La cuadra donde fue el robo estaba casi a oscuras. Solamente quedaba funcionando un foco de luz callejero. “Los otros los rompen los mismos pibes para después robar”, asintió Javier.
Esa circunstancia fue muy favorable para los motochorros que participaron del crimen de Casimiro. “Estaban encapuchados, ni los ojos se les veían”, sostuvo el joven.
Por ese motivo es que no hubo ningún testigo que alcanzara siquiera a detectar si se trataba de menores o de adultos, o si eran de la zona.
“Se sabe poco y nada” de los delincuentes, reconoció Javier, todavía conmovido por el asesinato de su padre. En estas circunstancias, la tarea de los investigadores del caso parece por demás compleja.
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