Por | ALEJANDRO CASTAÑEDA Mail: afcastab@gmail.com Periodista y crítico de cine
Un holandés de 41 años tuvo que ser hospitalizado en la ciudad china de Changsha después de pasar diez días en el aeropuerto local, esperando a una mujer con la que había concertado una primera cita por Internet. No fue la única que faltó a una cita.
La noticia produce escalofrío, pero no debería sorprender. El amor siempre es tolerancia y espera. Lo que hizo internet fue acondicionarle el alma a este novio entusiasta. Y avisarle que el amor real no es como el que promete la pantalla.
El holandés Cirk conoció chateando a la joven china Zhang. Se enamoró y se tomó un avión a China para tener una cita. Al ver que la mujer no llegaba, el despechado Cirk se negó a dejar el lugar y pasó allí diez días, desolado y rabioso, convertido en un fantasma de sí mismo, hasta que tuvo que ser ingresado a un hospital, flaco y decaído, con hambre de encuentro y alma en terapia.
Según le explicó a la prensa, decidió permanecer en el aeropuerto porque guardaba la esperanza de que apareciera su amada, a esa altura, una mujer mítica, sostenida por la nada, pero eterna y deseable en la mente de este amante a larga distancia. Los de internet son amores al margen del amor, que laten en otra dimensión y que gracias a lo virtual se van acomodando a lo imaginado y a lo remoto. Cuando la noticia del holandés despechado apareció en la prensa, la mujer aclaró que conocía al hospitalizado y que habían decidido encontrarse, pero aseguró que no concurrió a la cita porque no había entendido los detalles del encuentro.
Los detalles siempre lo que zamarrean a las parejas. La visita de Cirk tomó desprevenida a Zhang, quien estaba a más de 900 kilómetros de distancia, sometiéndose a una cirugía estética. Al fin, ambos y por teléfono pudieron hablar de lo ocurrido y se comprometieron a verse en otra ocasión.
El amor siempre necesita de algunos desacuerdos para ponerse a prueba. Sin malos ratos no hay parejas que prosperen. Quizá por eso la china furtiva desafió al metejón holandés y armó la estrategia del desencuentro inicial para intentar un acuerdo definitivo. Pero se le fue la mano. En tiempos de amores fugaces, este novio insistente dio un ejemplo: a puro reloj y romanticismo, Cirk quiso recordarnos que es una sola mujer, y sólo una, a la que vale la pena esperar.
“No he podido verla, pero siento que nuestra relación se ha fortalecido”, dijo este monarca del aguante. Zhang también aclaró que quería continuar una historia que acaba siendo una reivindicación de la tenacidad y el empeño en un rubro, el del amor, donde esas cualidades no tienen valía. Lo del holandés porfiado remite al capricho más que al tesón. Al final ella andaba por ahí, era verdadera y, como algunos ministros, no había entendido los mensajes. Cirk dio un ejemplo de empecinamiento en esto de resistir hasta el final. Después, cada uno desde su hospital y entre algodones, prometió escribirse, no equivocarse y seguir esperando, que hasta ahora es lo único que los une.
El holandés ya disfruta a cuenta de una cita que cuando se concrete no tendrá el sabor añadido de la perseverancia. Porque aguardar a una mujer diez días, imaginarla, creer que es aquella que viene taconeando o la otra que mira distraída, eso no se compara con nada. La Zhang que mañana llegue, puntual y animosa, tras el quirófano y las aclaraciones, no se parecerá jamás a la que imaginó este viajero solitario que, con su pensamiento, la fue embelleciendo mejor que el cirujano, y que la esperó durante diez días, a puro fideos y esperanza, que quizá sean los verdaderos sustentos del amor.
Las novias y los aviones siguen llegando tarde. En esas jornadas, el holandés empedernido hizo un curso intensivo de desamor, que son los más difíciles, para volver a Holanda y poder encontrar una vecina menos engorrosa y más puntual. Mientras pensaba todo eso, la aerolínea se desesperaba por poder ofrecerle un amor suplente, que veces cura todo, pero no había caso, el tipo seguía allí, mirando los arribos y el reloj, aguardando que uno de esos vuelos le trajera a esa novia retrasada, que se negaba y se agigantaba.
Las mujeres tienen el arte de la espera. Por eso extrañó lo de este holandés que le copió a Penélope el manual de la paciencia y la ilusión. Las novias siempre han conjugado una poética tardanza que alarga las despedidas y entretiene las demoras. Y esto sucedió en un aeropuerto, donde los retrasos y los encuentros le habrán sumado más espejos a un visitante que allí aprendió que también el amor puede sufrir por exceso de carga y cancelaciones.
Lejos de China, dos mujeres por aquí matizaron la semana: una, porque no se presentó; y otra, porque se presenta demasiado. Pero hay que saber esperar nos dicen desde las dos orillas. La actualidad criolla exige paciencia holandesa. Los aviones que se fueron y los que están decolando prometen otro mañana. Unos quieren usar, ya, los pasajes de ida y vuelta. Y los otros, confían más en el destino que en la partida. La historia del holandés marcó el camino: hay que hacer fuerza para que alguna vez acierten los cirujanos que están haciendo los retoques. Al final habrá que probar la receta de Cirk: con fideos y esperanzas, todo llega.
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