Paula Pareto escribió otra de las páginas más felices y gloriosas del deporte argentino con la medalla dorada que consiguió en Río de Janeiro, a lo cual le agregó la distinción de ser la primer mujer argentina de la historia en subirse a lo más alto del podio en un Juego Olímpico.
La judoca argentina hace más de una década se ubicó en un sitio privilegiado del deporte argentino y lo mantiene vigente en base a excelentes resultados, pero ayer, en la Arena Carioca 2, escribió su nombre en letras de oro, en lo más alto, en esa lista donde sólo había 18 privilegiados, todos varones, en disciplinas individuales o por equipos.
Dentro de su metro cincuenta es tan grande, que un día asumió que no podía manejarlo todo y comenzó a trabajar con un psicólogo deportivo, para poder lidiar con las exigencias de la vida y las de un deporte que exige estar al cien por ciento todo el tiempo, que no da segundas oportunidades, porque “siempre es mano a mano, un error, un descuido y chau”.
Saltó a la popularidad durante los Juegos de Beijing 2008, cuando derrotó a la norcoreana Pak Ok-Song y se alzó con la medalla de bronce, con lo cual se convirtió en la primera judoca nacional en subir a un podio olímpico, pero todo había comenzado mucho tiempo antes y, como no pasa siempre en las grandes historias, todo pasó por casualidad.
Paula, que nació el 16 de enero de 1986 en Florida, partido de Vicente López, dividía su tiempo entre la natación y la gimnasia deportiva, pero a los nueve años pisó el primer tatami y fue amor a primer contacto y, ese lugar, se transformó en paraíso.
“Un día su hermano Marco vino golpeado del colegio y su padre, quien alguna vez había practicado judo, le aconsejó que fuera a practicarlo como método de defensa personal. Y Paula enseguida le preguntó si podía ir también ella”, contó infinidad de veces su mamá, Mirta, sobre cómo fue que la nena empezó a revolcarse sobre el suelo de gomaeva del Club San Fernando.
Ganó su primer Torneo Nacional y subir a los podios se volvió algo natural, entonces decidió pasar al Club Estudiantes, donde empezó a competir profesionalmente, porque se dio cuenta que el judo podía volverse un estilo de vida y le podía dar muchas satisfacciones.
Cansadores y largos viajes desde Tigre a La Plata, a los cuales le agregó, por si no tenía responsabilidades, una carrera de medicina, la cual terminó y ahora espera dedicarle todo el tiempo posible para hacer la especialización en traumatología deportiva. Todo ese esfuerzo tuvo su premio.
La medalla de bronce justo en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007 le hizo saber que se podía enfrentar a las mejores del continente de igual a igual y lo ratificó a nivel estratosférico en Beijing 2008, pero no pudo repetir en Londres 2012.
No perdió la paciencia y siguió puliendo esa fortaleza de roble que tiene, porque como dice su entrenadora Laura Martinel, “al talento hay que trabajarlo”, y volvió a ser ella, lo cual ratificó con una racha increíble desde fines de 2014 hasta julio de 2016.
En ese lapso de tiempo, desde que fue eliminada el 27 de noviembre de 2014 en el Grand Prix de Jeju, Corea del Sur, la judoca de 30 años hilvanó una racha de once medallas consecutivas.
La subcampeona mundial 2014 en Chelyabinsk, Rusia, se subió podio en un torneo de la Federación Internacional de Judo (IJF) de manera ininterrumpida, consiguiendo cinco preseas de oro (Mundial en Astana, Open Panamericanos de Santiago de Chile y Buenos Aires y los Grandes Prix en Samsun y Budapest), cuatro de plata (Juegos Panamericanos de Toronto, Master de Rabat y los Panamericanos de Edmonton y La Habana) y dos bronces (Grand Slam de Tokio y Grand Prix de La Habana).
La derrota en su debut en el World Masters de Guadalajara, México, del que tomaron parte las 16 mejores en el ranking mundial, fue anecdótico, porque “La Peque” se preparaba para algo más grande, para alcanzar un objetivo superior o, como la definió Manrtinel, convertirse en leyenda.
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