TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

Más empatía, menos Pokémon

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Si se observa con atención, es posible advertir lazos entre cuestiones aparentemente disímiles o distantes entre sí. Por ejemplo, entre la empatía y Pokémon Go, el último negocio generado por la industria de videojuegos. ¿Cómo podrían vincularse una capacidad humana referente al mundo emocional con una aplicación informática convertida en adicción masiva? Veamos.

Hace veinte años la noción de empatía irrumpió con fuerza a partir de “La inteligencia emocional”, libro del divulgador científico Daniel Goleman que cambió un paradigma. Goleman vino a decir que no estamos a merced de las emociones, como se creía, que no necesariamente nos dominan y que no hay enemistad entre ellas y la razón. Las emociones son parte constitutiva de nuestro ser, energías que se desatan sin intervención de la voluntad, pero no por ello ingobernables. Si desarrollamos la capacidad de introspección (es decir auto observarnos con atención y registrar los mecanismos que mueven nuestras conductas) podemos percibir el nacimiento de una emoción, su desarrollo y también sus efectos en nuestro comportamiento. Podemos entender qué las dispara y también advertir los síntomas que la anuncian. Las emociones pueden ser comprendidas, señaló Goleman, y por lo tanto gestionadas. Esto significa que, lejos de cegarnos, bien pueden iluminarnos, permitirnos saber más sobre nosotros, agregarnos un recurso poderoso para nuestros vínculos y para la circulación por la vida.

El psicólogo del comportamiento Daniel Kahneman, primer no economista que, en 2002, ganó el premio Nobel de Economía, vendría a sintetizar estas ideas al decir que los humanos somos seres emocionales que razonan. Eso es inteligencia emocional, el matrimonio de la razón y la emoción. Y ese es un componente esencial de nuestra condición de humanos: la posibilidad de ir más allá de lo reactivo, salir de la trampa del determinismo, ejercitar la conciencia y a través de ello poner las emociones a nuestro servicio en lugar de ser esclavos de ellas. Aun así hay quienes ven en el desborde emocional una virtud y cantan loas a esa “espontaneidad” que produce tantos malentendidos, desaguisados y sufrimientos.

Quizás el furor desatado por el juego pueda tener, a pesar de todo, un beneficio secundario, como sería la posibilidad de examinar nuestros actuales modelos vinculares

PRESTAME TUS ZAPATOS

A partir de esta nueva mirada se empezó a hablar de empatía. Quien puede comenzar a comprender su propio mundo emocional, quien se permite bucear profundamente en él, dice Goleman, está en condiciones de reconocer y entender las emociones de los otros. Puede compadecerse, no como expresión de lástima, sino compartiendo la pasión (el sentir) del prójimo. Eso es compasión: compartir la pasión. Muchos siglos antes Aristóteles (uno de los padres de la filosofía occidental) lo había expresado de un modo sencillo: toda persona, insistía, debería ser capaz de caminar cien metros con los zapatos de otra. Un sencillo ejercicio que acabaría con muchos prejuicios, desencuentros e injusticias. Empatía pura.

Para que ella exista hay un requisito elemental: reconocer la existencia del otro. Entender que me reflejo en el rostro de ese prójimo, como señalaba el filósofo lituano Emmanuel Lévinas (1906-1995), y que su presencia confirma mi existencia. Allí fundó Lévinas una trascendente propuesta ética. Sólo a partir de lo que llamaba “alteridad” (el reconocimiento del otro) son posibles los valores, su existencia, su vigencia. En una simple frase se funda esa ética y el filósofo la expresaba así: “Usted primero, por favor”.

La empatía se aprende, necesita un constante ejercicio de percepción del entorno y de quienes lo pueblan. Necesita constantes recordatorios de que no estamos solos, de que nos necesitan y de que necesitamos. Y se aprende, y se practica, sumergiéndose hasta lo más profundo en el mundo real, entre seres reales. Estando comunicado (que es hoy lo opuesto de conectado). La empatía deviene, en cierto modo, un deber moral. Algo que nos debemos como humanos.

¿Qué tiene que ver Pokémon Go con todo esto? Con absoluta carencia de sentido crítico en las últimas semanas se ha anunciado y replicado la aparición de este juego, ahora presente también en la Argentina. Desde su irrupción se ve a miles de personas marchando en caravanas que recuerdan a los “muertos vivientes” de ciertas series televisivas y películas. Avanzan todos en una misma dirección, con la mirada hipnóticamente fija en las pantallas de sus celulares, en busca de unos personajes a los que deben dar caza. Esos muñequitos aparecen incrustados en escenarios reales y, para eliminarlos, los adictos al juego deben trasladarse hacia tales lugares. Esa migración en masa (para la cual hay que disponer de tiempo y de otros recursos que suelen escasear para fines meritorios para la comunidad) supone, según los creadores del juego y a la vez manipuladores de la conducta colectiva, una inmersión en la “realidad aumentada”. Este concepto combina perversión y aberración. La realidad no se aumenta, “es”. Consiste en los lugares que habitamos, las situaciones que transitamos, las dificultades que se nos presentan, los logros a que arribamos, las emociones y pensamientos que nos habitan, nuestra visión del mundo, nuestros afectos, nuestros dolores y alegrías, los prójimos que nos rodean. No hay forma de aumentarla. Pero sí de disminuirla, alejándose de ella a través de prácticas alienantes, atajos para escapar de las tareas existenciales pendientes, que pueden resumirse en una pregunta: ¿para qué vivimos? Si la respuesta fuera “para cazar Pokémones” estaríamos ante un inquietante porvenir.

EL CALDO DE CULTIVO

Aunque la caza de pokémones se efectúe en manadas que se desplazan por ámbitos urbanos y suburbanos (y que, con espíritu depredador, no respetan privacidades), no hay comunicación real, humana, entre los componentes de tales manadas. Cada quien está embebido en su objetivo de cazador. Es la desaparición de la empatía. Los propios sentimientos y la conexión con la propia interioridad están suspendidos, los pokémones pasan a ser más “reales” (?) que la persona de al lado, muchas veces no se sabe nada de ella y podría caer fulminada por el motivo que fuere, que eso no detendría la afanosa caza del muñequito.

Por supuesto, Pokémon Go no es la causa de nada (aunque podría serlo de pérdida de tiempo, abandono de tareas esenciales, descuido de vínculos verdaderos con seres queridos y cercanos, embotamiento mental, etcétera), sino el efecto. Su masividad es posible porque las condiciones están dadas. Tiene que haber previamente un caldo de cultivo en el que se cuezan el egoísmo, el solipsismo (imposibilidad de ver más allá del propio ombligo), la incomunicación y la soledad reales (disimuladas por la conexión virtual).

Desde esta perspectiva, quizás el furor desatado por el juego pueda tener, a pesar de todo, un beneficio secundario, como sería la posibilidad de examinar nuestros actuales modelos vinculares, los valores que están predominando en nuestra vida comunitaria, fomentar (como reacción) la decisión de reconstruir o recuperar espacios de encuentro real, con seres reales, de volver explorar la realidad que habitamos y desplegar en ella actitudes proactivas. No es la realidad lo que hay que aumentar, sino la empatía, el retorno al otro, la comunicación verdadera (comunicar es compartir lo común). Más que cazar pokémones urge hoy encontrar prójimos.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD