La denuncia sobre un presunto abuso sexual en un viaje de egresados se inscribe, de alguna forma, en una cultura de peligro y excesos en torno a este ritual de los colegios secundarios. Por supuesto que no puede abrirse juicio sobre este caso concreto, que recién se empieza a investigar. Tampoco sería prudente ni razonable hacer generalizaciones ni meter todo en la misma bolsa. Pero no se puede ignorar que desde hace ya muchos años los viajes de egresados a Bariloche han estado asociados a los excesos y las conductas de riesgo. Combatir esa problemática es, todavía, un desafío pendiente.
Se han logrado avances, probablemente. Los controles sobre el consumo de alcohol y drogas se han acentuado. De todos modos, con frecuencia surgen episodios que recuerdan que “el viaje a Bariloche” sigue transitando por zonas resbaladizas.
Los colegios, en general, deslindan toda responsabilidad. Ya son muy pocos los contingentes a los que acompañan profesores en su viaje de egresados. Tampoco son muchos los casos en los que viajan padres. Van, en general, con “coordinadores” de las empresas de turismo estudiantil.
La denuncia que conmueve ahora a un colegio de nuestra ciudad obliga, una vez más, a poner la lupa sobre este fenómeno problemático y complejo. Más allá del caso individual -sobre el cual deberá expedirse la Justicia- hay que tomar nota del llamado de atención sobre la peligrosa inclinación a los desbordes, los excesos, los límites difusos y el “vale todo” en los viajes de fin de curso.
SUSCRIBITE a esta promo especial