RIO DE JANEIRO, BRASIL
ESPECIAL
Por PEDRO GARAY
SENSACIONES
Río es un monstruo hermoso e imponente. Una ciudad tan grande que el colectivo oficial de prensa se pierde camino al Maracaná, sitio emblemático y sede de la ceremonia inaugural de los XXXI Juegos Olímpicos, los primeros en Sudamérica. Y así los medios se embarcan en un accidental tour de la Río profunda.
Lo que se ve son los morros, las palmeras, la belleza natural, la felicidad playera y el color, pero también el contraste de una ciudad que recibe el evento más grande del planeta quebrada por la pobreza. Se ve la Río que nadie quiere que veamos: los barriletes sobrevolando las autopistas, de niños que juegan en las favelas que los nuevos caminos construidos para los Juegos atraviesan, como una cruel poesía de la pobreza.
La emotiva ceremonia inaugural es la presentación de esta cara que Brasil quiere mostrar, y ocultar, frente al resto del mundo: alegría en lugar de conflicto, hibridación en lugar de invasión cultural del norte, integración en lugar de diferencias, y un poderoso mensaje eco mirando al futuro y al mundo.
Con el fin de mostrar esa versión, Río se paralizó para poner todos sus recursos a merced de la ceremonia: la ciudad habitualmente ajetreada y vibrante se mostró siestera como Montevideo durante el día, a causa del feriado dictado para honrar la apertura que determinó que buena parte de los negocios cerraran, que las escuelas y trabajos cerraran y que las rutas estuvieran despejadas para los cientos de micros que se movilizaron hacia el Maracaná escoltados por la policía y el ejército: la viva imagen de que todo está bajo control.
Una imagen con la que Río busca hacer frente a la campaña del miedo que rodeó la organización de los Juegos desde su concepción, que generó bajas de atletas y que tiene como consecuencia un público marcadamente sudamericano, predominantemente brasileño, que aulló con su delegación y con cada figura que aparecía en el acto, y que reservó un picante chiflido para el equipo argentino... El mítico Maracaná fue así sede de una inauguración que reflejó lo lejos que queda Sudamérica para el resto del mundo, que se ausentó de las gradas sin aviso.
La ceremonia buscó mostrar alegría en lugar de conflicto, hibridación en lugar de invasión cultural del norte, integración en lugar de diferencias, y un poderoso mensaje eco mirando al futuro y al mundo
Los que si vinieron, desafiando el zika, la pobreza, la inseguridad y otras realidades algo sensacionalizadas se encontraron a un Brasil en estado puro, un contingente de decenas de miles felices, dispuestos a bailar, corear los himnos tropicales que sonaban y convertir segmentos de la apertura en una verdadera fiesta, a pesar de las protestas, la realidad política y la crisis que atraviesa el país. Porque aunque no haya motivos para celebrar, la fiesta se celebra en casa. Después de todo, como cantan los Paralamas, aquí se aprende el arte de vivir con fe, sin saber con fe en qué. Así es Sudamérica. Bienvenidos.
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