Bourne y el de Paul Greengrass a la dirección de una historia que ya supo realizar en “La Supremacía de Bourne” (2004) y “Bourne: El Ultimátum” (2007).
Más allá del objetivo y el cambio de algunos personajes, el ritmo y la idea principal de “Jason Bourne” no varía con respecto a las anteriores: es buscado en la clandestinidad por sus ex mentores de la central de inteligencia estadounidense para ser asesinado y él decide enfrentarlos.
El agente Jason Bourne sigue en esta entrega la línea del espía antihéroe, muy lejos del carilindo y carismático James Bond. En esta contraposición, el Agente 007 es la personificación del bien, la seducción, que viola las leyes y las reglas en defensa de los amenazados valores estadounidenses, y que cuenta con la ayuda del aparato estatal y paraestatal.
En cambio, no sólo en Bourne conviven la corrupción, las traiciones y las violaciones más elementales a los derechos humanos, sino que la misma CIA es la encargada de avalar las tropelías de sus subalternos.
Con un ojo orientado a la coyuntura, la historia paralela narra el acuerdo entre un joven programador, creador de la red social “Sueños Profundos” y el director de los servicios de inteligencia, quien le financió el proyecto a cambio de la entrega de datos de usuarios.
En momentos en los que el mundo se cuestiona, ante los ataques de ISIS, hasta dónde se deben respetar los derechos individuales en pro de la seguridad colectiva, Jason Bourne se pone del lado de la defensa de los derechos, pero, siempre, desde la clandestinidad.
SUSCRIBITE a esta promo especial